Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

BOLÍVAR Y LA GUERRA SOCIAL: El fusilamiento de Piar un día como hoy

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 16 octubre 2009

Por Juan Bosch

La guerra venezolana de la independencia comenzó verdaderamente en 1817. Los mantuanos creyeron que la habían hecho en 1811, Bolívar pretendió que la había realizado en 1813 y 1814. Pero ni la de 1811 ni la de 1813-14 fueron guerras de independencia. La de 1811 fue sólo el prólogo de la guerra social, y ésta se prolongó hasta el final de 1814, y después fue diluyéndose en 1815 y 1816 en guerritas locales, en parte sociales, en parte de independencia. Pero al comenzar el año de 1817 ya no había guerra social en Venezuela y las fuerzas nacionales estaban, arma en ristre, listas para comenzar la de independencia.

 La muerte de Boves había dejado a las hordas llaneras sin jefe; entonces estas hordas agrupáronse alrededor de pequeños jefes que aparecían en lugares distantes, algunos mestizos como José Antonio Páez o Manuel Cedeño, otros blancos como los hermanos Monagas. Los hombres de Boves, que se habían acostumbrado a vivir en la guerra —y de ella— no podían volver a sus hábitos anteriores y menos aún a la sumisión en que habían nacido; y buscaron jefes que no eran realistas porque ya los realistas no tenían jefes como Boves. Así fue como la parte más agresiva de la masa fue conducida, por la guerra social, del realismo al republicanismo, de la colonia a la independencia, en un proceso similar al que se había dado en Haití veintitantos años antes. Tal vez la personificación más nítida de ese proceso fue Negro Primero, que murió en la última batalla de Carabobo con el grado de ayudante de Páez, el Aquiles de Venezuela: la primera vez que participó en una acción de armas, Negro Primero, fue con un amigo, a pelear para conseguir despojos de los vencidos, ropa y aperos para su caballo.

 De ese proceso se había dado cuenta Bolívar ya en 1815, es decir, antes de que se manifestara abiertamente. En el capítulo XI copiamos los párrafos de su carta de Kingston donde describía el pase de los llaneros a las filas independientes. “Los actuales defensores de la independencia son los mismos partidarios de Boves, unidos ya con los blancos criollos”, decía. Y apenas hacía ocho meses que Boves había muerto.

 En esos días de 1815, para la generalidad de los venezolanos la guerra social sólo había dejado tras sí la muerte, la destrucción, el terror, y a Venezuela bajo el dominio español, al parecer de modo absoluto. Esa creencia era fruto de una perspectiva demasiado corta, pues la guerra social había sacudido de tal manera, y con tanta violencia, las entrañas de la sociedad venezolana, que por el momento nada podía ser estable en el país, ni siquiera el poder español.

 Pero pronto iban a verse los resultados profundos de la guerra social. Hombres nuevos habían sucedido a Boves. Boves —ya lo hemos dicho— no tuvo sustitutos españoles, pero los tuvo venezolanos. Páez, Cedeño, Anzoátegui, los Monagas, eran tan excelentes guerreros como el terrible asturiano, e igual que él, supieron ganarse la confianza de los llaneros.

 Al comenzar el año de 1817, todos esos jefes juntos formaban un Boves, pero no eran Boves porque tenían limitaciones. Tras Boves se hallaba el poder español, con el prestigio secular de la monarquía; tras sus herederos venezolanos no había nadie, no había tradición de poder nacional. Esos nuevos jefes venezolanos eran algo parecido a señores feudales de las armas republicanas, y les hacía falta un rey que los unificara. Bolívar era ese rey, el que los respaldaría, el que les reconocería rangos y autoridad.

 En el terreno político Bolívar era el llamado a ser jefe natural de una especie de ejército disperso que se movía en varias regiones del país, pero un ejército que no se asfixiaba en un vacío como aquel que él había comandado en 1813. En 1813 no existía la sociedad que podía y debía darle base y sustancia civil y política a aquel ejército, y en 1817, destruida del todo la sociedad mantuana a los golpes de la guerra social, la población venezolana, igualada por la fuerza, estaba lista para integrarse en una nueva sociedad de la que el nuevo ejército sería un instrumento natural.

 Bolívar, sin embargo, no estaba seguro de que la guerra social hubiera terminado, y quería tomar Caracas sin perder tiempo. Desde Caracas, él se impondría al teniento o a los tenientes que manifestaran resabios de guerra social; así, se internó en dirección de la zona montañosa y rica de Ocumare del Tuy, buscando tomar Caracas por sorpresa. Pero fue derrotado el 9 de enero en Clarines y tuvo que retroceder a Barcelona, donde resistió un sitio por mar y tierra de casi tres meses.

