Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

Luchas en momentos de crisis

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 3 marzo 2009

Por Ernest Álvaro

Las crisis económicas generalmente no son una buena noticia para la clase trabajadora. Ernest Álvaro escribe sobre como Trotsky analizó la relación entre crisis y luchas y extrae conclusiones para hoy.

Los recesos del mercado suelen ir acompañados por despidos, recortes de sueldos, endurecimiento de las condiciones laborales y un largo etcétera. Los empresarios no son los únicos en mirar por sus intereses en momentos de crisis. El estado, aliado indispensable de la élite económica y financiera, también pondrá su grano de arena endureciendo la legislación laboral y dando el visto bueno a los despidos y las deslocalizaciones.

Sin embargo, ¿cómo afectan las crisis a la lucha de los trabajadores para mejorar sus condiciones? ¿Dan un nuevo impulso a las luchas? O, por otro lado, ¿minan la moral de los trabajadores? ¿Cuál es el contexto ideal para obtener mejoras a través de las movilizaciones? Y en última instancia, ¿cuál es la situación económica más favorable para un posible levantamiento revolucionario por parte de aquellos que crean riqueza sin controlar los medios para producirla?

La reciente cumbre del G-20 en Washington, las inyecciones de dineros públicos a la banca y la crisis ideológica del neoliberalismo global ponen de manifiesto la delicada situación del capitalismo, incluso para aquellos que se empeñan en obviar la realidad y pretenden seguir imponiendo unas ideas que ya han fracasado.

Para muchos, la necesidad de resistir es obvia, y encontramos ejemplos a lo largo de la historia que muestran como en momentos de crisis —no sólo en caso de recesión económico, sino también en caso de guerras— han habido luchas y levantamientos; como en Rusia el 1905 y el 1917, o en el Estado español el 1936, pero contrariamente a lo que todos podrían pensar una recesión no siempre implica un aumento de las luchas. A veces, el miedo a las represalias y a la pérdida del empleo hace que la pasividad se imponga a la actividad.

Por lo tanto, ¿cuál es la relación entre crisis y lucha? Es la pregunta que muchos activistas nos hacemos en este momento que puede ser clave para la historia del desarrollo humano. Y para encontrar las respuestas debemos buscar en la historia misma, analizar las experiencias anteriores y extraer conclusiones adaptables a nuestros días.

Analizando Trotsky

Sin ánimo de ser dogmáticos, merece la pena consultar los escritos de Trotsky sobre la materia, ya que fue prolífico en la misma.

Primero analicemos lo que Trotsky escribió en relación al análisis de Marx y Engels sobre las revoluciones de 1848, cuando una ola de movimientos revolucionarios recorrió Europa.

Friedrich Engels escribió que, mientras la crisis de 1847 fue la madre de la revolución, el boom económico de 1849-51 fue la madre de la contrarrevolución triunfante. De todas formas, según Trotsky, sería dogmático interpretar esta valoración en el sentido de que una crisis crea invariablemente acción revolucionaria, mientras un boom económico automáticamente pacifica la clase trabajadora. Es más, según él, la revolución de 1848 no surgió de la crisis económica del año anterior, sino que ésta meramente dio el último impulso. La revolución nació, esencialmente, de las contradicciones entre el desarrollo industrial capitalista y los restos del sistema feudalista dentro del estado. La Revolución a medias de 1848, de una forma o de otra, barrió los restos del sistema de gremios y siervos y, por lo tanto, extendió el marco del desarrollo capitalista. Solo bajo estas condiciones, escribe, el boom de 1851 marcó el comienzo de una época de prosperidad capitalista que duró hasta 1873.

Por lo tanto, Trotsky rehusó la asociación directa entre receso y aumento de las luchas de clase. Está claro que es posible que una caída económica dé fuerza a la resistencia, pero no siempre que los trabajadores sean golpeados con el receso reaccionarán con la lucha, a veces simplemente son noqueados políticamente. Es decir, según Trotsky, es simplista relacionar directamente crisis y lucha sin establecer un análisis de todas las variables que el contexto histórico y la naturaleza de la sociedad del momento ofrecen. Así, concluye “no existe dependencia automática entre el movimiento revolucionario de los trabajadores y las crisis”. Incluso un período de prosperidad capitalista podría generar más luchas que una caída. Si los trabajadores logran empleo y se sienten más confiados que los empresarios, pueden decidir luchar para recuperar aquello que habían perdido en una crisis.

¿Qué factores establecen, pues, los efectos de la crisis en la lucha de clases?

