Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

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Así mataron a Bolívar

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 17 diciembre 2009

Prefiero una derrota a una capitulación.

Bolívar.

Bolívar vagaba como un sonámbulo en medio de los trastos de una casa abandonada: todo a su alrededor le parecía infinitamente alejado de la vida. Cualquier deseo de sus paisanos, cualquier aspiración humana, estaban impregnados de algo rancio; entre los más íntimos y queridos creía ver el doble fondo de la traición y la perfidia. Cada día había la nueva revelación de una ingratitud. Ayer habían sido Páez, Santander, Padilla, Córdoba; ahora Caicedo, Joaquín Mosquera; hasta el propio Urdaneta se mostraba voluble.

Su visión del mundo se ha trastocado. A través del horror de la guerra ha terminado por concebir ideas místicas comparables a las de un Tolstoi y Dostoyevski. Es que abrirse paso a fuego y sangre en un oficio de muerte de casi veinte años, vivir en medio del odio, del crimen y del poder, lo dota de una compleja resignación filosófica o religiosa, lo hace un incurable del martirio, de la soledad.

Muchos de los “revolucionarios” de una parte y otra son vulgares asesinos que por casualidad se han hecho terroristas; tienen el consentimiento de algunos guías para poner en efecto sus asquerosas habilidades. Recuérdese a Carujo con el puñal en la mano, orgulloso de atentar contra el Libertador en 1828, y más tarde gritar al presidente Vargas que el mundo es del hombre valiente, no del inteligente; recuérdese al Congreso de la Nueva Granada-en el año de 1832- declarar al asesinato de Sucre olvidado, un simple delito político. Este medio conforma un infierno especial para afrontar la muerte. Ante este prodigio de desdichas llega a decir Bolívar que hay cierto egoísmo en la pena del que sufre la muerte de un ser querido. El egoísmo de que tal vez no nos siga acompañando en el horrendo calvario de las injusticias humanas.

Los que nos quedamos vivos -le escribe Bolívar a Joaquín Mosquera el 3 de septiembre de 1829- sentimos a los que se van, aunque sabemos que la vida es un mal… el dolor ante la muerte es el efecto maquinal de nuestro instinto, mas la razón me dice que me alegre ante ella, porque la muerte es la cura de nuestros dolores.

Bolívar huye no sabe de qué. Después de renunciar a la presidencia de Bogotá, siente un abismo terrible con lo viviente: No sé a dónde iré -dice en una carta a Gabriel Camacho el 11 de mayo de 1830-; . . . no me iré todavía a Europa hasta no saber en qué para mi pleito, y quizás me iré a Curazao a esperar el resultado, y si no a Jamaica; pues estoy decidido a salir de Colombia, sea lo que fuere en adelante. También estoy decidido a no volver más, ni a servir otra vez a mis ingratos compatriotas. La desesperación sola puede hacerme variar de resolución.

Recuérdese aquella caminata que hace con Posada Gutiérrez, cuando se queda meditabundo con la cabeza sobre el pecho viendo las hermosas extensiones de aquellos paisajes alrededor del río, y dominado por el trance vecino de la disolución exclama: ¡Qué grandeza, que magnificencia! Dios se ve, se siente, se palpa. ¿Cómo puede haber hombres que lo nieguen?

Bolívar había dicho una vez que, como la muerte no se lo llevaba todavía, debía apresurarse a esconder la cabeza entre las tinieblas del olvido y del silencio antes que el granizo de rayos que el cielo hacia vibrar sobre la tierra lo tocara convirtiéndolo en polvo, en ceniza, en nada. Sería demencia de mi parte – añadía- mirar la tempestad y no guarecerme de ella. Bonaparte, Castelreagh, Nápoles. Piamonte, Portugal, España, Morillo, Ballesteros, Iturbide, San Martín, O Higgins, Riva Agüero y Francia, en fin, todo cae derribado, o por la infamia o el infortunio; ¿y yo de pie?, no puede ser, debo caer.

Por otra parte, los políticos de partido desean su muerte porque Bolívar les agua la fiesta: Hay que joder a ese viejo que se interpone en todo. Así al menos se expresaron algunos de los que conspiraron contra él en el fétido atentado de septiembre.

Bolívar había emprendido el largo camino que lo llevará a la costa. Va diciendo de sus conciudadanos: Todo e1 mundo cae en un frenesí de devorarse como antropófagos. Lee los periódicos donde se le denigra y de vez en cuando consulta la lista de los diputados de Cartagena, Santa Marta, Mompox, Pamplona, Barinas, Mérida y Maracaibo. De ellos había dicho, un año antes, que eran más o menos respetables; la nueva situación los ha hecho cambiar bastante. ¿Y cómo no van a cambiar, si son politiqueros a la expectativa sólo de sus intereses personales? Los más viles hacen público no sólo e1 deseo de que a Bolívar se le despoje de todo, dejándole morir como a un perro sarnoso, sino que buscan inspirar en el pueblo un odio desmedido para que lo vejen, lo insulten y se haga con él lo que ya se tiene decidido para con el Mariscal Sucre, su hijo. El gobernador de Maracaibo -por ejemplo-, Juan Antonio Gómez, pide constantemente informes de los pasos de Bolívar, de su salud; quiere hacer un carnaval el día de su muerte.

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