Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

Autocrítica de la Revolución Popular

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 19 julio 2009

Por Jorge Enea Spilimbergo

En el último cuarto de siglo (1930-1955), dos gobiernos populares, el de Yrigoyen y el de Perón, han sido derrocados por la conspiración oligárquica. La semejanza entre ambos acontecimientos es demasiado evidente como para que necesite ser subrayada. En el primer número de “Izquierda” hemos examinado el mecanismo social y político de la caída de Yrigoyen. Aquellas páginas, escritas en 1954 y publicadas un año después, más que intención histórica, tenían el propósito de una advertencia que los acontecimientos de los últimos meses se han encargado de corroborar.

Yrigoyen: impotencia de la pequeño-burguesia para acaudillar la Revolución Nacional

Decíamos entonces que Yrigoyen cayó porque su movimiento fue incapaz de superar las contradicciones que lo frenaban. El presidente radical respetó las palancas fundamentales del poder oligárquico: la propiedad terrateniente del suelo, vinculada al sistema del imperialismo mundial, no perdió la hegemonía política, y a través de ella, su decisiva influencia política. En el terreno político, el estado burgués argentino, consolidado por la oligarquía a partir de 1860 fue mantenido por los gobiernos radicales, no obstante que su estructura neutralizaba los fines de una profunda revolución popular. La reacción conservadora utilizó la división de poderes para hostilizar al presidente con un parlamento hijo del fraude; de la independencia judicial hizo un baluarte oligárquico; otro tanto sucedió con las autonomías provinciales, que, o fueron reductos “situacionistas” o sirvieron para acusar a Yrigoyen de “tirano” cuando éste las allanaba. La “libertad de prensa” (es, decir, la prensa como función de los grandes capitales) fue ampliamente utilizada en la creación del clima político de la revuelta.

Semejante sistema de “garantías” permitió a los conservadores preparar “legalmente” su retorno al poder. A sus, órdenes militó la infiltración oligárquica en el radicalismo (Alvear-Melo) y la izquierda demagógica capitaneada por los socialistas.

La “izquierda cipaya”, peon del frente oligárquico

Es necesario, aunque brevemente, referimos a la táctica de esa “izquierda” servil al imperialismo A ella corresponde buena parte de la responsabilidad por las derrotas sufridas, y bajo otros nombres la vemos actuar en el presente.

Juan B. Justo educó a su partido en la hostilidad a la industrialización argentina. Correlativamente vio en el nacionalismo pequeño-burgués de Yrigoyen una evolución histórica, contra la cual asestó sus golpes. Aconsejó a los obreros (en nombre de un falseado internacionalismo), desentenderse de las luchas generales del pueblo por la independencia económica y el sufragio universal. De este modo, el Partido Socialista separaba a la clase obrera, el sector más combativo de nuestra sociedad, de las grandes corrientes que pugnaban por renovarla. Así descabezadas, estas corrientes no podían sino estancarse en soluciones a medias, pues la experiencia ha probado que la pequeña-burguesía, como clase, es incapaz de una conducta autónoma tanto del proletariado como del imperialismo.

La crisis del yrlgoyenismo

Mientras el movimiento yrigoyenista, como resultado de su incapacidad para reestructurar a fondo la sociedad argentina, daba crecientes muestras de senectud y estancamiento; mientras se disgregaba y corrompía bajo la molicie presupuestaria, Juan B. Justo y sus discípulos se negaban pertinazmente a superar esa primera etapa de la revolución popular argentina, para lo cual era imprescindible integrarse previamente a ella.

En tales condiciones, la victoria oligárquica era una fatalidad. No hay revolución popular que logre mantenerse y consolidar sus conquistas, si no es suplantada a tiempo la conducción burguesa o pequeño-burguesa por la conducción del proletariado, caudillo natural de la nación oprimida por el imperialismo.

Aunque meticulosamente preparado, tanto en el aspecto militar como en el psicológico, el golpe del 6 de septiembre logró el triunfo, no tanto por la fuerza de los conspiradores como por la debilidad del gobierno radical. Los socialistas, repitámoslo, impidieron —al defeccionar como partido obrero— que la crisis fuera superada por la izquierda, y con su ensordecedora gritería coadyuvaron a la creación del clima “golpista”.

Quince años más tarde, el peronismo retomaba las banderas de Yrigoyen, mientras el partido que éste fundara se pasaba con armas y bagajes al nuevo contubernio, La Unión Democrática.

Pero el lapso transcurrido implicó Profundas renovaciones en la estructura económico-social argentina. La industrialización, acelerada por la guerra engendró un vigoroso proletariado que da fisonomía distintiva al período que se abre. Si el yrigoyenismo expresó a la clase media de las primeras décadas del siglo, el peronismo se apoyó sobre un sector social mucho más homogéneo, compacto y revolucionario: el proletariado. Eso no impidió que, al cabo de una década, cayera batido por una nueva conjuración oligárquico-imperialista.