Citando de nuevo a Trotsky, hay que tener en cuenta dos consideraciones bastante amplias; primero, debemos contrastar el ciclo de boom y receso con el contexto de desarrollo capitalista a largo plazo. Segundo, hay que contextualizar la crisis económica en un marco político amplio. Hay que contemplar la manera en que el imperialismo, la crisis del gobierno, los encuentros políticos, y lo más importante, la conciencia y combatividad de la clase trabajadora interactúan con los descensos económicos. Podemos pensar en el receso como un rayo de luz y todas estas condiciones políticas como un prisma que refracta el rayo de maneras diferentes, según como incida.
Por lo tanto, observamos primero la relación entre el desarrollo capitalista a largo plazo y las recesiones concretas. Por ejemplo, Trotsky comparó el boom económico de la primera mitad de los años 20 con el boom analizado por Karl Marx y Friedrich Engels justo después de las revoluciones europeas de 1848. La década de 1850 marcó el comienzo de un período prolongado de expansión capitalista que duró hasta el 1873, tal y como Trotsky lo describió. Sin embargo, añadía que el período de después de la Revolución Rusa y la Primera Guerra Mundial fue un período de declive capitalista en el que los ascensos económicos solo tenían un carácter superficial, mientras las crisis pasan a ser más prolongadas y profundas.

Interpretación de la actual crisis

En general, la visión de Trotsky era que “el movimiento del desarrollo económico está caracterizado por dos curvas gráficas de orden diferente. La primera y más básica describe el crecimiento general de las fuerzas productivas.” Si miramos el desarrollo capitalista como un todo, esta curva casi siempre se mueve hacia arriba. Cuando hablamos de fuerzas productivas nos referimos a todas aquellas fuerzas aplicadas por los trabajadores en el proceso de producción (su trabajo físico y mental, herramientas, técnicas, materiales, recursos, equipamiento…) Esta curva, de una forma o de otra, no siempre sube al mismo ritmo. Hay períodos en que sube mucho o poco y quizá en otras décadas sube casi en sentido vertical.

Sin embargo, hay que superponer una segunda curva a la primera que muestre el ciclo de boom y receso más a corto plazo inherente al capitalismo para entender correctamente el impacto de una crisis económica. Teniendo en cuenta estos razonamientos, ¿cómo interpretamos la actual crisis?

Primero, intentemos dibujar la curva básica, la que refleja el desarrollo de las fuerzas productivas a largo plazo. Desde la Segunda Guerra Mundial, han habido dos largas fases de desarrollo capitalista. Desde el final de la guerra hasta principios de los años 70 hubo el período más grande de expansión económica, los “años dorados” del capitalismo. Las crisis eran cortas y débiles mientras el crecimiento económico era fuerte y sostenido.

El índice de beneficios para los empresarios se podía aguantar de la misma forma que subían los estándares de vida para los trabajadores. Pero desde los 70 el índice de crecimiento ha sufrido un serio declive y las recesiones han pasado ser más duras. Los índices de beneficios sólo se podían mantener endureciendo las condiciones de los trabajadores.

Si intentamos establecer la segunda curva, la que señala los booms y recesos a corto plazo, veremos que han habidos recesos de diferente duración e intensidad, en 1973, a principios de los 80, a principios y finales de los 90, en 2001 y ahora, en 2008.

Por lo tanto, encontramos que la actual crisis viene después de un periodo prolongado de lento crecimiento económico acompañado de varias recesiones de distinta gravedad. De hecho, durante el boom que precedió inmediatamente la recesión, los salarios en EEUU habían ido bajando durante cuatro años seguidos.

En otros estados, como en el español, la inflación ha provocado que los salarios reales bajasen incluso antes que llegase la recesión. Para muchos de nosotros, cualquier sentimiento de prosperidad había quedado tapado por la subida descontrolada del precio de la vivienda o el aumento del precio de los alimentos y otros productos de primera necesidad. La crisis ahora expone la debilidad real del sistema.

Intentemos hacer confluir ahora estos elementos con el ‘prisma’ de las condiciones sociopolíticas actuales.

El final del boom de posguerra, en 1973, llevó a una gran alteración de la política global. Hasta entonces había habido una era de bienestar económico en aumento, pero la desaceleración del boom llevó a una serie de reformas liberales que suponían el prólogo de la política global que hoy conocemos como neoliberalismo.

En el Reino Unido y en EEUU las elecciones llevaron al poder a Margaret Thatcher y Ronald Reagan respectivamente en el 79 y el 80. Con ellos, se inició un período en el que se abandonaba el keynesianismo y se abrazaba de forma definitiva al neoliberalismo. Fue una época de ataques al estado de bienestar y a los sindicatos.

