Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

Gramsci, Trotsky, la guerra de posición y la revolución permanente

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 7 junio 2009

 Por Osvaldo Calello

Hacia 1929, Antonio Gramsci, secretario general del Partido Comunista Italiano hasta el momento de su apresamiento en una cárcel fascista en 1926, intentó oponerse a la línea del Tercer Período que la Internacional Comunista había aprobado poco tiempo antes, en su VI Congreso celebrado en 1928. Esa línea partía de la tesis de un próximo derrumbe del régimen capitalista, como consecuencia del punto a que había llegado, en la etapa imperialista, la contradicción existente entre las fuerzas productivas, las relaciones de producción y la superestructura política, jurídica e ideológica que les correspondía. El carácter economicista de tal concepción reducía las alternativas de la lucha de clases a un simple efecto de la crisis económica, y convertía el plano superestructural en una simple envoltura de la base. Desde esta perspectiva el fascismo era falsamente caracterizado como una reacción de la burguesía ante el avance de la revolución proletaria, se negaba toda diferenciación significativa entre el Estado burgués parlamentario y los nuevos aparatos estatales, en construcción en Italia y en germen en Alemania, y se pronosticaba la imposibilidad de su consolidación. Por lo demás, el VI Congreso estableció una equivalencia entre el fascismo y la socialdemocracia, ya fuera considerándolos parte de un mismo bloque o como recursos alternativos de la burguesía para aplastar al movimiento obrero y, en consecuencia, catalogó a los partidos y sindicatos socialdemócratas como el enemigo principal, destruyendo toda posibilidad de frente único proletario, y abriendo el camino a la consolidación de los movimientos fascistas.

Desde la prisión, Gramsci hizo conocer a Palmiro Togliatti y a otros dirigentes del PCI su diferencias respecto a la política del Tercer Período y, particularmente, su oposición a la tesis del «socialfascismo». Sin embargo éstos decidieron no dar a conocer este punto de vista al resto del partido. Gramsci consideraba que en Italia no existían condiciones para la toma de poder por parte del proletariado, y anticipaba que a la caída del fascismo se abriría un período de transición en el cual el PCI debería establecer un frente con otras fuerzas antifascistas, incluida una fracción de la burguesía, mientras reestablecía sus lazos con la clase obrera y los anudaba con otras clases populares, con vistas a la conformación de un bloque histórico desde el cual afirmar la lucha por el poder. Tenía presente la táctica del Frente Unico lanzada por Lenin durante el Tercer Congreso de la Internacional, en 1921/1922, y recordaba muy bien la resistencia que él y la mayor parte de dirección del partido, habían opuesto a la aplicación de esa política en Italia, y sus trágicas consecuencias: en 1924 Gramsci, al frente del partido luego del desplazamiento de la fracción de Amadeo Bordiga, viró en dirección a la línea del Frente Unico, pero ya por entonces el fascismo había afianzado posiciones.

Revolución permanente y guerra de maniobra

Años más tarde, desde la cárcel a que lo había condenado el régimen de Mussolini, Gramsci retomó el planteo del Tercer Congreso, interesado en oponer al giro ultraizquierdista de 1928 una estrategia que respondiera a las particularidades de la lucha de clases en los países en los cuales el capitalismo había alcanzado cierto grado de maduración. Llamó a esta estrategia «guerra de posición», a diferencia de la «guerra de maniobra», que identificaba con la estrategia insurreccional como la que habían llevado adelante los bolcheviques durante la Revolución de Octubre.

Gramsci observó que en los Estados desarrollados de Occidente la sociedad civil se había convertido en «una estructura muy compleja y resistente a las “irrupciones” catastróficas del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etc)», y comparó las superestructuras de esa sociedad con las trincheras en la guerra moderna, tras las cuales, de ser destruidas por la artillería enemiga, permanecía firme una línea defensiva constituida por un sólido sistema organizativo-industrial, en condiciones de reproducir el aparato militar y lanzar a la batalla nuevos ejércitos. Escribió que «en Occidente entre Estado y sociedad civil existía una justa relación y bajo el temblor del Estado se evidenciaba una robusta estructura de la sociedad civil. El Estado era sólo una trinchera avanzada, detrás de la cual existía una robusta cadena de fortalezas y casamatas». En contraposición, subrayó que «en Oriente el Estado era todo, la sociedad civil era primitiva y gelatinosa».

