Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

La ética marxista como crítica radical de la ética burguesa

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 27 julio 2010

Por Iñaki Gil de San Vicente

Un colectivo de personas me ha pedido que les envíe un antiguo texto sobre ética de muy difícil acceso en la Red, por no decir imposible. Este colectivo reflexiona sobre cómo luchar contra la creciente marea de irracionalismo y de fundamentalismo cristiano que, activada desde el poder imperialista, busca derrotar definitivamente la conciencia crítica, sea atea o agnóstica, el pensamiento democrático y revolucionario, y cualquier debate creativo que se base en los avances prácticos del método científico-crítico. Aprovechando el desprestigio de la corrupta y podrida Iglesia católica, la extrema derecha occidental no vaticanista pero sí fanáticamente cristiana, multiplica los esfuerzos de todo tipo para volver al oscurantismo reaccionario, a partir del cual justificar la prohibición de derechos elementales como son los del aborto, el divorcio, la sexualidad libre, la educación crítica, el derecho a la libertad de pensar y de decir, etc.; es decir, derechos por los que en su tiempo luchó una parte de la burguesía y que ahora esta clase odia a muerte.

Una reflexión más sistemática que va emergiendo del fondo de problema sostiene que, en realidad, lo que hay que plantear abiertamente es la lucha por otra ética, o mejor, practicar otra ética, sin olvidar las restantes luchas, pero sí conectándolas con la recuperación de una ética radicalmente opuesta a la imperialista. Y es aquí donde algunos miembros de este colectivo se han acordado del texto que ahora rescato de la represión contra la histórica Basque Red Net. Como algunos recordamos, Basque Red Net fue la pág. Wed que más daño hacía a la dominación española sobre Euskal Herria, tanto por la calidad de su estructura interna como la de sus aportes teóricos sobre la lucha de liberación nacional de clase y de sexo-género del Pueblo Vasco, y sobre la lucha revolucionaria mundial por el socialismo y el comunismo. Basque Red Net fue cerrada en marzo de 2004 por la represión internacional, inaugurando una dinámica ascendente que luego se ha generalizado. Ahora, y gracias a los esfuerzos del grupo dinamizador de la Basque Red Net, la familia Aiestaran-De la Cueva, los textos censurados  empiezan a estar de nuevo a disposición internacional.

Sin embargo, todavía no es fácil para algunos acceder al contenido completo, y el colectivo al que me refiero es uno de ellos. El texto que se ofrece a continuación fue editado electrónicamente por Basque Red Net a finales de septiembre de 2002, hace casi ocho años. En marzo de 2004 y de cara a otro debate sobre ética,  se añadió una breve presentación explicativa sobre el origen y la finalidad del texto, y sobre las dificultades que habían impedido su terminación. Desde entonces ha permanecido fuera de la Red, excepto en las últimas semanas gracias a la recuperación de Basque Red Net.

Las páginas que siguen se escribieron en septiembre de 2002, justo un año después de los ataques del 11 de septiembre de 2001 a algunos centros de poder material y simbólico del imperialismo norteamericano. Al margen de que cada día que pasa aumentan las dudas razonables sobre la autoría y la teledirección de los ataques, en el sentido de que se trató de otra práctica de provocación tan frecuente en la historia de los servicios secretos yanquis para crear una legitimidad que avalase y justificase atroces y desproporcionadas agresiones presentadas como “defensa justa”, al margen de esto, lo que sí era cierto en el año transcurrido entre septiembre de 2001 y septiembre de 2002 fue el del inicia de la “guerra contra el eje del mal” y, a la vez, el de la definitiva claudicación de la intelectualidad “progresista” que se arrodilló cobarde y egoístamente a las exigencias del imperialismo.

Sabemos que los planes estratégicos que se pusieron en marcha inmediatamente después del 11 de septiembre estaban diseñados con bastante antelación, y que el clima de histeria y miedo social de masas provocado artificialmente tras el 11-S fue activado según tácticas de guerra psicológica, de manipulación psicopolítica y de marketing del miedo que se venían mejorando desde hace muchas décadas. Sabemos que la islamofobia y el clima de “nueva cruzada” contra el infiel estaban siendo activadas ya desde los gobiernos del presidente Reagan y de Bush, desde la década de 1980 en adelante, sin que Clinton hiciera nada por detener la fanatización irracional del fundamentalismo cristiano en ascenso en la cultura y política oficiales de los EEUU.

Sabemos que la máquina de la mentira, o sea, la industria político-mediática, creó de la nada y sin base verídica ni contrastable alguna el cuento de que Irak era una amenaza mortal para la humanidad ya que disponía de miles de armas de “destrucción masiva” que luego no han aparecido por ninguna parte. Una institución dedicada a descubrir las mentiras de la prensa, había contabilizado hasta comienzos de 2010 nada menos que 935 mentiras sobre Irak dichas por individuos tan cristianos y tan rectos en su moralidad como el presidente Bush, el presidente Aznar, y primer ministro británico T. Blair, y otras muchas personas e instituciones representativas de la civilización occidental.

