Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

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Carta de la Internacionalista Ana Rosa Sant´Anna Tavares a Fidel Castro

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 21 abril 2010

Querido Fidel:

Nací en el estado de Minas Gerais, en Brasil. Yo tenía apenas unos meses cuando mi madre fue, como miles de personas, a otro estado tratando de buscar la suerte. Fuimos a Sao Paulo, donde viví hasta los 22 años. Mi madre me crío sola. Mi infancia no fue caracterizada por lujos. Vivíamos en un barrio pobre, con una casa que no tenía siquiera un baño dentro de sus interiores. Me acuerdo de haber estado sola en la casa mientras mi mamá, maestra de la enseñanza primaria, salía a cumplir su gloriosa labor de enseñar a los niños. Era, además, nuestra única fuente de ingreso. Crecí compartiendo vivencias con los muchachos y muchachas pobres de mi vecindad. Desde pequeña sentí en carne propia las malezas del irascible sistema capitalista. Vivir en una sociedad dividida en clases es algo insoportable y sencillamente absurdo. Agradezco a mi madre por haber inculcado en mí los valores básicos: honestidad, sinceridad, la cordialidad, etc.

Me hice joven, una adolescente en una ciudad con millones de habitantes. Comencé a trabajar como Promotora Legal Popular en una especie de o­nG que atendía a mujeres víctimas de violencia familiar, violaciones y de todas las barbaridades que el machismo produce. Fueron algunos años en esa labor, escuché miles de historias, los más increíbles absurdos contra las féminas. Trabajábamos con la educación de la mujer y en la atención a las agresiones psicológicas pero, en muchos casos, dimos asistencia médica básica a mujeres que se presentaban ante nosotras golpeadas. Nos reuníamos y charlábamos sobre los derechos de cada una de ellas, de la necesidad de buscar en la policía, de cómo debían protegerse etc. Una labor sin duda necesaria. Pero para aquel entonces era yo apenas una joven que no comprendía el funcionamiento del sistema capitalista y creía que podría existir salvación para los pueblos sin una revolución. Era yo, mi querido Fidel, hija del medio. No tenía acceso alguno a literatura revolucionaria, los medios de comunicación —radio, periódicos, televisión— todos decretando que la historia había llegado a su fin.

Pero siempre miré a Cuba con gran pasión, sentía en esos hombres de verde olivo un encanto inexplicable. Y eso es algo muy interesante, pues pese a no tener acceso a los materiales e informaciones (y cuando tenía era siempre la misma propaganda anticubana) sin embargo sentía esa atracción. Comencé a militar en el Partido de los Trabajadores, el PT donde pude tener alguna información más amplia sobre Cuba. Algunos escritos del Che, algunos discursos tuyos, Fidel… y el fuego de Cuba se encendió en mi alma. Ya era tarde, los medios de comunicación con toda la propaganda no fueron parejos para lo que decía Che Guevara y para lo que decía Fidel Castro. Comencé a profundizar más y más en todo lo que se dijera respecto a Cuba y a su Revolución. Un día, en un acto, supe que existía la oportunidad de venir a Cuba por una beca de estudio. Yo no quise saber si era para estudiar medicina, cine, cortar caña, matemáticas o lo que fuera. Mi intención era venir a Cuba, por Cuba, por la Revolución, por el Pueblo Cubano y por el Socialismo.

Llegué aquí y sólo entonces comencé a darme cuenta de la grandiosidad del proyecto ELAM.
Todo el tiempo del mundo y todos los actos que pudiera realizar —para agradecerte a ti, a tu pueblo y a todos los que dieron la vida para hacer todo el sueño tornarse realidad— serían angustiosamente insuficientes para lograr ese objetivo. Pues no me queda otra cosa que luchar de la misma forma que aprendimos de ustedes. Ése será el agradecimiento, la lucha sin tregua.
Aquí tuve la oportunidad de encontrar el compañero de mi vida, brasileño del proyecto ELAM también, revolucionario y comprometido con la vida por esa Revolución. Tuve la sorpresa de que un día en la ELAM él me comentara que tampoco importaba por qué motivo vendría a Cuba, que lo que sí importaba era venir a Cuba. Alistarse aquí como soldado de esa Revolución. Trabajando con el estetoscopio, con el lápiz o si es necesario con el fusil.