Según su interpretación, la teoría de la revolución permanente, formulada por primera vez por Carlos Marx en la Circular del Comité Central de la Liga de los Comunistas en marzo de 1850, y retomada luego por León Trotsky a partir de la Revolución de 1905 en el imperio de los zares, era el reflejo de lo que en términos militares se conocía como guerra de maniobra. La Circular sacaba conclusiones de la derrotas obreras de 1848 en Francia y Alemania, y del papel represor y de la traición que había ejecutado la burguesía en esas dos revoluciones, y llegaba a la conclusión de que la época en que esa clase podía desempeñar una función históricamente progresiva estaba definitivamente clausurada. Pero iba más allá, y advertía que en la próxima revolución, acontecimiento considerado inminente, los obreros no deberían limitarse a los objetivos de los demócratas pequeño burgueses, sino que deberían ir más allá, hasta terminar con el gobierno de las clases poseedoras, y abrir una fase de transición mediante la estatización de una parte de las fuerzas productivas. El documento caracterizaba a este proceso como una «revolución permanente».

Gramsci, a su vez, consideró que la posibilidad de un desenvolvimiento semejante reflejaba las condiciones históricas en que se desarrolló la experiencia del jacobinismo francés desde 1789 hasta el Termidor, período en el que no existían los grandes partidos y sindicatos de masas, el campo se mantenía en una situación de notorio retraso, la política estatal se concentraba en unas pocas ciudades, o en un sola como era el caso de París y, al mismo tiempo el aparato del Estado estaba poco desarrollado. Asimismo, la sociedad civil exhibía un mayor independencia respecto a la actividad estatal, y las economías nacionales eran más autónomas con relación al mercado mundial. Sin embargo luego de 1870 (período que se abre con la guerra franco-prusiana y la revolución de los comuneros en Francia), junto con la expansión colonial europea, las relaciones internas que hacen a la organización del Estado y las relaciones internacionales se volvieron más sólidas y complejas y la «fórmula cuarentiochesca de la “revolución permanente” es sometida a una reelaboración, encontrando la ciencia política su superación en la fórmula de “hegemonía civil”».

El autor de los Cuadernos de la Cárcel afirmaba que el folleto Huelga de masas, partido y sindicatos, junto con otros trabajos de Rosa Luxemburgo, era el documento más significativo de la «guerra de maniobra». Señalaba que la autora, prisionera de cierto prejuicio economicista y espontaneista, había subestimado los elementos voluntarios y organizativos de la Revolución Rusa de 1905, y sostenía que los exponentes de esta concepción atribuían al elemento económico inmediato (crisis, etc.) la función que en la guerra desempeña la artillería de campaña, abriendo brechas en las defensas enemigas y creando las condiciones a sus propias tropas para un éxito definitivo (estratégico), o al menos importante. En este sentido la crisis económica, además de desorganizar al enemigo, habría de organizar con «rapidez fulminante» a las fuerzas revolucionarias, crearía los cuadros o ubicaría a los existentes en posiciones decisivas, y posibilitaría de inmediato la concentración ideológica respecto a los fines a alcanzar. «Era una forma de férreo determinismo economista, con el agravante de que los efectos eran concebidos inmediatos en el tiempo y el espacio; se trataba de una especie de destello milagroso», anotó en los Cuadernos.

Para Gramsci la formula de la «revolución permanente», retomada y reformulada por Trotsky luego de los acontecimientos de 1905 en Petersburgo, se ubicaba en el mismo campo teórico que el folleto de Rosa Luxemburgo, y en línea con las posiciones del sindicalismo revolucionario francés sobre la huelga general. La consideraba una concepción sin valor alguno. Señaló que «Bronstein en sus memorias recuerda que se le dijo que su teoría se había demostrado buena luego de… quince años y responde al epigrama con otro epigrama. En realidad, su teoría como tal no era buena ni quince años antes ni quince años después, como ocurre con los obstinados, de los cuales habla Guicciardini, el adivinó “grosso modo”, es decir, tuvo razón en la previsión práctica más general. Es como afirmar que una niña de cuatro años se convertirá en madre y al ocurrir esto a los veinte años decir: “lo había adivinado”, no recordando sin embargo que cuando tenía cuatro años se la deseaba estuprar».