Según el catecismo católico, mentir es decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar. La intención de engañar es constante en la industria político-mediática, y la mentira es una de las prácticas más comunes en la historia interna de las sectas cristianas y del cristianismo en su conjunto. El cristianismo en sí es una mentira construida mediante la falsificación histórica. Pero esta es la envoltura superficial del problema. La verdadera cuestión a debate no es otra que la unidad y lucha de contrarios irreconciliables que se libra dentro mismo de los conceptos de “verdad” y de “mentira” tomados en su vertiente ético-moral, normativa y valorativa. También existe una unidad y lucha de contrarios entre la verdad y el error dentro del proceso de pensamiento científico-crítico, pero es obvio que existe una diferencia cualitativa entre mentira y error que no podemos exponer ahora. Lo que nos interesa decir es que las 935 mentiras sobre y contra Irak, así como las miles de mentiras sobre y contra Cuba, la Venezuela bolivariana y un casi infinito etcétera, estas mentiras no deben ser denunciadas solamente como parte de la política imperialista, que también, sino a la vez como parte esencial de la ética burguesa.

Queremos decir que existe una continuidad de mentira entre la “verdad” económico-política del imperialismo, la “verdad” de la ética burguesa y la “verdad” actuante en la conciencia alienada de las masas explotadas occidentales que aplauden las atrocidades de sus ejércitos en medio mundo. Y esta “verdad” es a la vez inseparable del criterio cristiano de “justicia”, “virtud”, “bondad”, etc., de modo que existe una ideología totalitaria que encubre la mentira con la “verdad”, una parte de la cual o toda ella ha sido revelada por dios, dicen. El ateísmo marxista, militante y radical, aparece aquí como un componente consustancial a la verdad sociohistórica, pero no es este el sitio para extendernos al respecto porque lo que ahora urge es decir que la ética marxista, atea, sostiene que la verdad es revolucionaria porque también sostiene lo mismo la teoría marxista de la praxis y del conocimiento. La verdad es revolucionaria porque saca a la luz las contradicciones irreconciliables, porque es radical. Es por esto que la verdad es atea, materialista y dialéctica, aunque aparezca bajo ropajes agnósticos y hasta idealistas.

En septiembre de 2002 el problema de la ética era especialmente grave ya que esos entes pasivos y ególatras autodenominados “intelectuales progresistas” se habían plegado sin remordimiento alguno a las histéricas exigencias del imperialismo. Poco después de redactar este escrito, y de la misma forma en que Irak sufrió las mentiras y la “verdad” de la civilización del capital, Cuba padeció una ofensiva propagandística salvaje que llegó a su cúlmen en 2003. La “intelectualidad progresista” terminó de posicionarse activa o pasivamente al lado del imperialismo y en contra de la revolución, en este caso de Cuba, pero también y por extensión en contra de la humanidad explotada. En el Estado español el panorama era todavía peor. La mansedumbre, la docilidad y el servilismo de los “intelectuales” ante las exigencias del poder, no tenía límite alguno.

Fue en estas condiciones en las que se escribió este texto hace casi ocho años. Pienso que ahora, tras la crisis mundial desatada definitivamente en verano de 2007, es todavía más necesario que entonces, y que acabarlo es aún más necesario, pero lo concluiré cuando disponga de más tiempo para ordenar los borradores ya elaborados. Esta crisis está mostrando en su verdadero salvajismo inhumano la esencia cruel de la ética burguesa, de la moral de los empresarios y de la gran banca, de las sectas cristianas y del Vaticano, de civilización del capital en suma. Un ejemplo, las potencias imperialistas y sus ideólogos se esfuerzan por aplastar la demanda mundial que exige que el agua potable sea declarada “bien común de la humanidad”, y por tanto su uso sea un derecho humano elemental. El imperialismo quiere y necesita que el agua potable sea convertida en otra mercancía más, como el mineral de uranio o de litio, ambos vitales para sus ejércitos asesinos, o como las patentes de medicamentos contra el virus de VIH y otras enfermedades contagiosas mortales, recurriendo al supuesto derecho a la propiedad privada. El imperialismo quiere y necesita que las gigantescas reservas de la biodiversidad de la Amazonía, Siberia, selvas asiáticas y africanas, Antártida, etc., sean también declaradas “zonas libres para la explotación industrial”, es decir, zonas privatizadas por el capitalismo que las abandonará una vez arruinadas y esquilmadas hasta la última gota de sus recursos.

Esta exigencia imperialista no tiene únicamente un contenido económico y político, sino también una innegable carga ética, normativa y cultural. La civilización del capital ha ido formando desde el siglo XV una argumentación jurídica y ética según la cual los pueblos “atrasados” y “salvajes” no tienen pleno derecho a los territorios que ocupan, o ningún derecho, porque no los utilizan productivamente, no los emplean para la agricultura y la ganadería, o lo hacen mal debido a su vagancia congénita. Según esta tesis fue el dios judeocristiano el que dijo “creced y multiplicaos, y dominad la tierra”, mandato divino que es a la vez una exigencia ética y moral, religiosa. El ateísmo burgués ya cedió a lo largo del siglo XIX ante esta justificación religiosa de las bestialidades del capitalismo expansivo. Este mismo argumento, disfrazado de laicismo agnóstico y de “tarea civilizadora” fue aceptado por amplios sectores de la socialdemocracia europea, de la II Internacional, y del laborismo británico. Con la excusa de “civilizar” a los “salvajes” éstos han sido exterminados, y los pocos que se salvaron fueron expropiados de todas sus tierras, riquezas y recursos colectivos, comunales. Y lo mismo sucedió en las tierras europeas durante la acumulación originaria del capital, y lo mismo está sucediendo en el presente. La ética burguesa justifica esta atrocidad envolviéndola con la demagogia de la civilización y de los derechos burgueses, que sólo son los de la burguesía. En realidad, el verdadero imperativo categórico kantiano no es otro que el de “¡Producid, producid, malditos!”.