La vida en Cuba me enseñó lecciones que jamás podré olvidar, la valentía del pueblo cubano, la resistencia, el valor de las ideas justas. Todo está claro Comandante, no hay vida fuera de la Revolución.

Me gradué en la ELAM en julio del 2009, estuve en Brasil con mi familia y en enero del 2010 regresé a Cuba donde vine realizar mi especialidad de MGI, seguir aprendiendo de ustedes, no sólo en la medicina. Con el fatídico terremoto en Haití estuve llorando frente al televisor en varias ocasiones (yo creo que sería posible acabar con la sequía en Venezuela si juntáramos mis lágrimas). Entonces, en tu reflexión sobre Haití donde comentaste de un médico chileno que se había unido a la brigada cubana, en ese exacto momento decidí que de una u otra forma debería venir a Haití, juntarme con la brigada cubana para ayudar a ese pueblo con el conocimiento que nos brindó la Revolución. Mi novio y una amiga argentina se dispusieron a venir juntos inmediatamente.

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Los derechos del hombre y la tierra

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 21 abril 2010

Por Eduardo Galeano

o quiero celebrar la fuerza de verdad que irradian las palabras y los silencios que nacen de la comunión humana con la naturaleza. Y no es por casualidad que esta Cumbre de la Madre Tierra se realiza en Bolivia, esta nación de naciones que se está redescubriendo a sí misma al cabo de dos siglos de vida mentida.

Lamentablemente, no podré estar con ustedes. Ojalá se pueda hacer todo lo posible, y lo imposible también, para que la Cumbre de la Madre Tierra sea la primera etapa hacia la expresión colectiva de los pueblos que no dirigen la política mundial, pero la padecen.

Ojalá seamos capaces de llevar adelante estas dos iniciativas del compañero Evo [Morales, presidente de Bolivia], el Tribunal de la Justicia Climática y el Referéndum Mundial contra un sistema de poder fundado en la guerra y el derroche, que desprecia la vida humana y pone bandera de remate a nuestros bienes terrenales.

Ojalá seamos capaces de hablar poco y hacer mucho. Graves daños nos ha hecho, y nos sigue haciendo, la inflación palabraria, que en América Latina es más nociva que la inflación monetaria. Y también, y sobre todo, estamos hartos de la hipocresía de los países ricos, que nos están dejando sin planeta mientras pronuncian pomposos discursos para disimular el secuestro.

Hay quienes dicen que la hipocresía es el impuesto que el vicio paga a la virtud. Otros dicen que la hipocresía es la única prueba de la existencia del infinito. Y el discurserío de la llamada “comunidad internacional”, ese club de banqueros y guerreros, prueba que las dos definiciones son correctas.

Yo quiero celebrar, en cambio, la fuerza de verdad que irradian las palabras y los silencios que nacen de la comunión humana con la naturaleza. Y no es por casualidad que esta Cumbre de la Madre Tierra se realiza en Bolivia, esta nación de naciones que se está redescubriendo a sí misma al cabo de dos siglos de vida mentida.

Bolivia acaba de celebrar los diez años de la victoria popular en la guerra del agua, cuando el pueblo de Cochabamba fue capaz de derrotar a una todopoderosa empresa de California, dueña del agua por obra y gracia de un Gobierno que decía ser boliviano y era muy generoso con lo ajeno.

Esa guerra del agua fue una de las batallas que esta tierra sigue librando en defensa de sus recursos naturales, o sea: en defensa de su identidad con la naturaleza. Bolivia es una de las naciones americanas donde las culturas indígenas han sabido sobrevivir, y esas voces resuenan ahora con más fuerza que nunca, a pesar del largo tiempo de la persecución y del desprecio.

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