Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

¿De qué hablamos cuando decimos bolchevismo?

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 14 julio 2010

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

En muy poco tiempo han aparecido hasta tres grandes ensayos sobre Lenin, el de Jean-Jacques Marie (Lenin, Ed. POSI, Madrid), el de Jean Salem (Lenin y la revolució, Ed. Península, Barcelona, 2010), y el de Philip Pompier (El hermano de Lenin, Ariel, Barcelona, 2010), en este caso más orientado hacia las “grandes revelaciones”, siguiendo cierta orientación comercial de ofrecer 2lo nunca visto2, en el caso, el secreto del judaísmo de la madre, y el papel del hermano, considerado como “determinante” para la “radicalismo” de Lenin…Al margen de las posibles aportaciones historiográficas de este último, me parece evidente que los de Marie y Salem son de otra categoría, y ofrecen una reconstrucción y una reflexión sobre el personaje y sobre el ideario “leninista”, un concepto que en manos de los tribunalistas de la prensa establecida resulta de lo más estúpido, por no decir otras cosas.

Las lecturas de Marie y de Salem pueden ser de la mayor utilidad, bien para repensar lecturas anteriores, bien para una iniciación seria por parte de los jóvenes camaradas que, cuando apenas han puesto n pie en el complejo entramado del activismo revolucionario, se encuentran delante de un mar de conceptos sobre los que grandes debates de interpretación.

Sin duda uno de ellos es el del “bolchevismo”, sobre el que en las líneas siguientes trató de ofrecer una explicación que espero les pueda servir…
Este término, aun cuando se utilice a menudo como sinónimo de leni­nismo, se refiere al movimiento a favor de un partido centralizado y disciplinado para llevar a cabo la revolución socialista según las concepciones marxistas, en tanto que el leninismo es más bien el análisis teórico (teoría y práctica) del desarrollo de la revolución socialista siguiendo los esquemas de Lenin. Sin embargo, sí cualquier principio resulta difícil de concretar en los hechos, tanto más lo sea una hipótesis de que trata de ser un instrumento en una realidad tan compleja y contradictoria como un proceso revolucionario. Lenin no escribió nunca un canon sino una propuesta sobre la cual en su propia biografía se dan diversas rectificaciones e incluso rupturas (1).

Hay un Lenin más “estrecho” que trata de sentar unos presupuestos marxistas que tenían que tener una respuesta para todo, pero hay otro, sobre todo cuando coincide con las crisis revolucionarias de 1905, 1917, con su extensión europea (1918-1921), que trata de situar el “análisis concreto de una realidad concreta” al servicio de un movimiento vivo en el que la iniciativa está en mano de las masas (una revolución es cuando las masas ocupan el escenario de la política, cuando hasta los sectores sociales más atrasados plantean sus exigencias).
Como ya había ocurrido con Marx en la Segunda Internacional, Lenin, el principal fundador de esta tenden­cia política, fue pronto convertido en un manual, y por lo mismo poco conocido cuando no abiertamente deformado. Sus aportaciones en el orden teórico fueron múltiples, y hasta fechas muy recientemente se le citaba como una autoridad a considerar en las cuestiones más diversas. Sin embargo, cuando se habla de “bolchevismo” se habla de él y de sus concepciones sobre la relación entre el partido y las masas.
El “leninismo”, un ismo que mientras Lenin estuvo vivo nunca tuvo una codificación en “principios”, “fundamentos”, etc, fue codificado doctrina del Estado soviético (sin soviets) como un referente primordial tras su muerte para el Estado “soviético”, y también para muchos otros marxistas, tanto es así que el concepto de “bolchevismo” sería aplicado a todas las tentativas de crear una formación disciplinada, así por ejemplo se ha hablado de anarcobolchevismo. Su importancia histórica y su influencia es obvia, el bolchevismo fue algo así como la “palanca” que buscaba Arquímedes para mover el mundo: convirtió la crisis revolucionaria de 1917 en una revolución socialista cuya cadencia todavía resulta más poderosa que muchos acontecimientos recientes. Por el contrario, donde esta palanca no existió, la revolución acabó en tragedia. Hasta Octubre, la discusión resulta relativamente sencilla, sin embargo el “partido” de la revolución se convirtió en partido de Estado cuando, al atraso secular de la madrecita Rusia hubo que añadirle las suma de dos guerras, una mundial y otra civil, de consecuencias devastadoras. A partir de entonces, la discusión se vuelve más agria y problemática.