Por todo el mundo, la civilización del capital está lanzada al robo masivo e implacable, sin reparar en medios exterminadores, de los bienes públicos, comunales y colectivos, sean materiales o culturales, físicos o espirituales. El capital necesita abrir nuevas ramas productivas que compensen la lenta acción corrosiva de la ley de la caída tendencial de la tasa media de beneficios, y la burguesía quiere quedarse con todo, desde las tierras hasta los afectos, desde las profundidades abisales hasta los espacios cósmicos. La expansión del capital financiero, verdadero tiburón insaciable, acelera la lógica expropiadora y privatizadora. La ética burguesa es, por tanto, la ética de la propiedad privada, mientras que la ética humana es la de la propiedad colectiva, común, comunalista, la ética del comunismo.

Concluyendo, tras la relectura del texto de 2002 serían muchas las cosas que ahora cambiaría, adaptaría y añadiría, pero debe leerse tal cual se redactó hace ocho años en su primera y única redacción, que se ofrece ahora tal cual la editó Basque Red Net, excepto algunos retoques de forma.                              EUSKAL HERRIA  25-VII-2010

LA ÉTICA MARXISTA COMO CRITICA RADICAL DE LA ÉTICA BURGUESAes un texto del miembro de la RED VASCA ROJA Iñaki Gil de San Vicente (ENLACE A SU CURRICULUM) fechado el 29 de septiembre de 2002. Ya en su primera  página el autor explica que se trata del capítulo 3º de un trabajo más extenso que tiene en elaboración (“CRÍTICA DE LA ÉTICA CAPITALISTA—APUNTES PARA UNA ÉTICA COMUNISTA”) y la razón de la publiciación adelantada de este capítulo

“El burgués es fundamentalmente espiritualista. Y el revolucionario es fundamentalmente materialista. Esta vieja batalla no está cerca de su fin. “No me gustan las personas que gritan: abajo el dinero. Terminan siempre por gritar: abajo el espíritu”, decía Duchesne. He ahí la línea de defensa burguesa. “No me gustan las personas que gritan: viva el espíritu. Terminan siempre por gritar: viva el dinero; por defender, en nombre del espíritu, castas y privilegios”. Es, justamente, la línea de ataque revolucionario. La de Lenin, la de Marx”.

Emmanuel  Berl

 “La muerte de la moral burguesa”

El texto que sigue es la puesta en limpio de uno de los capítulos que están sirviendo como base para un estudio más amplio titulado “CRÍTICA DE LA ÉTICA CAPITALISTA—APUNTES PARA UNA ÉTICA COMUNISTA”, de próxima aparición. Aunque el capítulo que aquí se adelanta, el tercero,  aparece sin su definitivo acabado, cosa que sólo se puede hacer cuando todo el texto esté disponible, sí tiene empero los fundamentales argumentos que estimo imprescindibles. Posiblemente con la redacción completa del texto se le añadan algunas nuevas ideas, pero éstas no anularán las ya expuestas sino, a lo sumo, las desarrollarán. Tampoco en este adelanto aparece la bibliografía expuesta definitivamente, sino sólo los títulos, a la espera del texto completo.

Los capítulos, que están en forma de borrador más o menos perfilados,  son los que aparecen en letra normal, mientras que el captº 3 aparece en negrilla para indicar su caracter casi definitivo:

0.Introducción.

1.La Ética capitalista como ideología de la abstracción-mercancía.

2.La acumulación originaria de la Ética capitalista.

3.La ética marxista como crítica radical de la ética burguesa.

3.1 Contradicciones personales: sencillez y machismo.

3.2 Unidad de objetivos: dialéctica de la diversidad.

3.3 La lucha revolucionaria contra el servilismo y la sumisión.

3.4 Contra la credulidad y por la praxis consciente.

3.5 El comunismo como ascenso del ser-genérico al uomo totale.

3.6 Spartacus: un pasado presente en la revolución actual y futura.

3.7 Solidaridad, odio y amor revolucionario contra odio burgués.

3.8 La duda marxista y la praxis histórica como criterio de verdad

4.La ética socialista como superación transitoria de la Ética capitalista.

5.Apuntes para una Ética comunista.

6.Lecciones para Euskal Herria.

La razón que aducimos para publicar ahora, un poco precipitadamente, este  capítulo tercero sin su definitiva elaboración, no es otra que la urgencia por ampliar y profundizar no tanto un debate teoricista y abstracto sobre la Ética y la moral, cuanto la práctica revolucionaria que asume y defiende la coherencia ético-moral de sus actos.