Aún más, desde el final de la Guerra Fría en 1989, este sistema económico debilitado se ha apoyado cada vez más en la inestabilidad y en la guerra. La pérdida de un enemigo fácilmente identificable para la población occidental, como la Unión Soviética, ha provocado que nuestros dirigentes busquen constantemente chivos expiatorios para la plena justificación del imperialismo. Es muy probable que el receso, a lo largo del tiempo, haga empeorar estos conflictos ya que esta inestabilidad está causada, en su mayor parte, por los EEUU, que buscan servirse de su todopoderoso aparato militar para compensar su pérdida de poder económico.

Por lo tanto, entramos en el actual receso con más de 25 años de experiencias de privatizaciones, desregularizaciones y medidas liberales, con sus consecuentes efectos a la mente de los trabajadores, a parte del creciente imperialismo americano en Oriente Medio, que lleva más de dos décadas provocando guerras altamente provechosas para los intereses norteamericanos.

Posibilidades

Los efectos de la crisis probablemente llevarán a un creciente escepticismo hacia la élite política y el sistema en general, sentimiento que ya ha ido creciendo en los países occidentales desde el nacimiento del movimiento anticapitalista el año 1999. La escalada del movimiento antiguerra a partir de 2001 acabó de dar el impulso de radicalización a muchos activistas. Aunque quizá ahora mismo, después de la victoria de Barack Obama, parte de la opinión pública cree que habiendo acabado con la amenaza de la administración Bush se ha puesto freno al imperialismo y al capitalismo más feroz.

De una forma o de otra, en el Estado español nos encontramos en un momento crítico. Vemos como ante los despidos, el encarecimiento de los precios y el crecimiento del paro, las únicas medidas del gobierno contra la crisis consisten en preparar de prisa y corriendo grandes sumas de “líquido” para salvar la banca privada en caso de bancarrota. Las protestas de los trabajadores en riesgo de ser despedidos y de los estudiantes que defienden la universidad pública se han ido sucediendo durante el mes de noviembre y seguramente continúen durante el 2009. Habrá que esperar a ver cómo se desarrollan las luchas, porque una victoria en cualquiera de éstas puede dar moral y fuerzas renovadas a los que luchan.

A pesar de todo, lo peor está para llegar. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el PIB español seguirá cayendo durante todo el 2009 y en 2010 el paro llegará casi al 15%. Además, el OCDE recuerda al gobierno de Zapatero que el gasto social puede llevar consecuencias negativas a corto, medio y largo plazo. Es de esperar que el endurecimiento de la crisis y un posible recorte del gasto social se traduzcan en movilizaciones y protestas por parte de la clase trabajadora y los y las estudiantes.

Por otro lado es evidente que no todos los movimientos de la sociedad se orientarán hacia la izquierda. En tiempo de crisis la opinión de los trabajadores puede tender a la polarización y pueden aparecer actitudes xenófobas y filofascistas, culpando, por ejemplo, a los inmigrantes de la falta de puestos de trabajo. Encontramos ejemplos en Gran Bretaña, con la subida del racista BNP (Partido Nacional Británico), la Liga Norte italiana, el BZÖ austriaco, etc. Todas las crisis comportan una carrera entre la derecha y la izquierda para mostrar quien puede expresar de manera más convincente el descontento popular hacia el sistema y proponer soluciones efectivas.

Analizando todos estos elementos, podemos concluir que al mismo tiempo que ésta crisis nos golpea, ya existe un sentimiento de desilusión con el sistema político y económico entre buena parte de la clase trabajadora. Un movimiento antiguerra de masas ya ha movilizado a millones de personas y ha fortalecido el escepticismo hacia las reformas. La resistencia a la industria ha sido débil últimamente, pero los últimos Expedientes de Regulación de Empleo han provocado movilizaciones de los trabajadores de varias empresas en proceso de despido; Nissan, Delphi, Unilever o Pirelli son algunos ejemplos.

No debemos olvidar la importancia del sector público, un colectivo de trabajadores que puede poner en jaque todo el aparato estatal a través de huelgas y movilizaciones. En Barcelona, los y las trabajadoras de TMB nos dan un claro ejemplo de como es posible participar en las luchas para acabar logrando que el bienestar de la mayoría pase por encima del interés material de una minoría.

Por lo tanto, los y las activistas debemos hacer todo lo posible para acabar con nuestras debilidades, unirnos, conectar las luchas y fortalecer las posibilidades de la resistencia. Sabemos que estamos ganando la batalla ideológica, sabemos que podemos llevar la lucha en las calles, sabemos que podemos poner el miedo en el cuerpo de la élite político-económica que nos gobierna, al mismo tiempo que defendemos a los y las trabajadoras de los efectos de la crisis. Nos encontramos amenazados, en situación de peligro, pero también encontramos una gran oportunidad para los que creemos en una sociedad basada en el interés por las personas y no por los beneficios.

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