 

El bolchevismo en el poder sufrió, con una brevedad histórica sin precedentes, un equivalente bárbaro de lo que en la Iglesia se llamaría “constantinización”, o sea en una religión de Estado que funcionaba como expresión del “interés nacional” en la URS, e internacionalmente combinando el referente de la “patria socialista”, y como un movimiento antisistema que demostraba su entrega y eficacia en la lucha contra las dictaduras y los fascismo.

Así pues, sí las dificultades de establecer una evaluación mínimamente objetiva fue creciendo en cada paso (Brest-Listovk, guerra civil, Kronstadt, represión de las otras corrientes socialistas, NEP, ascenso de Stalin, desastres del Komintern, Plan Quinquenal, el gran terror, etc), el enfoque se hace todavía más arduo después de la caída del Muro de Berlín, y de la restauración conservadora cuando Lenin, a pesar de seguir siendo estimado entre los trabajadores y la gente llana en Rusia (2), se había convertido en el epicentro del linchamiento del bolchevismo; el neoliberalismo ya no tenía suficiente con Stalin, la verdad es que tampoco con Lenin, ni siquiera Bernstein les parece fuera de sospecha. Ha transcurrido un siglo desde que el bolchevismo tuvo su año 1, y resulta muy difícil clarificar su significado más de la maraña establecida de toda clase de leyendas, estereotipos o deformaciones. De ahí que no es por casualidad que las luminosas reflexiones sobre el neolenguaje efectuada por Eric Blair (a) Orwell tuvieran como principal punto de referencia la instrumentalizaciones del bolchevismo llevadas a cabo por la burocracia que lo convirtió en algo así como en una religión del Estado que encarnaría hasta su muerte, y cuya “dogmática” podía cambiar de la noche a la mañana en función de las exigencias de la “policía del pensamiento” al servicio del Kremlin que llegaría a convertir la sospecha de la menor disidencia en motivo para las represiones más delirantes.

El bolchevis­mo como tal, nació de una manera imprevista en el Segundo Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSR) en el verano de 1903. A partir de esa fecha, Lenin reconoció la existencia del bolchevismo como “corriente de pensamiento político y como partido político”. El punto de partida fue el debate de la cláusula sobre las reglas internas del partido en el Congre­so, Lenin y sus partidarios forzaron una ruptura con su amigo Yuri Martov, centra­do en las condiciones de pertenencia al POSR, y situándolo por encima de las convergencias existentes en otros puntos como la dictadura del proletariado, los derechos de las nacionalidades o la actitud ante la minoría judía (3). Lenin abogó por una integra­ción partidaria activa y políticamente comprometida, a diferencia de la in­tegración de base sindicalista (trade-unionista; de una aristocracia obrera que defiende sus prerrogativas particulares) y no necesariamente participativa que se daba en otros partidos socialdemócratas de la época, y cuya centralización servía de justificación para la primacía del “aparato”. Como es sabido, el término bolcheviques era equivalente a facción “mayoritaria” (en el interior), proveniente de la palabra rusa bols´hinstvo, en tanto que mencheviques significaba “minoría”, o mens´hinstvo.
No obstante, no sería hasta la Séptima Conferencia (abril) del partido en 1917 cuando el término “bolchevique” apareció oficial­mente en el titulo del POSR (Bolchevique); que desde marzo de 1918 pasaría a llamarse Partido Comunista Ruso (Bolchevique), y en diciembre de 1925, ya después de la muerte de Lenin, se mutaría a Partido Comunista de la Unión Soviética (Bolchevique); desde 1918 “bolchevismo” o “comunismo” han sido igualmente utilizados incorrectamente como sinónimos ya que son muchas las corrientes del socialismo que se reclaman de la finalidad “comunista” (algunos de ellos adversarios del bolchevismo como el anarcomunismo o el consejismo); además, Lenin propuso el término de comunista como una manera de diferenciarse de la socialdemocracia a la que él mismo había pertenecido desde su juventud, pero ahora confundida con el socialpatriotistmo; al referirse al “comunismo”, Lenin evocaba una meta final, y en absoluto una realidad existente, pero normalmente no se tienen en cuenta tan importantes matices.
El término desaparecería del partido “soviético” en 1952, cuando el nombre se cambió definitivamente por el de Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Una vez descompuesto el régimen “soviético”, los comunistas volverían a ser “rusos”. El concepto también se ha utilizado como definitorio del revolucionario/a disciplinado, de fe ciega y capaz de cualquier sacrificio o aberración, según, sin embargo para Lenin el partido era “la unión libre de personas libres” que adquirían un compromiso de “profesionalidad” revolucionaria superior a la del simpatizante, obligado a menos y para el que se crearon estancias o “círculos” más flexibles, que a su vez se apoyaba en el movimiento de masas para tratarle de impulsarle una conciencia de la necesidad y la posibilidad del socialismo; de aquí se deriva igualmente una forma de actuación disciplinada justificada por las exigencias de la lucha contra las dictaduras. Sin esta capacidad el PCE-PSUC no se habría impuesto como “el partido” del antifranquismo mientras que la CNT-FAI y el PSOE caían y se descomponían bajo la represión del régimen.