Es un lugar común afirmar que el marxismo apenas ha teorizado sobre Ética. Por el contrario, pensamos nosotros que, en primer lugar, el marxismo está rebosante de teorizaciones muy concretas y muy profundas sobre Ética, en segundo lugar, además, dichas teorizaciones se basan en una práctica ética y moral impresionante, permanente y sistemática y, en tercer lugar,  las conquistas y avances prácticos logrados por el movimiento revolucionario mundial han hecho infinitamente más en la aplicación práctica de la Ética que las montañas de libros sobre Ética abstracta producidos en serie por el pensamiento burgués. Incluso una obra tan empleada por estudiosos e intelectuales para salir de apuros como es “Diccionario de Ética” de O. Höffe, (ed.) (Critica 1994), sus autores se permiten el lujo de no entrar al debate de si existe o no existe una “ética burguesa” y menos aún una “Ética capitalista”, distinción que se basa, a mi entender, en que la segunda corresponde a la dogmática básica de la Ética sustancial correspondiente al modo de producción capitalista,  mientras que la primera es el conjunto de corrientes, modas y diferencias entre autores burgueses. En el libro citado, se nos habla de ética budista, cristiana, estoica, médica, china y japonesa, hindú, islámica, normativa, teonómica, corporativa, judía, epicúrea, etc., y hasta social, de clase y marxista, pero según este libro, y según otros muchos, no existe ni la étiuca burguesa ni la capitalista.

¿A qué es debida esta radical diferencia entre la crítica burguesa y la práctica marxista? No se trata, en efecto, de un malentendido fácil de resolver  simplemente precisando algunos conceptos y circunstancias históricas. Al contrario. Cuanto más se investiga más nítida aparece la diferencia irreconciliable entre ambos bloques. Cuanto más se agudizan las contradicciones sociales y más fracasos cosecha la política reformista y burguesa, tanto más se acrecienta el abismo entre la Ética capitalista y las prácticas éticas de las masas explotadas. Esto es precisamente lo que ocurre en la actualidad, como ha escrito C. Brandist en “El marxismo y el nuevo ‘giro ético’” (Rebelión 13/I/2001):

“En los últimos diez años aproximadamente, la ética ha vuelto para situarse en la avanzada de la teoría social y cultural. Si en los ’80 el prefijo pos -posmodernismo, posmarxismo- parecía proliferar exponencialmente, ahora “ético” parece haberse vuelto un sufijo que va alcanzando la misma ubicuidad: ética empresaria, bioética, homo-ética, etc. En efecto, los dos fenómenos están conectados, no siendo el segundo sino un desarrollo que sigue la lógica del primero. Mientras los posmodernistas de los ’80 intentaban justificar su retirada de la política colectiva apelando a una pluralidad indefinida de identidades autónomas, en los ’90 esta retirada se transformó en un intento de reemplazar la actividad política con el acto ético”.

Una de las razones por las que ha vuelto la discusión ética a la palestra política reformista no es otra que el perplejo desconcierto de una casta profesional de intelectuales y políticos de universidad ante el conjunto de cambios profundos acaecidos desde mediados de la década de 1971, cuando la crisis capitalista mundial precipitó la furibunda reacción capitalista, denominada neoliberal. La presión burguesa internacional no fue contestada ni por la socialdemocracia ni por el eurocomunismo, y mucho menos por un “socialismo realmente existente” que se precipitaba a su implosión durante toda la década de 1981-90. Durante esos tres lustros, la casta intelectual fue quedándose huérfana de toda protección dogmática. Pero lo peor vendría desde 1991 en adelante, cuando tras la guerra imperialista contra Irak y el triunfalismo burgués, ni el postmodernismo más indiferente y cegato podía seguir negando el aplastante empeoramiento de las condiciones humanas bajo la multiplicación del beneficio capitalista. Tampoco la religión cristiana en general,  y menos aún su versión católica, podía ofrecer calor, luz y seguridad emocional en medio del caos incomprensible. No debe sorprender por tanto que algunos giraran su mirada angustiada hacia la Ética en su forma más abstrusa, bien para justificar la adoración atemorizada de la tecnociencia capitalista, del “Ídolo de silicio”,  como critica M. Shallis (Salvat 1986), y otros muchos autores, o bien caer en la nueva moda irracionalista y esotérica, entre las que pretenden destacar por su supuesta cientificidad el “principio antrópico”, o las “nuevas” relaciones entre razón y fe, como denuncia  R. Alemañ en “Evolución y Creación” (Ariel 1996).

En el Estado español, además de estas razones, también presionaron otras dos típicas de la miseria intelectual de este Estado. Por un lado, la humillante claudicación estratégica  ante el franquismo, no sólo evitando todo esfuerzo de recuperación de la memoria de sus atrocidades inhumanas, mantenidas sin piedad y públicamente incluso después de la muerte del dictador Franco –verdadero asesino múltiple y en serie–, de modo que para mediados de la década de 1981 prácticamente se había impuesto la amnesia colectiva sobre la historia del dolor humano y de la injusticia burguesa en el Estado español; sino sobre todo impidiendo cualquier valoración moral y reflexión ética –con sus inseparables efectos sociales–  sobre el sistema político “democrático” –monarquía–  impuesto por el franquismo y aceptado por la oposición reformista. Esta decisiva crítica ético-política fue saboteada, negada e impedida por el grueso de las fuerzas “democráticas” y por las esencialmente antidemocráticas, como la influyente Iglesia, verdadero poder fáctico reaccionario que siempre hay que tener en cuenta sobre todo en cuestiones éticas y morales.