 A fines de marzo (1817), el joven caudillo se dirigió hacia el Sur, en busca de la Guayana, donde algunos de los jefes que le habían reconocido como comandante supremo estaban sitiando la ciudad de Angosturas —hoy Ciudad Bolívar—, en la orilla del Orinoco. Allí estaba Manuel Piar, el general que poco antes había tenido dos victorias importantes contra las fuerzas españolas; y Manuel Piar era un caudillo en potencia de la guerra social, el hombre que podía renovar en 1817 el tipo de guerra que había hecho Boves. Bolívar, que comprendió inmediatamente el peligro en que se hallaba la lucha por la independencia de volver a empantanarse en una guerra social, tomó la decisión de impedir la rebelión del general Piar a cualquier precio.

 La generalidad de los historiadores cree que la actitud de Bolívar frente a Piar —y de Piar frente a Bolívar— fue una mera batalla de dos hombres por la preeminencia militar. Sin embargo Bolívar fue explícito en el punto y dijo con toda claridad que fusiló a Piar porque éste quiso resucitar la guerra social; y Bolívar fue hombre de honestidad intelectual poco común, que podía callar la verdad, o decirla a medias, si decirla por entero perjudicaba sus planes políticos, pero que era completamente incapaz de una mentira. Por honestidad intelectual y además porque era una naturaleza viril en la plena acepción del término, Bolívar no mentía.

 El Libertador relevó a Piar y a Cedeño del mando en el sitio de Angostura y en su lugar designó a Bermúdez, y él mismo se puso al frente del ataque a Guayana la Vieja, un puerto del Orinoco que estaba al oriente de Angostura.

 Aunque no hay documentos que lo indiquen, es casi seguro que Bolívar notó desde el primer momento de su llegada a La Guayana que Piar maquinaba algo peligroso. Por esos días se produjo un episodio que ha sido muy celebrado por los historiadores, el llamado Delirio de Casacoima; y consistió en que una noche de lluvia, sorprendido por el enemigo, Bolívar se lanzó a la laguna de Casacoima, que estaba infestada de cocodrilos y culebras venenosas, y cuando logró reunirse con sus hombres, ya tarde, mientras se calentaba ante una hoguera y esperaba que el calor del fuego secara sus ropas mojadas, comenzó a hablar de lo que haría el ejército libertador: cruzaría los Andes, libertaría Nueva Granada, pasaría después a Quito y al Perú y acabaría echando a los españoles de toda América. Uno de los que le oía, creyendo que Bolívar deliraba, comentó que el Libertador se había vuelto loco.

 Pero sucedía que el 13 de enero de 1815, él había dicho en Bogotá que “el odio, la venganza y la guerra” debían alejarse de “nuestro seno” y debían ser llevados “a las fronteras a emplearlos” contra los españoles; y ahí, en Casacoima, él simplemente expresaba en una forma detallada y vivida aquella idea dicha en Bogotá dos años y medio antes; y si la idea apenas esbozada en Bogotá resultaba ampliada esa noche en Casacoima, era porque algún estímulo la había actualizado. ¿Cuál podía ser este estímulo? El temor a que Manuel Piar, un general brillante, joven, aguerrido y de naturaleza díscola, pudiera resucitar la guerra social.

 No hay duda de que a partir de su choque con Piar —en que éste fue fulminado de manera terrible—, Bolívar comenzó a desenvolver toda una política llamada a secar la raíz de la guerra social; de manera que si no fuera suficiente lo que el mismo Bolívar dijo para llegar a la conclusión de que la lucha entre él y Piar no fue una simple disputa sangrienta por el poder, lo que Bolívar hizo después para extender lo que hoy llamamos justicia social en favor de la gente más humilde del ejército libertador —por lo general, negros y mestizos— es un argumento de peso en la dilucidación del problema.

 La importancia que Bolívar concedió al caso de Piar indica que el Libertador no se había asustado con un fantasma; pues si el general Piar hubiera sido un simple soñador o un hombre solitario con la idea de hacer una “guerra de colores” —como le llamaba Bolívar a la guerra social—, sin masa que pudiera seguirle, es probable que Bolívar no le hubiera perseguido con la fiereza con que lo hizo. Pero en toda Venezuela había negros, pardos, mulatos, zambos y hasta indios que podían responder a la llamada de un Boves criollo. Desde que se fugó de Angostura el 25 de julio hasta que cayó fusilado el 16 de octubre (1817), Piar representó un serio peligro de reinicio de la guerra social, y durante todo ese tiempo Bolívar estuvo tomando medidas que lo evitaran; pero además, las siguió tomando después.

 Al mismo tiempo que Piar, estaba rebelado contra Bolívar el general Marino, pero Bolívar apenas se preocupó por la actitud del que había sido su segundo en mando en el Año Terrible, porque Marino, un mantuano, no iba a hacer la guerra social. En cambio, preparó cuidadosamente la captura de Piar, su juicio y su muerte.