En la tradición “bolchevique” resulta también subyacente una concepción estrategia política de la que resultaba la activa dedicación militante, consecuencia de la cual se creaba un partido político marxista como “vanguardia” y guía de la clase obrera, una interrelación sobre la cual Lenin escribió cosas bastante diferentes en 1903, en su célebre ¿Qué hacer?, y en 1917; de hecho se puede hablar de dos bolchevismo en esta última fecha, el representado por la “vieja guardia”, y el que está desarrollando Lenin al calor de la revolución. Más que proporcionar el liderazgo en la lucha revolucionaría contra las clases dominantes, Y el partido tiene la misión, a través de la teoría revolucionaria (o sea de la dinámica y finalidad de la revolución) de ofrecerle a las masas un programa que le permita sobrepasar el estadio de crisis social para derrocar el régimen que representa a dichas clases dominantes. Este esquema tiene un trasfondo ilustrado en la historia: cuando las masas se insurreccionan pero no llegan a conquistar el poder, la burguesía liberal o moderada echa mano a los Cavaignac (Francia, 1848), Gallifet (Francia, 1871), Kornilov (o Mussolini, Hitler, Franco, Suharto, Pinochet, etc), para restablecer despiadadamente el orden y legitimarse porque se trataba de “acabar con el comunismo” (4).

En la primera época de la fracción socialdemócrata, Lenin reproduce el esquema elaborado por Kautsky según el cual la conciencia socialista no surge de la espontaneidad de las masas sino que se introduce gracias al partido, en la segunda, Lenin incide más en la idea de una interrelación, el partido viene a ser algo así como la expresión de las exigencias de las masas. El partido bolchevique es como la palanca que hablaba Arquímedes, un instrumento para cambiar una historia en la que las crisis sociales solían acabar con una represión generalizada.

Aunque forjado en la cultura marxista socialdemócrata, el bolchevique es, desde su nacimiento, un partido de un “nuevo tipo”, aunque ya en su momento fue tachado por Martov, Trotsky y Rosa Luxemburgo, en el cual la toma de decisiones se basa en los principios del “centralismo democrático”, otro concepto que ha sido adulterado hasta hacerse irreconocible. En esta “unión libre” las decisiones se toman después de un debate que concluye en un congreso en el que después de optar por una mayoría, se aplica los acuerdos aprobados, obligan a la minoría, aunque como se verá con Stalin este proceso puede ser amañado e invertido de la manera más escandalosa (5). Al revés de lo que ocurrió bajo Stalin en el poder, en tiempos de Lenin, el bolchevismo realizó sucesivos congresos, de los que se ofrece una amplia información en sus escritos más conocidos, en su mayor parte textos que son aportaciones para el debate, en los que les ofrecen argumentos, solo muy raramente se proponen medidas organizativas, de hecho, la mayoría de sus “adversarios” siguieron siendo bolcheviques. La lectura de actas, testimonios, artículos, libros, etc, ofrecen una visión del bolchevismo que contradice los estereotipos. Esto es evidente muy especialmente en 1917, cuando se puede hablar de dos bolchevismos, el representado por Lenin, y el que teorizó Kámenev (con el apoyo de Zinóviev, y de un oscuro Stalin), de ahí que sus actas permanecieran como “tabú” durante décadas (6).

