Durante los acontecimientos revolucionarios en Egipto, las autoridades chinas han mostrado un nerviosismo extremo, incrementando la presencia policial en las calles y tomando medidas drásticas respecto a internet, donde las referencias a la Revolución egipcia han sido censuradas ¿Por qué están los dirigentes chinos tan preocupados por los acontecimientos que tienen lugar en lejanos países?
Los medios de comunicación están repletos de brillantes informes acerca del crecimiento económico chino, que supuestamente ha propiciado que el mundo salga de la crisis económica, con un crecimiento medio anual de más del 10%. Sin embargo estas cifras no nos dicen nada acerca de los efectos de este crecimiento económico sobre las masas de la población. No nos dice nada acerca de la enorme desigualdad y la creciente distancia entre ricos y pobres. No nos dice nada acerca de los 150 millones de desempleados, o de la difícil situación de millones de campesinos chinos que son forzados a emigrar a ciudades masificadas para ganarse la vida en fábricas donde sufren una explotación extrema y condiciones que recuerdan la Inglaterra industrial de los tiempos de Charles Dickens.
De forma diferente que en Rusia, la contrarrevolución capitalista en China ha sido llevada a cabo de manera controlada, bajo el control férreo de la burocracia y el así llamado Partido Comunista, que ahora admite capitalistas en sus filas y es visto como un vehículo para carreristas y trepadores sociales. Los trabajadores tienen pocos derechos y el papel de los sindicatos oficiales es el de vigilarlos, no el de luchar por sus intereses.
China parece una gigantesca olla a presión con la válvula de escape cerrada. Puede explotar en cualquier momento, sin avisar. Esto se vio recientemente en los acontecimientos en Xintang, en la provincia industrial de Guandong en el sur de China, donde durante tres días los trabajadores se rebelaron contra las intolerables condiciones, quemando vehículos policiales y luchando contra la policía. Informantes en Hong Kong reportaron que la policía disparó gas lacrimógeno para dispersar a la multitud.
Pobreza y prosperidad
La ciudad de Xintang está a cerca de una hora conduciendo desde Guangzhou, la capital de la lejana provincia sureña de Guangdong, cercana a la frontera con Hong Kong y que produce en torno a un tercio de las exportaciones del país. Aproximadamente 150 millones de trabajadores se han movido desde las zonas rurales a las ciudades en busca de una mejor calidad de vida.
Los enfrentamientos del viernes 10 de junio comenzaron después de que la policía atacara a una mujer embarazada, vendedora ambulante, Wang Lianmei, durante una redada contra los puestos callejeros. La agencia de noticias estatal Xinhua declaró que ella cayó durante la disputa, mientras que otros informantes dicen que los chengguan –los oficiales de bajo rango- la empujaron. Sea cual sea la versión correcta, no hay duda de la opinión de las masas de la población.
Los trabajadores inmigrantes de su provincia, Sichuan, se concentraron inmediatamente. La policía tiene fama por su brutalidad, y cuando los vehículos policiales fueron llamados a escena fueron recibidos con una lluvia de botellas, ladrillos y piedras. La mayor parte de los manifestantes eran trabajadores inmigrantes como la mujer que sufrió la agresión policial.
Los manifestantes destrozaron las oficinas del Gobierno en el suburbio de Dadun, dejando en llamas al menos seis vehículos. Trozos de puertas de acero y vallas con púas yacían doblados y rotos. La multitud comenzó a arrojar ladrillos, piedras y botellas a los policías e igualmente atacaron cajeros automáticos y puestos de policía. Cuando se empezó a rumorear que la policía había matado al marido de Wang, Tang Xuecai, y que ella había sido seriamente herida, otra multitud se congregó el siguiente día.
Los medios locales dijeron que Tang había aparecido en una conferencia de prensa el domingo para decir que su mujer y su bebé estaban “bien” y que estaba “feliz con cómo el Gobierno ha manejado el caso”. Sin embargo estas llamativas palabras no pueden ocultar el odio ardiente que bulle bajo la superficie en la sociedad china.
Muchos vecinos tenían miedo de hablar acerca del incidente, y aquellos que lo hicieron rehusaron dar sus nombres por miedo a represalias. “La atmósfera es tensa y todos estamos un poco nerviosos. Se supone que no deberíamos hablar sobre ello”, dijo You, un trabajador textil de 42 años quien, como otros, se negó a decir su nombre.