 Piar era hijo de una mulata de Curazao y de un canario avecindado en Caracas. Podía pasar por blanco, pero él sabía que no lo era y tal vez eso le hizo crecer amargado contra la sociedad mantuana, tan puntillosa en materia de limpieza racial. Parece que Piar trató de esconder su origen, seguramente para no ser infamado por mestizo. Bolívar, que temió a la guerra social por su poder destructor pero que nunca fue racista, se indignaba ante esa cobardía moral. En el manifiesto que escribió el 5 de agosto para explicar la conducta del fugitivo, decía:

 “Engreído el general Piar de pertenecer a una familia noble de Tenerife, negaba desde sus primeros años, ¡ ¡ ¡ qué horrible escándalo!!! (sic) negaba conocer el infeliz seno que había llevado este aborto en sus entrañas. Tan nefando en su desnaturalizada ingratitud ultrajaba a la misma madre de quien había recibido la vida por el solo motivo de no ser aquella respetable mujer del color claro que él había heredado de su padre. Quien no supo amar, respetar y servir a los autores de sus días no podía someterse al deber de ciudadano y menos aún al más riguroso de todos, el militar”.

 En otro párrafo decía que:

 “el general Piar ha tenido como un timbre la genealogía de su padre y ha llegado su impudencia hasta el punto de pretender no sólo ser noble, sino aun descendiente de un príncipe de Portugal (entre sus papeles existe este documento)”.

 Desde luego, en la proclama del 5 de agosto hay muchos párrafos de propaganda política, destinados a presentar a Piar como el peor de los oficiales del ejército libertador; y había razones para inculparlo de numerosas rebeldías, pues Piar era díscolo sin el menor asomo de duda. Pero las partes importantes de la proclama, las que en verdad demuestran la causa real de la preocupación de Bolívar, son las que se refieren a la amenaza de guerra social encarnada en Manuel Piar.

 Piar se había rebelado antes contra la autoridad de Bolívar y éste no había pretendido fusilarlo. En esos mismos días estaba rebelado Marino; antes se habían rebelado Bermúdez y Ribas y después se rebelarían Arismendi y Páez, y Bolívar no llegó con ninguno de ellos a los extremos a que llegó con Piar en 1817. ¿Por qué? Porque sólo Piar, entre todos ellos, amenazó con la guerra social; y después de haberla vivido en Venezuela y de haber visto sus resultados en Haití, Bolívar tuvo ante sí todo el tiempo, hasta su muerte, el fantasma de esa guerra como un engendro de los infiernos.

 Decía él que:

 “Calumniar al gobierno de pretender cambiar la forma republicana en la tiránica; proclamar los principios odiosos de la guerra de colores para destruir así la igualdad que desde el día glorioso de nuestra insurrección hasta este momento ha sido base fundamental; instigar a la guerra civil; convidar a la anarquía, aconsejar el asesinato, el robo y el desorden, es en sustancia lo que ha hecho Piar desde que obtuvo licencia de retirarse del ejército…”.

 Y más adelante:

 “El general Piar con su insensata y abominable conspiración sólo ha pretendido una guerra de hermanos en que crueles asesinos degollasen al inocente niño, a la débil mujer, al trémulo anciano, por la inevitable causa de haber nacido de un color más o menos claro. Venezolanos, ¿No os horrorizáis del cuadro sanguinario que os ofrece el nefando proyecto de Piar? Calificar de un delito el accidente casual que no puede borrar ni evitar. El rostro según Piar es un delito y lleva consigo el decreto de vida o de muerte. Así ninguno sería inocente, pues que todos tienen un color que no se puede arrancar para substraerse de la mutua persecución. Si jamás la guerra fratricida como lo desea Piar llegase a tener lugar en Venezuela, esta infeliz región no sería más que un vasto sepulcro donde irían a enterrarse en todas partes la virtud, la inocencia y el valor…”.

 Bolívar parecía temer que esas enérgicas frases acerca de la guerra social no fueran suficientes para convencer a los posibles seguidores de Piar, y mezcladas con ellas escribió algunas más destinadas a demostrar que la guerra social era ya innecesaria porque la república no establecía diferencias de clases ni de color, pues Bolívar tuvo siempre la tendencia a considerar la guerra social como una guerra de razas. Así, decía el Libertador en la proclama del 5 de agosto:

 “El general Piar no desea la preponderancia de un color que él aborrece y que siempre ha despreciado como es constante por su conducta y documentos … la imparcialidad del gobierno de Venezuela ha sido siempre tal, desde que se estableció la República, que ningún ciudadano ha llegado a quejarse por injusticia hecha a él por el accidente de su cutis. Por el contrario. ¿Cuáles han sido los principios del Congreso? Cuáles las leyes que ha publicado?.. . Antes de la revolución los blancos tenían opción a todos los destinos de la monarquía, lograban la eminente dignidad de ministros del rey, y aun de grandes de España. . . Los pardos degradados hasta la condición más humillante estaban privados de todo. El estado santo del sacerdocio les era prohibido; se podría decir que los españoles les habían cerrado las puertas del cielo. . .”.