Las mayorías cambiaban, Lenin quedó en minoría en más de una ocasión. A pesar de su vehemencia (se decía que Lenin hacía de los “errores” ajenos un elefante para ponerlos en evidencia), y de su lenguaje lleno de “acritud”, Lenin siempre diferencia entre lo político y lo personal. Nunca permitió una falta de respeto con Plejanov, y mantuvo una alta estima personal por Martov. Estas actitudes se hacen evidentes en sus controversias con el “conciliador” Trotsky, sobre todo porque éste mantenía una influencia en un sector su propia facción abierta a la conciliación como se mostraría en vísperas de la revolución de 1917.
Lenin pensaba en un modelo de organización partidaria adaptado a las condiciones de opresión política de la Rusia zarista, en tanto que los bolcheviques residentes en sociedades más liberales han subrayado con más fuerza el factor democrático. Esto en un principio no se planteó como algo contradictorio, sin ir más lejos, el PC alemán cambió hasta cuatro veces de dirección en un par de años, en los primeros congresos de la internacional abundan las divergencias en los posicionamientos, de hecho en los dos primeros, la mayoría fue de carácter izquierdista, inmediatista, la principal preocupación organizativa entonces fue “cribar” la presencia de equipos socialdemócratas (en el Partido Comunista Francés, por ejemplo).
En su IIº Congreso, en 1921, la Internacional Comunista fue organizada siguiendo las pautas del modelo del partido ruso que se estaba cerrando a consecuencia de las exigencias (y los métodos) de la guerra civil. Fue sobre todo el italiano Amedeo Bordiga y el sector izquierdista el que estableció los famosos veintiún puntos que definían las condi­ciones para la afiliación; luego acontecimientos como los de Kronstadt alejaron a los anarcosindicalistas, así como a otras corrientes socialistas de izquierdas como la de los maximalistas italianos o el luxemburguista Paul Levi. De entonces en adelante el bolche­vismo se convirtió en un movimiento a escala internacional al compás de su propia evolución interna.

Con la muerte de Lenin, y la progresiva ascensión del “leninismo”, y de Stalin en la Rusia soviética, el bolchevismo de antes de la revolución dejó pasó al de después de la guerra, y en su nombre se forjó toda una generación, la llamada “promoción Lenin”, cuya principal característica era su identificación con el Estado. En manos de Stalin-Bujarin, la “bolchevización” significó la reproducción en la internacional de los métodos del “aparato” en la URSS, la uniformización y rusificación, no es casualidad que fue en esta época donde se teorizó y se aplicó la idea de que el “socialismo en un solo país” era posible sí la Internacional dejaba la misión para la que había sido creada para convertirse en un instrumento privilegiado de la política exterior soviética, y este fue el principal factor de su actuación en la huelga general británica de 1926-1927, y en los acontecimientos revolucionarios en China.

La suma de derrotas de la época llevó a los comunistas a asumir que por lo menos les quedaba la URSS, y el “comunismo” o “auténtico bolchevismo” llegó a identificarse con la política de “socialismo nacional” de Stalin: rápida industrialización, aparato estatal centralizado, colectivización de la agricultura, represión de las oposiciones, etc. Esta política fue bien recibida en las cancillerías que percibieron claramente que se trataba de un repliegue nacional de la revolución que tanto temían, y contra la cual establecían la principal razón de ser de su acción política.

Con Stalin se dio un papel determinante, “al puesto de mando”, a la una concepción piramidal en la que la dirección lo era todo y la base nada. A la institucionalización bajo la forma de un Estado consagrado por la revolución y por un partido verticalmente disciplinado, mediante lo cual la burocracia pensaba que establecería las bases económica de un socialismo a través de una in­dustrialización que, durante su asociación con Bujarin, pensaba que se desarrollaría “a paso de tortuga”, pero que a finales de los años veinte, tomaría un trayecto acelerado y voluntarista, entonces al “bolchevique” solo le quedaba aplicar las órdenes emanadas desde la dirección, así se establecía igualmente en la Internacional, la discrepancia era considerada como una traición, y el trotskismo dejó de ser un “menchevismo” para convertirse en la peor traición, entonces llegaron los fusilamientos. En 1936 el “bolchevismo” era el reconocimiento de la consecución de éste objetivo en la URSS, el “triunfo del socialismo” que actuaba como una consolación en un momento en que el capitalismo se descompone con el “crack” financiero, y emerge el fascismo triunfante gracias al desastre del movimiento obrero alemán, víctima de una “guerra civil” entre socialdemócratas y estalinistas. Hacía ya mucho tiempo que Lenin se leía a través de sus interpretaciones escolásticas, cada bandazo estratégico se hacía en nombre de una lectura correcta del “verdadero leninismo”, un método que Dolores Ibárruri dixit, era omnipotente.