Por otro lado, sobre la desertización y deforestación de la dignidad humana colectiva, inherente a la “transición política ” y a la “reforma democrática”, medraron rápidamente los arribistas y advenedizos que tras aposentarse en periódicos, editoriales, universidades y fundaciones subvencionadas por la gran banca  –luego pudrirían también a las ONGs–, iniciaron la  fabricación industrializada de moralinas y mercancías éticas de baja calidad y altamente contaminantes y dañinas para la salud humana. Si algo ha caracterizado a los pancistas de la ética del pesebre ha sido la ausencia de toda crítica al poder realmente existente, y el  fervor converso en la denuncia inquisitorial de la oposición a ese poder, sobre todo y con especial inquina racista e irracional, contra la parte del Pueblo Vasco, Euskal Herria, bajo mandato español. Desde mediados de la década de 1991 y en especial desde 1996 con la victoria del PP en Madrid, los pesebreros de la ética se han hundido aún más en la abyección inmoral de la apología del régimen dominante.

Estos  y otros factores explican suficientemente la “vuelta de la ética” de atemorizados intelectuales burgueses y reformistas en un mundo en el que, en apariencia,  el “terrorismo”, el “fundamentalismo”, la “delincuencia social”, las “algaradas callejeras”, la “insolencia obrera”, el “nacionalismo de los pobres”, el “tomarse la justicia por su mano”, etc., son causas todas ellas de la “enfermedad de la civilización”. Más aún, en este marco de incertidumbre básica causada por la quiebra definitiva del orden, se multiplican exponencialmente otros factores de inquietud como son, uno,  los causados por el desarrollismo capitalista en su impacto destructor contra la Naturaleza; dos, las nuevas potencialidades de las fuerzas productivas  y de la tecnociencia convertida en capital constante, especialmente la capacidad de abrir una nueva rama de producción, la de la fabricación vida; y tres, a la vez y como su contrario dialéctico, la terrible capacidad del capitalismo para destruir la vida entera del planeta y no sólo la que él mismo puede fabricar en la irracional carrera por el beneficio máximo. Como advirtieran Marx y Engels en El Manifiesto Comunista:

“Las relaciones burguesas de producción y tráfico, las relaciones burguesas de propiedad, la sociedad burguesa moderna, que ha producido, como por arte de magia, medios de producción y tráfico tan ingentes, se asemeja al hechicero que ya no logra dominar las fuerzas subterráneas que ha conjurado”.

Descubrir las razones que imposibilitan al hechicero dominar las fuerzas subterráneas que ha conjurado; controlar y domeñar el arte de magia que lleva a la humanidad a la destrucción de la Naturaleza y de ella misma, y abrir un nuevo período histórico, esta necesidad de mera supervivencia colectiva, es también una cuestión ético-política de urgente resolución. Pero aquí mismo surge el antagonismo a la hora de practicar la Ética y la moral. La razón es tan simple que se comprende diciendo que ni comunistas ni burgueses pueden ponerse de acuerdo en lo que es la Ética y para qué sirve. Podríamos recurrir a una lista inacabable de textos, autores y experiencias prácticas que así lo demuestran, o simplemente comparar a Kant y su rechazo explícito y tajante del derecho  de resistencia contra la injusticia, con Marx y su permanente reivindicación de ese derecho como necesidad misma practicada recurriendo incluso a la violencia –tema este decisivo al que volveremos en su momento—  pero hemos preferido plantear el tema en su esencia misma, a saber, lo que entienden por Ética los capitalistas y los comunistas.

Hablamos de “apuntes para una Ética comunista” porque, según nuestra interpretación, sólo con la extinción de la ley del valor-trabajo, con la superación histórica del salariado, de la mercancía y del valor de cambio, además del patriarcado y la opresión nacional, sólo entonces dispondrá la especie humana –otra especie humana, desde luego— de condiciones de pensar y practicar una verdadera Ética comunista. No antes. Mientras tanto, debemos y deberemos avanzar en un complejo ético-moral revolucionario alternativo al capitalista, que es el dominante, el que ya existe. En este sentido se puede hablar de una moral del período de transición social, o como dice N. Moreno en “La moral y la actividad revolucionaria” (Edit. Perspectiva, 1988) de “un programa de transición moral”, tema al que volveremos en el siguiente capítulo. No puede haber una Ética comunista plena y acabada dentro de una sociedad capitalista porque la pervivencia de restos de alienación y de restos de los valores, normas, códigos, criterios, etc., creados por varios miles de años de existencia del valor de cambio mercantil, con todo lo que ello supone, lo impiden, simplemente lo impiden. El principio regulador esencial del comunismo: “de cada cual su capacidad, a cada cual según sus necesidades”, es subjetiva y objetivamente inviable en el marco capitalista por razones que no podemos exponer ahora.

Incluso es muy difícil y problemático dentro del capitalismo avanzar y enriquecer una ética socialista –marxista  y/o anarquista, con decisivas aportaciones feministas, ecologistas   –sin entrar ahora en mayores desarrollo que corresponden al capítulo cuarto–  que integre y absorba gracias a la capacidad de inclusión del materialismo histórico a las vitales críticas feministas, ecologistas, de liberación de los pueblos oprimidos, etc.,  porque toda la sociedad burguesa está estructurada para abortar cualquier posibilidad de materialización del principio regulador esencial del socialismo: “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo”. Tengamos en cuenta que el capitalismo es el modo de producción dominante a escala mundial, con los efectos subjetivos que ello acarrea, y que sistemas sociales postcapitalistas y protosocialistas, como Cuba y sus méritos impresionantes en el ámbito material y ético-moral, o sistemas postcapitalistas estancados en su avance liberador o hasta con claras muestras de retroceso al peor capitalismo, como China pese a sus innegables avances progresistas en muchas cuestiones decisivas, se enfrentan a tremendas dificultades no sólo para mantener los niveles de enriquecimiento ético-moral alcanzados, innegables se mire por donde se mire, sino fundamentalmente para siquiera evitar que por el lado contrario crezcan los peores vicios burgueses. Debiéramos recordar aquí, aunque no podemos hacerlo, que una de las prioridades obsesivas de la “perestroika” en la URSS desde mediados de la década de 1981, era la de detener la creciente “podredumbre moral” que se plasmaba en la corrupción, en el alcoholismo, en la indiferencia y en la pasividad, en los robos, en el resurgimiento del peor machismo sexista, etc.