Explicar la derrota es alumbrar el porvenir.

Naturaleza social del peronismo – la burguesia militar contra si misma

Hemos dicho que el peronismo se apoyó en el proletariado argentino. Pero no fue el gobierno del proletariado. En un sentido amplio, el peronismo representó al país en su conjunto, que pugnaba por liberarse del torniquete imperialista. No hay que olvidar, sin embargo, que el país no es un todo homogéneo: se divide en clases cuyos intereses divergen.

La naturaleza social de un gobierno depende de las relaciones de producción que intenta expandir. Bajo la administración peronista se ha vivido una época de intensa acumulación industrial. Este desarrollo, logrado a expensas del imperialismo, trajo consigo el afianzamiento de la propiedad burguesa (individual) de los medios de producción. La antítesis proletariado-burguesía, que caracteriza la moderna sociedad capitalista, se desarrolló considerablemente durante los últimos diez años, pues fue la forma social de la industrialización en ascenso.

Pero el peronismo, aunque afianzó el desarrollo de la producción burguesa, particularmente en su aspecto industrial, nunca logró atraerse al grueso de la burguesía argentina.

En primer término, los industriales temieron chocar abiertamente con Estados Unidos e Inglaterra, por miedo a represalias económicas. En segundo lugar, no -aceptaron que se movilizara al pueblo, única manera de afianzar la política antiimperialista, y mucho menos que parte de lo ganado al capital extranjero se convirtiera en mejores salarios y otras conquistas sociales. No olvidemos, por último, las conexiones de nuestra burguesía con la propiedad terrateniente y el capital internacional, ni su subordinación al mercado yanqui-europeo de medios de producción.

La burguesía industrial argentina, endeble y temerosa, al punto de no haber logrado hasta la fecha constituir un partido político que la represente, prefirió que todo se limitara a un reajuste de las condiciones imperantes durante la década del 30. Postuló su “lugarcito” en la constelación oligárquica, y en pos de ese objetivo militó, en la Unión Democrática, no sólo contra Perón y el pueblo, sino también contra sus propios intereses.

Bonapartismo burgués con bases obreras

De ahí que el peronismo, para cumplir las tareas históricas de una burguesía nacional que se negaba a ser, y militaba contra sí misma, tuviera que apelar a una vasta movilización de las masas, efectuando al proletariado sustanciales concesiones económicas, sindicales y políticas.

Esto confirió al gobierno de Perón un singular carácter bonapartista: para llevar a cabo la política de la burguesía nacional y resistir la formidable presión del imperialismo, tuvo que apoyarse en las masas obreras de la ciudad y el campo, en la pequeña burguesía pobre y en los sectores populares del interior pre-capitalista.

Pero todo bonapartismo, por indirecto que sea su contenido de clase, no lo pierde sin embargo, y el de Perón fue, para decirlo en una fórmula, un bonapartismo nacional-burgués con base obrera y popular.

El freno burocrático

El bonapartismo, que movilizaba las masas para desbaratar la presión imperialista-oligárquica, procuró al mismo tiempo canalizar el impulso del pueblo dentro de los límites de la legalidad burguesa. Ello explica que las formas clásicas del estado burgués argentino fueran mantenidas y aún desarrolladas durante la última década.

De este modo, las empresas nacionalizadas lo fueron sin el control obrero; los planes económicos se trazaron y cumplieron sin la intervención de los sindicatos; la lucha contra el agio no movilizó a los consumidores; la prensa, cerrada a la voz del pueblo, fue el órgano de la burocracia. ¿Pero era capaz la burocracia de cumplir al estilo burgués, es decir, respetando el orden heredado, las tareas de liberación nacional que la clase obrera pugna por cumplir al estilo proletario, o sea, revolucionariamente y no respetando otros límites que los señalados por el interés del pueblo? La respuesta es negativa. Aunque la burocracia no es una clase, su elemento humano se recluta entre la pequeña-burguesía de cuello duro y los técnicos e intelectuales de las clases dominantes. Los, funcionarios apoltronados, las ratas de escritorio, poseen una tradición, un espíritu de cuerpo, una conciencia social, cuyo carácter distintivo es el odio antiobrero, la simpatía hacia el patrón, la rutina sin riesgos, y el servilismo antinacional. De ahí que las cuatro quintas partes de la burocracia peronista haya combinado su amor al presupuesto y a la coima con un rabioso antiperonismo.