Mientras que el “leninismo” estalinista incide en sus aspectos organizativos –la centralización, la eficacia–, y en su carácter de partido-Estado, en la concepción “leninista” desarrollada por Trotsky prima el Lenin de 1917. A veces de una manera pletórica (vean sino sus escritos sobre la crisis social francesa de junio de 1936), otras veces confiando abusivamente en las virtudes del programa y la acción como medios que, por sí mismos, podrían transformar una situación testimonial aceleradamente (como habían hecho los bolcheviques en 1917), unas condiciones objetivas y subjetivas radicalmente adversas, como la catalana-española de 1937, en las que convergen al menos tres obstáculos de signo opuestos a 1917:

–1) la reacción había hecho tabula rasa de toda la democracia, no había lugar para “Kerenskys”;

–2) el movimiento obrero seguía mayoritariamente en sus organizaciones tradicionales;
–3) en nombre del “bolchevismo” se actuaba en contra de una revolución que se estimaba como inoportuna para la alianza “antifascista” que exigía la defensa de la URSS que, además aparecía como el único país realmente comprometido con la República (7).

Por más que el estalinismo consideraba el “bolchevismo” como un movimiento unitario, en su seno se fueron dando diferen­cias antagónicas, algunas de ellas surgidas en el seno del movimiento comunista internacional, sobre todo después de la IIª Guerra Mundial, primero con Tito, luego con Mao, más tarde con el policentrismo de Togliatti, y luego con el eurocomunismo, aunque ninguna de estas opciones se cuestionaron los esquemas primordiales del estalinismo sino que estaban animadas por sus propias exigencias nacionales, contra las que se erigía la potencia soviética, bien como un Estado opresor (Tito), como un aliado prepotente (Mao), o como un modelo que resultaba cada vez más repulsivo, y por lo tanto, un estorbo (eurocomunismo). Durante un tiempo que va desde mediados los años sesenta hasta la caída de la llamada “banda de los Cuatro”, el maoísmo se postuló como un “auténtico leninismo” en oposición al “revisionismo” soviético inaugurado por Jruschev (8)
De hecho, la principales divergencia con el “bolchevismo” oficial se desarrollaría en el seno del PCUS. Y se puede decir que sus iniciadores fueron las diferentes oposiciones, comenzando por la Oposición Obrera que clamaba por el espíritu libertario de 1917 cuando la guerra civil los fue anulando, pero también por el último Lenin (ver artículo de Deutscher), y por supuesto por la Oposición de Izquierdas a lo largo de los años veinte. En este tiempo, la viuda de Lenin, Nadezha Kruspkaya, pudo declarar que, de estar vivo, Lenin estaría en cárcel. A finales de los años veinte, bajo la inspiración de Nikolai Bujarin se desarrolló una nueva oposición, considerada de “derechas” por el trotskismo, que tuvo una presencia en el interior, y que internacionalmente tuvo un peso en corrientes comunistas expulsadas de la Internacional, con grupos más o menos significativos con líderes muy conocidos entonces como el italiano Angelo Tasca, el alemán Heinrich Brandler, los norteamericanos Jay Lovestone y Bertram Wolfe, y sobre todo por el Bloc Obrer i Camperol, de Joaquín Maurín, aunque en los años treinta, ante el ascenso del fascismo, se radicalizaron y acabaron convergiendo en el “Buró de Londres” cuyo principal componente fue el POUM, al que todos apoyaron durante la guerra civil española (9).
El caso del “trotskismo” quizás merezca quizás punto y aparte. La relación entre Lenin y Trotsky es uno de los puntos más controvertidos de la historia soviética. Entre 1903 y 1917, Trotsky fue uno de los críticos más acerbos del “jacobinismo” bolchevique, sí bien coincidió con los bolcheviques en algunos momentos cruciales, durante la revolución de 1905 (junto con Nikolai Krassin, considerado entonces como la “mano derecha” de Lenin en el interior), y en la oposición al socialpatriotismo durante la “Gran Guerra”, recordemos que Trotsky fue el redactor del Manifiesto de Zimmervald que firmaron los bolcheviques, como Lenin, también se manifestó por una Tercera Internacional. En 1917, Trotsky fue considerado como “peor que Lenin”, y la pequeño élite revolucionaria que representaba se integró en el bolchevismo (y no en papeles secundarios, no menos de cuatro de ellos formaron parte del primer gobierno surgido de Octubre).