Pues bien, si estas dificultades profundas que no sólo son pervivencias del pasado sino también son creadas por las nuevas, específicas y particulares contradicciones inherentes a los sistemas sociales en transición del capitalismo al socialismo, minan desde dentro los heroicos esfuerzos de estos pueblos, ayudando en algunos casos a su derrota, fracaso y retroceso terrible en la escala del progreso humano –existe el progreso humano, como veremos–, si esto es así, como lo es, en sociedades que gracias a su lucha han logrado dotarse de instrumentos que facilitan implementar medidas sociales básicas para la emancipación humana, ¿qué no sucederá entonces dentro de la bestia burguesa? ¿O será que la especie humana tiene por su propia “animalidad” según la reaccionaria sociobiología neodarwinista, o por su “pecado original” según los cristianos, un “instinto del mal”, un Thanatos o “pulsión de muerte” según una interesada tergiversación autoritaria del segundo Freud, de modo que no tenemos ninguna alternativa de progreso ético-moral que no pase por la eterna lucha contra nuestro “lado oscuro”, lucha en la que necesitamos imperiosamente la protección siempre vigilante y con frecuencia castigadora de una “autoridad superior”, de “dios”, del “líder, guía  y padre del pueblo”, sea monarca, presidente, militar, sacerdote, empresario, profesor, periodista, científico, médico, marido o simple amigo?

Cualquier pregunta, duda o debate sobre moralidad y sobre Ética se enfrenta más temprano que tarde a estas cuestiones. Pero eso es, en realidad, sólo el principio inmediato y muy superficial de un estudio mucho más extenso e intenso, y mucho más profundo, más radical.  El recurso al “pecado original” y/o al “lado oscuro”, por decirlo de alguna forma sintética, es la manera más tramposa y fraudulenta, por tanto ella misma inmoral, de impedir conscientemente que se descubran las egoístas razones materiales que están por debajo de las mistificaciones idealistas sobre “el mal”. No es este el lugar para una historia social del pensamiento humano, pero sí debemos decir que, en Europa, la capacidad humana de pensamiento crítico fue muy severamente reprimida por la auténtica contrarrevolución idealista dirigida por la oligarquía griega. Desde entonces, con altibajos, ascensos y caídas, el problema de la Ética ha girado de un modo u otro alrededor de negar o afirmar que es el “problema de la propiedad” el que estructura interna y genéticamente toda cuestión moral y toda reflexión ética. Cuando no se parte de esta  base, es lógico reducir la Ética a una técnica, como hace E. Guisán en, su por demás interesante texto “Razón y pasión en la ética” (Anthropos 1990):

“En cierto sentido la ética es únicamente, aunque esto no disminuye su importancia, una técnica o método auxiliar de las ciencias sociales, para ayudar a disolver interrogantes y aclarar duda acerca de los objetivos perseguidos,  aunque desde luego, no esté capacidad para dar soluciones definitivas que, por lo demás, tampoco parecen deseables. La ética no sólo ayuda a saber discernir  sino que enseña a dudar razonablemente y a buscar salidas razonables al impasse al cual nos aboca la duda irrestringida”.

¿Qué “salida razonable” puede haber ante la cuestión capital de la propiedad privada de los medios de producción? Un problema  –el problema–  que está en la base de espeluznantes genocidios, masacres, exterminios y sufrimientos humanos apenas imaginables. Un problema  –el problema– que está en la base de la destrucción de la naturaleza por el modo de producción capitalista, y en la base de los efectos incontrolables desde el capitalismo de la evolución de la tecnociencia burguesa. La solución del problema  no es otra que pensar y sobre todo practicar  una racionalidad cualitativamente diferente a la que encadena a la autora que citamos. Hablamos de la racionalidad revolucionaria, comunista, que ya estaba en embrión, como veremos, en las primeras luchas de las masas explotadas. Esa respuesta nos lleva, como es obvio, al debate sobre “las ciencias sociales” y sus relaciones con/contra el marxismo, debate en el que no podemos entrar pero que palpita en el interior de cada palabra de este texto. 

Un problema que puede y debe solucionarse optando prácticamente entre dos corrientes antagónicamente enfrentadas. Por un lado, la corriente sistemáticamente aplastada, reprimida y perseguida, que se ha manifestado con muchas  dificultades –¿quién no tiene miedo a la tortura?–  pero que ha logrado mal que bien dejar un rastro tenue y débil pero perceptible cuando otros lo recuperan y comunican a los demás, de una concepción humana en la que desaparezca la propiedad privada de los medios de producción. Por otro lado, la corriente oficial, la del poder, la dominante, la que ha dispuesto de todos los instrumentos de dominación material y simbólica para defender la propiedad; corriente  que por necesidad ontológica, epistemológica y axiológica dentro del encuadre histórico que analizamos, el determinado por la escisión social impuesta por la propiedad, es objetiva y subjetivamente inhumana. Por último, entre ambos extremos, múltiples interpretaciones idealista, agnósticas, ateas y materialistas que según sus marcos sociohistóricos mezclan contradictoriamente en dosis diferentes partes de uno y otro extremo. Incluso hay clamorosos retrocesos reaccionarios, como es el caso de Agnes Heller  en “Ética general” (CEC 1995) que retrocede de un Marx aprendido en las universidades burocráticas de la Europa del Este, el “socialismo real” (sic), a mezcolanza en la que Weber se entremezcla con Durkheim, Luhmann y otros burgueses.