La burocracia estrangula a la revolucion popular

Legalizado el régimen por los comicios del 24 de febrero y elecciones posteriores, la burocracia burguesa desplazó al proletariado de la gestión pública directa; mas la sustitución no fue sin consecuencias, pues esa burocracia, lejos de cumplir las tareas impuestas por el proceso revolucionario, se convirtió en correa de transmisión del sabotaje oligárquico contra el gobierno popular. Si el bonapartismo quiso canalizar a las masas mediante el control burocrático estranguló al bonapartismo, determinando, en último análisis, su caída. La revolución popular se detuvo ante el tabú de la legalidad burguesa, y la legalidad burguesa aplastó a la revolución popular en beneficio del imperialismo.

Por segunda vez en la historia argentina, se prueba, al amargo precio de una derrota. Que ninguna revolución de masas puede estabilizarse y consolidar sus conquistas, si no va más allá del simple reajuste de la estructura social y política heredada; si no destruye las viejas formas de Estado y crea otras nuevas, basadas en la democracia directa de las masas, en el control efectivo y diario, en la autoridad suprema de las organizaciones populares.

La ideología nacional-democratica

Una prueba visible de nuestras afirmaciones la suministra la experiencia cultural del peronismo. Ninguna revolución puede afianzarse si no elabora una ideología que explique científicamente sus tradiciones, su dinámica interna y sus perspectivas últimas. La ideología asegura la continuidad del movimiento más allá de los hombres que lo encarnan. Suelda a las masas en un compacto frente y educa sin cesar a nuevos dirigentes para que sean la fiel expresión de las aspiraciones colectivas. Impide, por último, que la conducción política naufrague en el empirismo, en las soluciones de un día para el otro, conforme se presentan los problemas. El bonapartismo no logró elaborar una ideología de la revolución argentina, porque hacerlo hubiera significado poner al desnudo su contradicción esencial de movimiento burgués con apoyo obrero, en un país que, como el nuestro, es el de mayor desarrollo capitalista de toda América Latina.

De este modo, durante mucho tiempo, el sector más reaccionario de cuantos apoyaban al gobierno (los clerical-nacionalistas) tuvieron el virtual monopolio de la cultura (colegios, universidades) e influyeron decisivamente sobre el periodismo.

Cuando a partir de 1954 se quiso salvar esa contradicción, ya era demasiado tarde En torno a la Iglesia se coaligaron las fuerzas imperialistas, que dieron por tierra con el régimen popular. La falta de una clara ideología nacional-democrática impidió explicar ante las masas el sentido trascendente de la lucha. La movilización contra la Iglesia, legítima desde todo punto de vista, y desatada en virtud de iniciativas del clero, no del gobierno, desembocó en desenfadadas provocaciones burocráticas, que en vez de aplastar favorecieron al enemigo.

La propiedad terrateniente

Como hemos dicho, la limitación nacional-burguesa que sufrió el proceso revolucionario, impidió que la oligarquía fuera expropiada como clase. Dueña de sus campos y de sus estancias, conservó intacto el poder económico-político. La nacionalización de la tierra hubiera liquidado una clase totalmente superflua, acelerando de ese modo el proceso de acomodación industrial. Al mismo tiempo, era indispensable esa medida para romper la espina dorsal, la base concreta del frente reaccionario. Pero esta tarea, que pone fin a la forma más parasitaria de propiedad privada, trascendía los objetivos de un régimen cuyo propósito declarado era operar reajustes en el capitalismo argentino, sin alterar en ningún caso su estructura fundamental.

El control obrero de la producción

Del mismo modo, la industrialización, que fue consecuencia de una vigorosa política nacionalista, no estuvo acompañada de transformaciones cualitativas en el régimen de las empresas. Se elevaron salarios; las organizaciones sindicales y la legislación obrera conocieron un auge sin precedentes. Pero estas medidas no bastan, pues el problema esencial es democratizar la producción.

La clase obrera no puede limitarse a producir. Necesita participar en la dirección de las empresas. En caso contrario, toda batalla por la productividad se convierte en una ofensiva para aplastar a los trabajadores, en una lucha por mayores ganancias a costa de menores salarios y jornadas más prolongadas e intensas.

El control obrero de la producción es el primer paso para democratizar la economía, para elevar la productividad poniendo en juego la rica experiencia técnica del proletariado, para mejorar el nivel de los salarios, para consolidar al país frente al imperialismo.

La estructura del capitalismo clásico confiere a los patrones -como un corolario de su derecho de propiedad- el derecho absoluto a la administración de las empresas. La revolución popular debe cruzar el límite de esa estructura tan inhumana como reaccionaria, y dar a los obreros —a través de sus comisiones internas— la participación que les corresponde en el planeamiento y control de la actividad productiva.