Desde entonces, dirá Lenin, no hubo mejor bolchevique que él. Este elogio puede interpretarse malévolamente sí se considera la actitud de Trotsky cuando concluye la guerra civil, apostando por ejemplo por la “militarización” de los sindicatos, época en la que aparece como más leninista que Lenin, y de la que data sus peores libros. De esta época datan, Comunismo y terrorismo, Entre el imperialismo y la revolución, en los que acentúa su rechazo a las críticas de Kautsky y la socialdemocracia, y efectúa una defensa incondicional de un gobierno que, en la realidad, ya no está en manos del partido, y que tiende a convertir la necesidad en virtud.

A diferencia del estalinismo, Trotsky, aunque no duda en colocar a Lenin por encima suya, y de aceptar críticas como la de su amigo Joffe que en su célebre carta testamentaria le dice que él tuvo razón la mayoría de las veces en el orden teórico, pero que a la hora de la aplicación le faltó la capacidad de decisión de Lenin, trata a éste de tú a tú, y mantiene su acerbo crítico contra el “bolchevismo” estrecho de los “comitards”. Su énfasis está puesto en el Lenin de antes de la revolución, el de Octubre, y el de sus grandes obras, y no tanto en el hombre de Estado. Para Trotsky la revolución no ha acabado, todo lo contrario, está abierta internacionalmente, y hay que rehacerla en la URSS. Desde este punto de vista escribe sus propias contribuciones a la historia del bolchevismo, y sus propias aportaciones a la biografía de Lenin, y crea una escuela alternativa a la historia oficial del estalinismo que se amplia con lo escrito por sus amigos y discípulos de la Oposición rusa e internacional (de gente como nuestro Andreu Nin), y que se prolongará a través de la obra de Isaac Deutscher, Pierre Broué, y tantos otros.

En el esquema alternativo trotskiano puede observarse la evolución de determinados criterios básicos. Así en una primera fase, Trotsky sigue defendiendo el principio de la hegemonía del partido, al tiempo que reclama una mayor participación de sus miembros y un control más eficaz de la dirección, más tarde aboga por la pluralidad socialista, y por la total independencia del arte y la cultura en relación al Estado. La versión estalinista del bolchevismo se considera primero “deformada”, luego “degenerada”, y finalmente como una aberración, una evaluación sobre la que el trotskismo conocerá ya en tiempos de Trotsky, innumerables controversias y divisiones entre los que se atienen más estrictamente al guión de La revolución traicionada, y los que acaban considerando que hay que ir más lejos.
Estos se expresaron tanto por la derecha (James Burham, que acabará como uno de los “cerebros” de la CIA), bien por la izquierda a través de Socialismo o Barbarie. La IVª Inter­nacional puso el acento en la naturaleza global del capitalismo y la imposibilidad de completar la construcción del “socialismo en un solo país”. Lo que hizo 1917 fue “plantear” la posibilidad revolucionaria, romper el primer eslabón de la cadena imperialista, la Internacional Comunista estaba destinada a crear las condiciones para una revo­lución mundial en un tiempo en el que las clases dirigentes ya estaban advertidas contra el “bolchevismo”.
Finalmente, los comunistas opuestos al bolchevismo formularon críticas fundamen­tales a su doctrina y su práctica, comenzando por Rosa Luxemburgo que, tomando como referencia la propia situación alemana dominada por un partido centralizado por una creciente burocracia y hegemonista que atemperaba al pueblo militante, se opuso en principio a la idea de una organización partidaria centralizada y a la hegemonía del parti­do, argumentando que ello restringía la actividad revolucionaria de la clase obrera; sus ideas tuvieron una notable influencia sobre todo en Alemania y en Polonia (los dos partidos más castigados por la represión estaliniana; el polaco fue prácticamente exterminado en el exilio en la URSS).