Solamente con el marxismo se llegó al punto de salto teórico cualitativo en la praxis ético-moral de las masas en su lucha emancipadora. Sin profundizar ahora, ya en un texto decisivo en la evolución praxística como es el “Manifiesto del Partido Comunista” de 1848 de Marx y Engels, pese a sus todavía vacíos en aspectos importantes de la crítica de la economía política burguesa,  podemos leer que:

“Los comunistas apoyan por doquier cualquier movimiento revolucionario contra las condiciones sociales y políticas imperantes. En todos estos movimientos destacan el problema de la propiedad, cualquiera que sea la forma más o menos desarrollada que pueda haber adoptado, como el problema fundamental del movimiento”.

Una de las muchas impresiones que causa el “Manifiesto…” es la sorprendente dialéctica interna entre una condena ético-moral implacable de la civilización burguesa pese al reconocimiento de sus logros, y unas propuestas concretas y prácticas para desarrollar por las masas trabajadoras, propuestas silenciadas u olvidadas significativamente por la mayoría de los comentaristas. Se condena sin piedad y sin pelos en la lengua, pero simultáneamente, a la vez, inserta en esa misma praxis como componente esencial suyo, se presentan alternativas materiales, sociales, destinadas a superar el orden de cosas existente. Dialéctica ético-política y socioeconómica.

Esta característica propia del marxismo fue desarrollada durante años, aunque siempre de forma fragmentada. No existe una obra explícitamente dedicada a Ética entre la amplia bibliografía de ambos amigos, aunque sí existe una permanente presencia de denuncia de la Ética capitalista y una muy frecuente exposición  concreta pero limitada a aspectos particulares de la ética marx-engelsiana. Quiere esto decir que, al igual que ocurre con la crítica de la economía política burguesa, en donde prima muy abrumadoramente la crítica radical antes que el estudio positivo de cómo serán el socialismo y el comunismo, exactamente  igual sucede con la crítica de la Ética capitalista, que es pasada a cuchillo desde las primeras letras escritas por ambos revolucionarios, mientras que apenas está expuesta la base positiva sobre la que puede elevarse la Ética comunista. Posiblemente esta es una de las causas por las que el marxismo haya teorizado tan poco el problema de la Ética, porque, con razón es antes que nada una práctica ético-política en la que lo político integra a lo ético en la acción misma. Pero hay otros factores, de entre los que destacamos, además de los efectos del reformismo socialdemócrata y del stalinismo, también la propia capacidad de integración de la burguesía, que ha absorbido a muchos intelectuales marxistas.

  De este modo, relacionando esas y otras causas, podemos comprender que incluso autores como F. Fernández-Buey cocine una sopa tan insabora e insípida, llena de tópicos que nunca hincan el diente en los problemas cruciales, como su “Ética y filosofía política” (SGU, Bellaterra 2000). En las paginas que siguen en este capítulo analizaremos muy someramente algunos de estos fragmentos decisivos por su calidad. También podemos comprender que otros autores sigan alegremente la moda burguesa de hablar de socioeconomía sin citar para nada el capitalismo o citándolo poco y sin ningún contenido real, y en el plano de la ética, plantear que con los cambios tecnológicos actuales  –producidos conscientemente  bajo los impulsos irracionales y compulsivos del máximo beneficio capitalista–  los que fuerzan los cambios éticos. N. Bilbeny en “La revolución en la ética” (Anagrama 1997) es un ejemplo paradigmático de esta tendencia al retroceso teórico recubierto con palabrería tecnicista, retroceso que ya fue santificado en el plano de “las ciencias sociales” por A. Touraine y su sociedad post-industrial y posteriormente ha sido repetido por el saber oficial para negar el agravamiento de las contradicciones capitalistas a escala mundial. El autor que citamos parece que escribe dentro de una campana de cristal, en la que la ética no tiene ninguna relación con el sufrimiento de las masas y sí mucho con un neokantismo modernizado por la tecnociencia capitalista. Por no extendernos, incluso una obra clásica como la de A. MacIntyre “Historia de la Ética” ( Paidos 1982) no logra engarzar esa historia con la historia social en su sentido pleno, el de la lucha entre explotadores y masas explotadas. 

Inmediatamente el lector se dará cuenta de la estrecha relación entre los temas que vamos a trabajar. No se trata de una repetición sino de una característica del marxismo en todo, pero especialmente en la problemática ético-moral. En todo porque, desde el método marxista de la permanente interacción dialéctica de las contradicciones, sometidas a una lógica de prioridades que ahora no podemos explicar, desde este método, siempre existe una tensión creativa entre el análisis concreto de la realidad concreta y la síntesis totalizante superior, de manera que muy frecuentemente parece que los problemas se repiten unos en otros, aunque lo que ocurre es que salen a la superficie sus relaciones mutuas, sus interpenetraciones y sus contradicciones, aunque luego el método de exposición permita dejar en claro la jerarquía del análisis, su prioridad expositiva en ese momento, etcétera.  Si la realidad social es ya suficientemente compleja, y asciende en su complejidad, todo lo relacionado con lo ético-moral siempre se presenta más enrevesado por su propia naturaleza abstracta y metafísica hasta que no se descubran las razones materiales y sociales del antagonismo ético entre la minoría explotadora y la mayoría explotada.

