Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

MONSEÑOR OSCAR ARNULFO ROMERO :«Resucitaré en el pueblo Salvadoreño»

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 25 marzo 2009

 

monseñoroscararnulforomero-fidelvasquez“Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño” sentenció lapidariamente el profeta de América, monseñor Oscar Arnulfo Romero y Galdamez, arzobispo de San Salvador. Al igual que el reverendo Martin Luther King, quien profetizó su propia muerte, apenas un día antes de su asesinato, también monseñor Romero profetizó su propio martirologio: “Un obispo morirá, pero la iglesia de Dios que es el pueblo, no perecerá jamás”.

La Comisión de la Verdad de la ONU, encargada de investigar el magnicidio de Monseñor Romero, responsabilizó al coronel Roberto D’Abuisson, de ser el autor intelectual del asesinato del pastor del pueblo salvadoreño. D’Abuisson, quien tenía la tristemente célebre reputación de ser el jefe de los escuadrones de la muerte de El Salvador, también fue el fundador del partido Alianza Republicana Nacionalista, ARENA, derrotado la semana pasada por el Frente Farabundo Marti para la Liberación Nacional, FMLN.

El martes 24 de Marzo se cumplen 29 años del sacrificio del pastor salvadoreño, considerado por las clases populares de Latinoamérica como “San Romero de América”. El 24 de Marzo de 1980, un asesino le disparó directamente al corazón matándolo instantáneamente. El disparo resonó a lo largo y ancho del continente, pero únicamente el gobierno sandinista de Nicaragua declaró tres días de duelo nacional.

Durante el sepelio de Monseñor Romero, el pueblo se agolpó en la catedral de San Salvador, resultando insuficiente para contener a la multitud. A la ceremonia asistieron personalidades religiosas del mundo entero. El ejército salvadoreño rodeó la catedral con tanques y batallones y comenzó a disparar contra la multitud, mientras simultáneamente intentaba evacuar a los invitados especiales entre los cuales se encontraba el sacerdote Maryknoll Miguel D’Escoto, ministro de relaciones exteriores de Nicaragua y el embajador de estadounidense Robert White.

D’Escoto se negó a abandonar la catedral. “No podemos dejar solo al pueblo a merced de estos asesinos” le expresó D’Escoto al embajador norteamericano, quien se unió a D’Escoto en solidaridad con el pueblo. El embajador White, aprovechando su alta investidura de representante diplomático de la Casa Blanca se enfrentó a la soldadesca salvadoreña, obligándolos a retroceder, con lo cual las honras fúnebres del amado pastor continuaron.

El profeta de Dios para el pueblo salvadoreño, desafió a las fuerzas del mal que asesinaban a su grey: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”.

Pero la represión no cesó. 75 mil personas murieron en un conflicto militar que concluyó con la firma de los acuerdos de paz en Chapultepec. La mayoría de las 14 familias mas ricas del país se las tragó la tierra, la promoción de la “Tandona” fue purgada del ejército, los generales acusados de asesinato huyeron del país y traidores como Joaquín Villalobos salieron al exilio dorado en Oxford.

Los militares se replegaron a sus cuarteles y el partido ARENA, desde entonces ha gobernado el país. Hoy, 17 años después, uno de cada 3 salvadoreños vive en el exterior, la pobreza, el desempleo y la criminalidad azotan al pueblo salvadoreño y el índice de delincuencia es el mas elevado de Centroamérica.
Irónicamente, los niños que junto a sus padres llegaron a Estados Unidos huyendo de la represión de los escuadrones de la muerte de D’Abuisson, hoy hechos pandilleros, en un sistema que los vomita aquí y allá, son deportados de regreso al pais, en donde muchos de ellos languidecen en las cárceles de San Salvador. Mientras el pais sobrevive gracias a las remesas familiares, no gracias a las políticas económicas del gobierno, este se ufana de ser el único pais latinoamericano que envió tropas a Irak. Todo esto cambiará con la victoria de Mauricio Funes.

“Ahora es el turno del ofendido, ahora es la oportunidad de los excluidos, ahora es la oportunidad de los marginados, ahora es la oportunidad de los auténticos demócratas”, señaló Funes, al tiempo que aseguraba “Gobernaré como Monseñor Romero quería que los hombres de su tiempo gobernaran”.

Los plumíferos mercenarios de la derecha oligárquica trasnochada intentan ponerle al mal tiempo buena cara. Obviando que Colombia es el principal suplidor de cocaína del también mayor mercado de droga en el mundo, Estados Unidos, obviando que México, país que produce petróleo, también exporta un millón de campesinos pobres a Estados Unidos, obviando que el narcotráfico ha logrado imponer el terror al pueblo y gobiernos mexicanos, (“pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, dijo el presidente mexicano Porfirio Díaz), obviando todo esto plumíferos como el derechista Raúl Benoit, insisten en minimizar la importancia del triunfo del pueblo salvadoreño, irrespetuosamente previniendo que lo que le espera al pueblo es una letrina la cual se encuentra al fondo a mano izquierda.
Ya solo quedan 3 aves solitarias (México, Colombia y Costa Rica), resistiendo el vendaval socialista que sopla a lo largo y lo ancho de América Latina. De nada sirven los berrinches que montan los propietarios de periódicos como la banda de patrones organizados en la Sociedad Interamericana de Prensa, un club de ricachones que se creen los pontífices de la libertad de expresión, los pueblos ya se cansaron de tanta mentira, de tanta humillación, de tanta marginación.
El “fantasma” del Socialismo del siglo XXI que recorre el continente amenaza con barrer a las Oligarquías cavernarias. Está demostrado hasta la saciedad que el capitalismo salvaje ha fracasado en Latinoamérica. El triunfo popular en El Salvador es solo el último botón de muestra, pero el próximo será México. Es prematuro predecir que hará Funes exactamente, pero no es aventurado pensar que con la victoria del FMLN el pueblo salvadoreño está siendo testigo y artífice de su propia resurrección, tal como lo profetizó el pastor mártir, San Romero de América.

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