En la estela de Rosa Luxemburgo se encuentra la brillante corriente izquierdista o consejista que marcaría el nacimiento (infantil, según Lenin) de los partidos comunistas, y que se expresará luego, mucho más minoritariamente por grupos comunistas, sobre todo en Alemania y Holanda, y que sobrevivirán en el exilio gracias a las actividades teóricas de autores como Karl Korsch, Paul Mattick, Otto Rühle, para reproducirse en buena medida a través de Socialismo o Barbarie, y se confunde, en no poca medida con las críticas desarrolladas desde la tradición anarquista por Emma Goldman, Alexander Berkman, Volin, Diego Fabbri, etc.

De todo esto se desprende algunas cuestiones muy importantes, a saber, que el bolchevismo fue una escuela que trataba de responder a unas situaciones muy concretas, no fue una formula que daba respuesta de antemano. Su principal creador, Lenin, le dio diferentes acentos según los momentos, y no dudó en cambiar su “camisa vieja” (el viejo bolchevismo) cuando la revolución exigió una puesta al día viva ya que las masas se habían puesto a la izquierda del partido. Su utilización ulterior depende más de la historia soviética que de sus propias razones teóricas, que fueron comprendidas de muy diferente manera. Un siglo después de su nacimiento, el bolchevismo es un concepto sobre el cual la discusión sigue abierta, sobre el cual no se puede establecer un veredicto cerrado. Fue una expresión inherente a la propuesta revolucionaria del comunismo en el siglo XX, pero en su aplicación tuvo significados diferentes, incluso opuestos, en su nombre se conmovió el mundo, pero también se justificó una burocracia ignominiosa.

Notas
(1)Durante mucho tiempo se hablaba de Marx y Engels como un todo, sin diferenciar entre ellos, sus diversos momentos, su evolución y sus rectificaciones. En la tradición kaustkyana se evocaba el “marxismo” como un cuerpo doctrinario acabado, algo que sería imposible seguir haciendo cuando se comenzó a conocer más rigurosamente el conjunto de su obra, entonces se empezó ubicar sus aportaciones como algo vivo, susceptible de diferentes interpretaciones. En realidad esto es lo propio con todo gran clásico, y Lenin no fue una excepción, antes al contrario. Durante décadas se habló de un Lenin como un todo, cuya interpretación tenía unas características muy similares a las que había establecido la Iglesia católica con la Biblia. En los años sesenta, esto ya fue haciendo cada vez más difícil, y entre otras cosas se empezó a editar su obra al completo, ofreciendo igualmente la visión de un pensamiento en el que no era difícil distinguir etapas, metamorfosis, rupturas…Y por encima de todo ello, se imponía una nueva concepción: no eran los clásicos los que determinaban la realidad, antes al contrario…Se podía hablar de “clásicos” socialistas por su capacidad de ofrecer hipótesis y propuestas de análisis de acción ante una inabarcable e inconmensurable realidad…

(2)En plena descomposición del régimen soviético, una encuesta (en absoluto sospechosa de infiltración comunista) evidenciaba (y así lo noticiaba la corresponsal de El País, Pilar Bonet), que Lenin seguía manteniendo un prestigio casi inalterable entre la mayoría de la población. Su imagen seguía siendo como aquella .que se popularizó al final de la “primavera de Praga” en un mural que lo describía con lágrimas ante lo que estaba ocurriendo. Esta imagen es plenamente coincidente con el Lenin que se describe en el artículo de Deutscher incluido en el “dossier”.

(3)En la “sovietología” más convencional se atribuye al “bolchevismo” estas opciones como señas de su identidad. Así por ejemplo en el coleccionable sobre la Historia del Comunismo que publicó el diario madrileño El Mundo a finales de los años ochenta, se dice que Martov representaba una socialdemocracia como la alemana, favorable al parlamentarismo, cuando Martov fue redactor de la moción sobre la dictadura del proletariado, y escribió un importante estudio sobre este controvertido concepto. Durante la “Gran Guerra” fue internacionalista, y en 1917 representó una opción muy acorde a la que Zinóviev y Kámenev representaban en el bolchevismo.