Por desafortunada, la reflexión resulta ciertamente significativa. Trotsky tras la Revolución de 1905 anticipó los lineamientos generales de la lucha política que desembocaría en la Revolución de Octubre. Al igual que mencheviques y bolcheviques, reconocía la naturaleza burguesa de la próxima revolución (liquidación de la autocracia y del régimen de servidumbre), pero negaba que la burguesía liberal pudiera jugar un papel progresivo en la lucha contra el zarismo y mucho menos dirigir el gobierno encargado de llevar adelante las tareas democráticas. A su juicio sería el proletariado, con apoyo de los campesinos, el encargado de realizar ese programa, pero al asumir esa responsabilidad radicalizaría el proceso imponiendo medidas de colectivización que abrirían un cauce de transición entre la revolución democrática y las tareas socialistas. Consideraba que producto del desarrollo desigual y combinado que siguen los cursos históricos, los trabajadores de un país atrasado podían llegar a tomar el poder antes que los de un país capitalista desarrollado, aunque arribarían más tarde al socialismo, y anticipaba que el gobierno surgido de la revolución sería un gobierno obrero. Lenin en cambio, descalificando igualmente a la burguesía liberal, subraya el carácter democrático burgués de todo el período, sostenía la fórmula de la dictadura democrática del proletariado y el campesinado y estaba convencido de que las condiciones para la lucha socialista no se configurarían hasta tanto la instauración de la república, las libertades públicas, el reparto de tierras y la supresión de la propiedad latifundista, la norma laboral de ocho horas, etc, se hubieran consolidado. Los mencheviques, a su vez, subrayaban el carácter burgués de la revolución, y deducían de la naturaleza de las tareas la función dirigente de la burguesía en el próximo gobierno provisional, del que no deberían formar parte las corrientes marxistas que integraban la socialdemocracia rusa. En definitiva, la teoría de Trotsky, escrita en 1906 desde la prisión zarista, tras la caída del Soviet de Petersburgo, se confirmó en Octubre de 1917. En abril de ese año, Lenin recién llegado del exilio formuló las conocidas Tesis que al imprimir un viraje decisivo al partido bolchevique lo ubicarían en el terreno de la «revolución permanente», y le abrirían el camino hacia el poder.

Hegemonía y guerra de posición

La descalificación de Gramsci hacia las posiciones de Trotsky y Rosa Luxemburgo resultó tanto o más sugestiva, teniendo en cuenta que consideraba a la Revolución de Octubre como el último de los acontecimientos históricos que se inscribían en los términos de la teoría formulada inicialmente por Marx más de medio siglo antes. Por lo demás, tanto él como Trosky condenaron la política del Tercer Período, y fue éste último junto con Lenin el inspirador de la fórmula del Frente Unico, adoptada en 1921 por el Tercer Congreso de la Internacional. En lo que respecta a Rosa Luxemburgo, la crítica marcó el cambio de perspectiva existente entre el Gramsci antijacobino y el Gramsci leninista. Hasta que sobrevinieron las derrotas de las huelgas insurreccionales de 1920 en Italia, su concepción acerca del papel de los Consejos de fábrica y del partido se aproximaban a las tesis de la revolucionaria polaca.

Perry Anderson sugiere que los cuestionamientos del autor de los Cuadernos a las posiciones de Trotsky y Rosa Luxemburgo, escritos entre 1930 y 1932, iban dirigidos principalmente hacia el viraje ultraizquierdista de la Internacional. Esa línea de ataque frontal tras la derrota del movimiento obrero en Italia y su retroceso en Alemania, condenaba a los trabajadores al aislamiento y establecía una clara oposición con el concepto de hegemonía que Gramsci había desarrollado a partir de 1924 y, particularmente, en sus días en prisión. Desde esta perspectiva la posibilidad de que el proletariado se elevara a la condición de representante del interés general, y no sólo de un particular interés de clase, dependía de una lucha política-ideológica cimentadora de una nueva voluntad colectiva, un bloque histórico integrado por el conjunto de las clases populares. El principio ideológico emergente de la confrontación con el sistema de ideas hasta entonces dominante, expandido como una suerte de religión popular de carácter laico, con su correspondiente concepción del mundo y sus normas para la acción, habría de adquirir según la expresión de Marx, la consistencia de las fuerzas materiales. Se trataba de la construcción de un nuevo terreno ideológico, una reforma intelectual y moral, ya que la hegemonía además de económica es ético-política.

En torno a las posiciones de Gramsci se ha abierto décadas atrás una polémica que aún no está clausurada. En los Cuadernos la noción de hegemonía ocupó distintas posiciones respecto al Estado y a la sociedad civil. Difícilmente podía ocurrir de otro modo. Su autor se había internado en un territorio desconocido, aislado de toda discusión y práctica política por las condiciones carcelarias y, por cierto, no estaba en condiciones de dar soluciones definitivas a los nuevos problemas que planteaba su investigación, sin contar con el hecho de que los Cuadernos eran borradores, en muchos casos notas fragmentarias, a la espera de una redacción definitiva. En Gramsci el término sociedad civil adquirió un alcance más circunscripto que el que le asignó Marx a partir de El Capital: el conjunto de instituciones no estatales, a través de las cuales se entablan y se reproducen las relaciones de una determinada sociedad, pero delimitadas de aquellas propias de la práctica económica. En esta definición la línea de diferenciación es precisa. Sin embargo en ciertos pasajes escribió que «por Estado debe entenderse no sólo el aparato gubernamental, sino también el aparato “privado” de la hegemonía o sociedad civil», o incluso que «en realidad sociedad civil y Estado son una y la misma cosa». Asimismo señaló que entre Estado y sociedad civil existía una relación equilibrada y que la hegemonía se afirmaba tanto en uno como en la otra, aunque con particular gravitación desde el aparato estatal. Pero también en otras notas la hegemonía quedó vinculada a la sociedad civil y la coerción al Estado.