Control efectivo de la soberania popular

En su sentido más escueto, el Estado es la organización de la Fuerza como poder autónomo enfrentando a la sociedad. Llegada una etapa de la evolución histórica que coincide con el surgimiento de las clases sociales y del antagonismo entre explotadores y explotados, el armamento colectivo del pueblo cede su lugar a castas diferenciadas que monopolizan los medios de represión y defensa (ejército permanente; policía) en beneficio de los explotadores, para impedir a la mayoría oprimida liberarse del yugo que la aplasta.

Por tal motivo, a lo largo de la historia, toda revolución popular destinada a operar profundas transformaciones en el régimen social, económico y político, se ha planteado como tarea concreta romper el monopolio de la fuerza de que gozan las, clases dominantes y devolver a las masas el derecho a armarse, es decir, a garantizar y hacer efectivo el principio de la soberanía popular, que por su naturaleza es indivisible e indelegable (Rousseau).

Es ésta una necesidad perentoria de toda revolución que ansíe consolidarse. Por tal motivo, las clases dominantes han envuelto el problema de las “fuerzas armadas” en una maraña de prejuicios y mitologías realmente fabulosas. Pero los hechos sociales cortan a machetazos la intrincada red de mentiras. El período de junio a septiembre, que fue de intensa agudización de todos los conflictos, puso a la orden del día la creación de las milicias obreras, como única garantía contra el golpe oligárquico en desarrollo. Es análoga la experiencia boliviana, cuya revolución, al armar a los sindicatos y disolver el ejército permanente, ha podido resistir todas las tentativas de subversión oligárquica.

Por su extracción social, educación y tradiciones, nivel de vida, etc., la casta de oficiales tiende a respaldar el orden establecido y a ver un cataclismo cósmico, el reinado del Anticristo, en todo intento de reestructurar la sociedad en interés de las masas populares.

Conclusión

La presencia de la clase trabajadora en el primer plano de la política argentina es el hecho decisivo de estos últimos diez años y una de sus consecuencias, la liquidación para siempre de la vieja “izquierda” socialista y comunista.

Pero los trabajadores no lograron en ese lapso sacudir el peso de la dirección burocrática, con la que se intentaba someter el movimiento a las conveniencias del capitalismo nacional.

La traición de la burocracia; la falta absoluta de perspectiva histórica de nuestra burguesía; la inexistencia de un partido nacionalista burgués consecuente, prueban que sobre la clase obrera recae la honrosa y dura misión de conducir a las masas pobres y explotadas hasta la liquidación definitiva del bloque terrateniente-imperialista.

El problema de nuestra revolución popular es antes que nada, un problema instrumental. Demoler el antiguo Estado, poner fin al imperio de la burocracia incontrolada e irresponsable, dar a las masas los medios prácticos para imponer su soberanía. Solo así podrá pensarse en la democracia económica, el control obrero, la expropiación de los terratenientes, el capital parasitario y el imperialismo colonizador.

Pero aquel problema se resume en este otro: el del partido revolucionario de los trabajadores. La dolorosa derrota de septiembre impulsará a los cuadros sindicales y políticos del movimiento de masas a investigar sus causas y extraer las necesarias conclusiones. De nada valen en este terreno las efusiones fáciles de quienes pretenden postergar sine die este imperioso balance autocrítico. También el imperialismo transige con los símbolos populares, para estrangular renovaciones que pondrán fin para siempre a su dominación sobre América Latina.

Esta depuración y concentración de las propias fuerzas no excluye -por el contrario, implica- el frente general de lucha con todos aquellos que no crean que la democracia consiste en disolver partidos, vetar candidatos, fraguar elecciones con alternativas análogas, amordazar los sindicatos y entregar el país a la Sociedad Rural y la banca extranjera. No espere nadie la liberación del pueblo sino de la actividad política de las propias masas. Ha pasado el tiempo si alguna vez lo hubo, de confiar en los cuarteles. De uno u otro lado de la frontera, la guerra misma es política, aunque con otras armas. Quien como amigo o enemigo separa al pueblo de la política, contrae una pesada responsabilidad. Mal que les pese a unos y a otros el movimiento de las masas se hará escuchar con toda la voz que tiene, y no necesita de bandos ni de edictos para hacer valer en los hechos lo que por derecho propio le corresponde.

¿Y qué son estas tareas, sino la herencia histórica y la continuación natural de las grandes jornadas del 45, de la revolución yrigoyenista, del federalismo democrático, de la generación libertadora de Moreno, San Martín y Monteagudo?

Honrosa tradición que nos pertenece a los marxistas revolucionarios y a ese pueblo insobornable que otra vez hará de la Argentina ciudadela de los hombres libres en la América del Sur.

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