(4)La tradición contrarrevolucionaria surgida como reacción a la Ilustración y a la revolución francesa tenía entre sus nombres claves el del general Monk, responsable de la Restauración que concluyó con un golpe de Estado con la República de Cromwell; este “talón de hierro” fue una recomendación que las clases dominantes no dudaron en utilizar contra el movimiento obrero. En 1917, la opción de la derecha no era la democracia sino Kornilov. Con el fascismo esta reacción tiene un carácter exterminados, alcanza también a lo que la reacción considera como “Kerenskys”, o sea como una mera antesala de la revolución; para Franco lo mismo es Azaña que Largo Caballero o Durruti. La historiografía liberal, situada entre los “extremos”, no tiene inconveniente en reconocer las revoluciones cuando son frustradas.

(5)Aunque el “bolchevismo” forma parte “fundamental” del imaginario estalinista, los métodos que le caracterizan tienen mucho más que ver con la tradición zarista, su ideario con el integrismo religioso (la idea de la infabilidad sigue vigente en Roma)…En muchos aspectos son coincidentes con los del fascismo. Sin embargo, el estalinismo tampoco fue un cuerpo granítico, tiene sus tiempos, sus diferencias estamentales, su contraste entre el que está en el poder al que se opone a los poderosos, entre los cínicos y los creyentes. Su historia es la de una tensión permanente entre el vértice y las bases.
(6)La primera edición francesa de las “Actas del Comité Central del POSDR (bolchevique). Agosto de 1917-febrero de 1918, data de 1964. Hay un traducción al castellano titulada Los bolcheviques y la revolución de Octubre (Cuadernos de Pasado y Presente, Buenos Aires, 1972), Durante medio siglo permanecieron como “documentos secretos”, y son una muestra más de cómo la burocracia negaba el significado de 1917.

(7) Fue en el curso de la guerra y la revolución española donde la referencia “bolchevique” tuvo su aplicación (estalinista) más invertida. Después de haber comenzado en 1931 con un “!Abajo la República burguesa¡”, expresión de una fase ultraizquierdista burocrática, el PCE dio un giro de 180º después del VIIº Congreso del Komintern, y limitó su programa político a un Frente Popular antifascista, y no por una convicción táctica como la que pudieron defender sus aliados (desde la derecha socialista a los nacionalistas catalanes; opuestos a cualquier tentativa revolucionaria, sino como traducción de las exigencias de la política exterior soviética que, entre otras cosas, aceptó la política de no-intervención, respeto la política neocolonial francesa, y dividió el enemigo en dos frentes, naturalmente el fascista, y en la llamada “quinta columna”. Los argumentos sobre el “atraso” socioeconómico español eran menos rigurosos que los argüidos por Plejanov en 1917, España estaba mucho más desarrollada que la Rusia zarista…

(8)En esta época, la principal aportación del maoísmo consistió en subrayar el papel de los cambios en la superestructura, independientemente de los de la infraestructura, como necesario para la evolución del socialismo. Antes que considerar los cambios en las relaciones sociales como consecuencia de los cambios en el desarrollo de las fuerzas productivas -tal como recalca el par­tido soviético-, ellos resaltaban la importancia de la creación de relaciones socialistas entre el pueblo incluso antes de que la economía haya alcanzado un alto nivel de maduración. Ilustraban en una visión idílica de la “revolución cultural” tal como era contada por China con la idea de que dichas relaciones debía manifestarse por la participación directa de las masas y en minimizar las diferenciaciones entre los diferentes tipos de obreros y entre los cuadros y las masas… Fue suficiente con la muerte de Mao y la “debâcle” la “banda de los cuatro” para que todo este edificio ideológico se descompusiera.
(9)Una tentativa de revalorizar la personalidad y la aportación de Bujarin como una alternativa tanto del estalinismo como del trotskismo la efectuó Stephen F. Cohen en su obra Bujarin y la revolución bolchevique (), presentada como un anti-Deutscher. La hipótesis fue ampliamente rebatida aunque nadie negó el valor del esfuerzo de Cohen por rescatar del olvido un personaje y una tradición que encontró una compresión muy positiva por sectores ilustrados del eurocomunismo e incluso en el círculo de Manuel Sacristán, autor del prólogo de otro importante trabajo sobre Bujarin,

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