Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

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La última madrugada del dictador Fulgencio Batista

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 2 enero 2010

Por Luis Hernández Serrano

Ante la inminencia de caer en manos de los barbudos comandados por Fidel, hace medio siglo exacto, Fulgencio Batista y sus más allegados secuaces huyeron en desbandada como ladrones en la noche.
Estrepitosamente tuvo lugar el eterno desenlace de todos los dictadores. El arrogante sátrapa, de gestos teatrales, se escapaba al amparo de la madrugada, con la premura de un ratero sorprendido mientras forzaba una ventana. ¡Y a «eso» —dijo la prensa entonces— le llamaban «¡El Hombre!».
Se cumplía una vez más la tesis de que los tiranos se ayudan mutuamente para sostenerse en el poder, y ya en la hora de la debacle, tras una orgía de sangre que duró siete años, volvió la mirada hacia la guarida del déspota Rafael Leónidas Trujillo.

El dictador de República Dominicana tenía que salvarle la vida a tiempo al fiel amigo. Los dos emulaban en cantidad de crímenes: uno ensangrentaba la tierra de Máximo Gómez, y el otro ahogaba en sombras de dolor y crímenes la patria de José Martí.

Como Trujillo y los demás dictadores, el tirano Batista llegó a creer que la república era una finca privada para su disfrute, el de su familia y el de su camarilla.
Hacia allá partió en la madrugada del 1ro. de enero de 1959, a rumiar —en un silencio preñado de soberbia— el escozor que le provocaba la certidumbre de su derrota final.

En desbandada que saturó las primeras planas de todos los periódicos del mundo, se habló de la fuga del envalentonado simulador que presumía de honorable soldado, sin serlo; de valiente, y no lo demostró nunca; de «intelectual» honrado, y era un ladrón. Simuló ser justo, puro, trabajador y noble, pero nuestro pueblo nunca pudo creerle esas falacias.
Una casi impenetrable reserva había protegido la fuga del siniestro mandón, quien en apariencia permanecía sereno, dando órdenes, despachando los asuntos de Gobierno y anunciando planes de futuro.
Alguien se había percatado del envío de los hijos de Batista para el extranjero, el lunes 29 de diciembre, acompañados por el administrador de la Aduana de La Habana, Manuel Pérez Benitoa.

No escaseaban las sospechas. Desde hacía varios días en determinados círculos oficiales y diplomáticos recelaban de un brusco viraje en la situación política nacional, porque además estaban al tanto del empuje de los guerrilleros de la Sierra Maestra que ya estaban en los llanos de Las Villas.
Batista —se sabía— era una fiera en casi todo y más ocultando lo que no le convenía que trascendiera al pueblo. Su partida del Palacio Presidencial la hizo normalmente, sin trasiegos de maletas ni baúles, y se esmeró en tratar de no dejar escapar ni un solo indicio del despelote planificado.
Tal fue su manera de encubrir lo previsto que incluso, para despistar y planificar bien su fechoría, impartió instrucciones a algunos funcionarios de la presidencia sobre la agenda de trabajo con vistas a una reunión que efectuaría el jueves 2 de enero en el propio Palacio.

Ya a esas alturas, el primer ministro Gonzalo Güell y el titular de Trabajo «Pepe» Suárez Rivas, gestionaban con Trujillo al mejor acomodo para la inminente llegada de los fugitivos.

Claro que La Habana se percató enseguida de que algo raro acontecía. Circulaba la bola de que había más de mil muertos en los bombardeos en Santa Clara, que eran «pilotos de Trujillo» y que se notaba un extraño «corre-corre» en Columbia.

El general Eulogio Cantillo Porras, que había traicionado el acuerdo que selló con Fidel en Oriente, entraba y salía varias veces de una de las oficinas en la fortaleza, mientras afuera, en el polígono y los cuarteles, la inquietud cundía en la tropa.