Hasta sacar al descubierto ese antagonismo de base material y sus efectos ideológicos, todo parece un caos, un agujero negro que absorbe los gigantescos pero inútiles esfuerzos de la filosofía dominante desde Aristóteles hasta ahora. Para salir de ese pantano, se presentan dos alternativas, recurrir a una lectura individual de los sucesivos investigadores del problema, manteniendo el error metodológico de individualización del análisis, y, otra, intentar bucear hasta las causas materiales del antagonismo ético. Por la primera vía sólo se logrará un pequeño y superficial orden que no resuelva el caos metafísico de la palabrería ética al uso. Por la segunda vía, consistente en bucear hasta la raíz histórica, se va logrando lenta y costosamente poner un cierto orden interno, venciendo al caos y sacando a la luz su racionalidad y su ley interna. Esta es la tarea y el mérito del marxismo, y aunque ello exige que al comienzo del estudio muchas cosas aparezcan tan entremezcladas que parecen revueltas, esta sensación va superándose paulatinamente hasta descubrir que su estructura interna, su problema, siguiendo aquí a K. Kosik  en “Dialéctica de la moral y moral de la dialéctica” (El Hombre Nuevo, Mtz. Roca 1969), se resuelve resolviendo la contradicción entre la práctica divinizada y fetichista, y la humanizada y revolucionaria, la praxis revolucionaria.

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Una respuesta to “La ética marxista como crítica radical de la ética burguesa”

  1. Rodolfo Plata said

    DEJEMOS ATRÁS EL OSCURANTISMO MEDIEVAL DONDE LA FILOSOFÍA ESTABA SOMETIDA A LA TEOLOGÍA, LA RAZÓN A LA FE, LA CIENCIA A LA REVELACIÓN, Y EL ESTADO A LA IGLESIA:

    LOS VALORES SUPREMOS DE LA TRASCENDENCIA HUMANA Y LA SOCIEDAD PERFECTA, DEBEN ORIENTAR LOS OBJETIVOS DEL CURRÍCULO ESCOLAR LAICO A FIN DE ALCANZAR LA SUPRA HUMANIDAD__ La relación entre la fe y la razón, la religión, la ciencia y la educación, se enmarca en el fenómeno espiritual de la trasformación humana abordado por la doctrina y la teoría de la trascendencia humana: conceptualizada por la sabiduría védica, instruida por Buda e ilustrada por Cristo; la cual concuerda con los planteamientos de la filosofía clásica y moderna, y las conclusiones comparables de la ciencia (psicología, psicoterapia, logoterápia, desarrollo humano, etc.)__La paideia griega tenía como propósito educar a la juventud en la virtud (desarrollo de la espiritualidad), la sabiduría (cuidado de la verdad, estudiando la física, la lógica y la axiología), el físico culturismo (cuidado del cuerpo y la salud), mediante la práctica continua de ejercicios físicos y espirituales (cultivo de sí), a efecto de prevenir y curar las enfermedades del cuerpo y el alma; la oratoria y la retórica para intervenir en la administración y gobierno de las polis, a efecto de alcanzar la sociedad perfecta. El educador, utilizando el discurso filosófico y la discusión de casos y ejemplos prácticos, más que informar trataba de inducir transformaciones buenas y convenientes para si mismo y la sociedad, motivando a los jóvenes a practicar las virtudes opuestas a los defectos encontrados en el fondo del alma, a efecto de adquirir el perfil de humanidad perfecta (cero defectos) __La vida, ejemplo y enseñanzas de Cristo coincide cien por ciento con el currículo y objetivo de la filosofía griega. Y por su autentico valor pedagógico, el apóstol Felipe introdujo en los ejercicios espirituales la paideia de Cristo (posteriormente enriquecida por San Basilio, San Gregorio, San Agustín y San Clemente de Alejandría, con el pensamiento de los filósofos greco romanos: Aristóteles, Cicerón, Diógenes, Isócrates, Platón, Séneca, Sócrates, Marco Aurelio,,,), a fin de alcanzar la trascendencia humana (patente en Cristo) y la sociedad perfecta (Reino de Dios). Meta que no se ha logrado debido a que la mitología del Antiguo Testamento, al apartar la fe de la razón, castra mentalmente a sus seguidores extraviándolos hacia la ecumene abrahámica que conduce al precipicio de la perdición eterna (muerte espiritual)__ Es tiempo de rectificar retomando la paideia griega de Cristo, separando de nuestra fe el Antiguo Testamento y su teología fantástica que han impedido a los pueblos cristianos alcanzar la supra humanidad. Pierre Hadot: Ejercicios Espirituales y Filosofía Antigua. Editorial Siruela. http://www.scribd.com/doc/33094675/BREVE-JUICIO-SUMARIO-AL-JUDEO-CRISTIANISMO-EN-DEFENSA-DEL-ESTADO-LA-IGLESIA-Y-LA-SOCIEDAD

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