 En los dos meses y diez días transcurridos entre esa proclama y el fusilamiento de Piar —condenado por un tribunal militar, con todas las de la ley—, Bolívar ordenó la confiscación de los bienes enemigos y su repartición entre los soldados del ejército libertador; hizo publicar boletines de varias victorias para dar sensación de poder. Estaba, a su juicio, descabezando la guerra social y lo hacía cuidadosamente.

 El 16 de octubre, Piar pagó con su vida tres años de guerra social en cuyos horrores no había tomado parte. El 17, Bolívar escribía una nueva proclama. “Ayer ha sido un día de dolor para mi corazón”, decía. “El general Piar fue ejecutado por sus crímenes de lesa patria, conspiración y deserción”. Y más adelante: “El general Piar, a la verdad, había hecho servicios importantes a la República.. .”. Afirmaba que Piar iba a ser designado segundo jefe cuando desertó; y de pronto comienza a preguntarle a los soldados:

 “¿Nuestras armas no han roto las cadenas de los esclavos? ¿La odiosa diferencia de clases y de colores no ha sido abolida para siempre? ¿Los bienes nacionales no han sido repartidos entre vosotros?”

 Todo lo cual, en resumen, quería decir que ni Piar ni nadie tenía que hacer la guerra social porque ya era innecesaria, pues la república había aprendido la lección del Año Terrible y era y seguiría siendo una sociedad sin los irritantes privilegios mantuanos. Pero también quería decir que Bolívar temía a la guerra social; que la temía más que a todo el poder español.

 Años después, el 25 de mayo de 1828, Perú de la Croix y el comandante Wilson le oyeron decir en Bucamaranga que:

 “. . .la muerte del general Piar fue entonces de necesidad política y salvadora del país, porque sin ella iba a empezar la guerra de los hombres de color contra los blancos, el exterminio de todos ellos y por consiguiente el triunfo de los españoles: que el general Marino merecía la muerte como Piar, por motivos de su disidencia, pero que su vida no presentaba la mismos peligros y por esto mismo la política pudo ceder a los sentimientos de humanidad y aun de amistad por un antiguo compañero”.

 A seguidas, el autor del “Diario de Bucamaranga” pone en boca del Libertador estas palabras:

 “. . .la ejecución del general Piar. . . aseguró mi autoridad, evitó la guerra civil y la esclavitud del país, me permitió proyectar y efectuar la expedición a la Nueva Granada y y crear después la República de Colombia: nunca ha habido una muerte más útil, más política y, por otra parte, más merecida”.

 Si uno pone atención en lo que decía Bolívar en esos días, a casi once años de distancia de la muerte de Piar, advierte que en 1328 el Libertador seguía preocupado por las amenazas de que la guerra social se renovara. El día 12 de mayo, esto es, dos semanas antes de su declaración sobre Piar, le había dicho a Perú de la Croix lo siguiente:

 “El general Páez, mi amigo, es el hombre más ambicioso y más vano del mundo: no quiere obedecer, si no mandar: sufre de verme más arriba que él en la escala política de Colombia: no conoce su nulidad; el orgullo de su ignorancia lo ciega. Siempre será una máquina de sus consejeros y las voces de mando sólo pasarán por su boca, pues vendrán de otra voluntad que la suya: yo lo conceptúo como el hombre más peligroso para Colombia, porque tiene medios de ejecución, tiene resolución, prestigio entre los llaneros que son nuestros cosacos, y puede, el día que quisiere, apoderarse del apoyo de la plebe y de las castas negras y zambas. Éste es mi temor, que he confesado a muy pocos y que reconozco muy reservadamente”.

 A pesar de ese “muy reservadamente”, dos años antes, el 23 de junio de 1826, escribiendo desde Magdalena al general Santander, Bolívar decía: “.. .con Páez no se debe usar de este lenguaje, porque el día que se le encienda la sangre, su sangre le sirve de mucho”; y subrayaba la primera “sangre” para que no hubiera duda de que se refería a que Páez tenía autoridad sobre la masa porque era mestizo.

Así, pues, cuando habló sobre Piar, el 25 de mayo de 1828, lo hizo porque en esos días tenía presente la lección del Año Terrible, que a su juicio podía repetirse de momento.

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