Esta última interpretación es el centro de las críticas de Anderson y de su cuestionamiento a la noción de guerra de posición. Sin embargo, sólo en ciertas aproximaciones de carácter ambiguo, existe en los Cuadernos margen para una lectura reformista del concepto de hegemonía, que Gramsci equiparó a la guerra de posición. En modo alguno esa derivación se desprende de la perspectiva estratégica trazada por el fundador del PCI.

Después de la segunda guerra mundial la socialdemocracia, afianzada como ala izquierda de la burguesía pretendió descubrir en Gramsci la concepción teórica que convalidaba una estrategia reformista. Para eso era necesario equiparar la estructura y el desenvolvimiento de la revolución socialista a las revoluciones burguesas, y el papel del proletariado al de la burguesía en ambos acontecimientos históricos. En las revoluciones de los siglos XVII y XVIII, particularmente en la Revolución Francesa, la hegemonía cultural que la burguesía conquistó a lo largo del Siglo de las Luces, resultó determinante en el desenlace de 1789. Los acontecimientos revolucionarios que terminaron con el viejo régimen fueron precedidos por un cambio de orientación ideológica y moral de una mayoría decisiva de la sociedad, que hizo del desenlace una consecuencia necesaria de la radical modificación que se había producido en el balance de fuerzas políticas y sociales. La equiparación con el desenvolvimiento de las revoluciones en la época histórica del régimen del capital, consiste en suponer que la hegemonía se circunscribe a los límites de la sociedad civil, y que le es posible al proletariado, tras conquistar una posición de consenso político-cultural en los aparatos ideológicos de esa sociedad, y una mayoría en el Parlamento, decidir la transformación de las estructuras del poder estatal. Esto a su vez reposa en el supuesto de que la burguesía gobierna principalmente según el consentimiento que ha despertado entre las masas la gravitación de los diversos aparatos ideológicos privados, centralmente los medios masivos de difusión. En consecuencia, un cambio de fondo en la relación de fuerzas debería comprender, como un capítulo central, la batalla desalienante contra esos aparatos ideológicos, con vistas a conquistar una posición de hegemonía cultural en el seno de la sociedad civil. Sin embargo esta suerte de reforma intelectual y moral, que la burguesía llevó adelante en su época de ascenso antes que la crisis revolucionaria creara las condiciones para la conquista del poder político, tiene para el proletariado un significado diferente en la sociedad capitalista. En este punto la advertencia de Gramsci es pertinente. «¿Puede haber una reforma cultural, es decir la elevación de los estratos deprimidos de la sociedad, sin una precedente reforma económica y un cambio en la posición social y en el mundo económico?», preguntó en los Cuadernos y la respuesta no dejó lugar a dudas: «Una reforma intelectual y moral no pude dejar de estar ligada a un programa de reforma económica, o mejor, el programa de reforma económica es precisamente la manera concreta de presentarse de toda reforma intelectual y moral». Precisamente por su exclusión respecto a los medios de producción ideológica y cultural el proletariado no está en condiciones de alcanzar una posición hegemónica sobre el conjunto de la sociedad antes de alcanzar el poder, sino que la suerte de su empresa dependerá de la capacidad que despliegue para ejercer un papel dirigente en relación al bloque de clases populares. La reforma económica de la que habla Gramsci no es otra cosa que la aplicación de medidas revolucionarias sobre el modo de producción y las relaciones sociales que le corresponden. En los Cuadernos también puede leerse el siguiente párrafo concluyente: «Un grupo social es dominante sobre los grupos enemigos a los que tiende a “liquidar” o a someter mediante la fuerza armada, y es dirigente respecto a los grupos afines o aliados». Una fórmula que alude a la dictadura que el proletariado ejerce sobre las antiguas clases dominantes, y a la destrucción de la maquinaria estatal que convalidaba y garantizaba la subordinación y la explotación de las masas trabajadoras y, al mismo tiempo, a la democracia socialista como práctica emancipadora.

En definitiva, de los Cuadernos es posible extraer una serie de valiosas indicaciones que consideradas, no como suma de fragmentos (en algunos casos contradictorios), sino en su unidad fundamental, avanzan desde la definición que formuló Marx al escribir en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte: «El Estado retícula, controla, regula, supervisa y organiza la sociedad civil desde las más complejas expresiones de su vida hasta sus más insignificantes movimientos, desde sus modos de existencia más generales hasta la vida privada de los individuos»

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