El ajetreo de altos oficiales se podía apreciar fácilmente en la residencia presidencial de Columbia. Un nutrido grupo de jerarcas civiles alternaban sospechosamente con los jefes militares. Los frecuentes apartes del general Cantillo y el dictador sugerían un perfecto arreglo entre ambos, al tiempo que los elementos políticos, desconcertados, cambiaban impre-siones en susurros.

En aquellas singulares vísperas de Año Nuevo se escuchaban de modo insistente los teléfonos. La desconfianza y la alarma invadían el ánimo de muchos prominentes batistianos, y corrían veloces los automóviles con dirección a la principal fortaleza militar del país.

El dictador, en uno de los últimos Consejos de Ministros, extremó su falsa bizarría para ocultar lo mejor posible el terror que le inspiraban los éxitos combativos del Ejército Rebelde:

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Pueblo y ofensiva

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 2 enero 2010

Por Alberto Müller Rojas

No hay dudas que nuestra dirigencia política está preparando al pueblo para el combate ante la amenaza imperial de acciones de guerra contra el Estado. Una posibilidad que si se examina lógicamente no tiene una alta probabilidad. Dentro de la racionalidad estratégica, el costo a pagar sería más alto que los beneficios que se obtendrían.  Las ventajas que se lograrían –el control de los recursos energéticos que simbolizan el poder en la actualidad– no superarían nunca la pérdida de su prestigio ante la opinión pública globalizada.

Esto sin contar el riesgo que le impone al régimen colombiano, su agente regional, que opera dentro de la estrategia imperial del balance del poder en ultramar.  De allí la conducta de ese gobierno de colocar la situación en los términos bilaterales dentro de los cuales nos ha mantenido el Imperio desde la posguerra. Una conducta que nos lleva a invocar como espíritu de la movilización al nacionalismo, antagónico al internacionalismo revolucionario.

Por otra parte, la movilización de recursos físicos para la lucha hoy no requiere de los ejércitos de masas, propios de la modernidad.  Hoy la demanda de la guerra de Cuarta Generación es fundamentalmente tecnológica, para lo cual se inducen pequeños grupos con voluntad de combate (conciencia de sí y para sí), debidamente adiestrados en las técnicas correspondientes. Esto con la conciencia de que hoy las técnicas imponen la estrategia y no al revés. Los desaparecidos “círculos bolivarianos serían un ejemplo de este tipo de acción para la lucha, empero, por una parte, no se puede descartar el uso de formaciones militares “profesionales” (fuerzas de disuasión) para realizar acciones convencionales, mientras, por otra, se tiene que saber que uno u otro tipo de acción no está destinado a ocupar espacios para, desde éstos, imponer su dominio. Están propuestos para conquistar conciencias por el terror, de modo de romper la coherencia que le da unidad a la resistencia. No obstante, sí hay que movilizar al pueblo –no limitándolo al ámbito nacional sino extendiéndolo al conjunto de población que forma parte de los movimientos antiimperialistas a escala planetaria– de la misma forma que el enemigo ha reunido globalmente sus partidarios. Desde luego, este apoyo moral eleva el espíritu militar de nuestros combatientes, lo que no ocurre con nuestros antagonistas, mercenarios reclutados del proletariado.  La élite dominante nunca ha ido al campo de batalla sino para dirigir desde la retaguardia las acciones militares.

La respuesta en nuestro caso no puede ser una reacción directa frente a la hostilidad adversaria. Ello sería una estrategia defensiva, no la ofensiva que impone las relaciones de poder con los adversarios en la actualidad. No necesariamente un ataque contra Venezuela demanda una repuesta localizada, que es lo que justamente espera el atacante. Una acción de esa naturaleza puede responderse con una ofensiva contra el régimen hondureño, que es un objetivo vital para los intereses imperiales, pues, es desde allí que se sostiene el Plan Puebla-Panamá, mira facilitadora del tráfico interoceánico que alimenta el mercado global. Ya en este momento se debiesen estar dando señales de esta intención para contrarrestar la intimidación mental que contra los venezolanos ha iniciado el Imperio, usando como agente la uribocracia colombiana

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