Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

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Julio Verne el más desconocido de los hombres (SE ANEXAN LIBROS Y VIDEOS PARA DESCARGAR)

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 8 febrero 2011

                                                                Un escrito pensando en la bella poeta Daniela Moreno Urdaneta 

                                                                   

  Infancia y juventud (1828 – 1847)

 

Una ciudad portuaria

 

 Nantes, es una ciudad francesa de origen bretón, que a inicios del siglo XIX, era uno de los más importantes puertos de Francia; en sus muelles atracaban goletas y bergantines dedicados al tráfico de tejidos y especias con las colonias galas de América Central. Pero el comercio también enseñaba allí su otra cara: el rigor de los libros mayores, la rutina disciplinada de las oficinas de embarque, la gravedad de las transacciones bancarias, en otras palabras, el orden. Los comerciantes coloniales de Nantes se enriquecieron a tal punto, que se convirtieron en dueños de veleros sobre el río Loira y de viviendas en las Antillas. Su opulencia era casi fabulosa, y las gentes del puerto les llamaban «plantadores de Santo Domingo», cuyas cuantiosas fortunas se habían cimentado básicamente sobre el trabajo, el sudor y la muerte de sus esclavos negros en las plantaciones de caña de azúcar.

 

Una isla en medio de un río

 

 En 1723, ochenta de estos comerciantes se dispusieron a adquirir un islote arenoso prácticamente deshabitado, enclavado en el río Loira cerca de su desembocadura al mar Atlántico, en pleno corazón de la ciudad. Su único habitante el molinero Grognart, protestó y así obtuvo un buen precio por su molino. Feydeau de Brou, intendente de Bretaña, ratificó el acta de cesión y bautizó la isla con su nombre. Luego que, por medio de pilotes y de un piso de maderas exóticas, creyeron fijar para siempre este suelo aluvionario, los compradores levantaron, para su único uso, ochenta lujosas casas, repartidas en ocho bloques regulares, a lo largo de una calle central, la calle Kervegan. Estas moradas, a las cuales el desnivel de su subsuelo acuático ha hecho perder la vertical, se ornaron de balcones labrados, cariátides de estilo clásico y local, tapicerías y otras maravillas.

Los grandes hombres de negocios, vivían exclusivamente entre ellos en aquella especie de ciudad privada. En las noches de verano se les veía ir y venir en el jardín triangular de aquella Pequeña Holanda, conversando de sus negocios, de la blanca azúcar y de los bosques de ébano, bajo los balcones del voluptuoso marqués de la Villestreux, supremo potentado de la isla. Las guerras napoleónicas, el derrumbe de la Compañía de Indias, el Tratado de París, la rebelión de los negros que daría origen a Haití, y la abolición de la esclavitud, arruinaron y dispersaron a los plantadores de Santo Domingo. La isla Feydeau se vio, poco a poco, abandonada por sus primeros dueños. Las crecidas del río Loira obligaron a levantar el nivel del suelo, mientras que las antes señoriales banquetas comenzaron a poblarse de puestos populares. Más tarde, los nuevos habitantes, ansiosos de amueblarse al gusto del día, vendían las reliquias del gran pasado. Las casas, los muebles y las demás riquezas pasaron a manos de los miembros de las profesiones liberales. En la actualidad, la isla Feydeau, víctima del urbanismo, ha desaparecido, a causa de las constantes crecidas del río Loira y a la naturaleza precaria de su suelo.

 

Nacimiento

 

 En el otoño de 1825, en la época en que la isla Feydeau se mantenía aún anclada como un barco al Loira como si se dispusiera a zarpar de un momento a otro, un joven abogado, procedente de la ciudad de Provins, se convirtía en un habitante de aquel distrito insular. Su nombre era Pierre Verne. Había realizado sus estudios de leyes en París y con el fruto de sus ahorros acababa de comprar el bufete de abogado del maestro Paqueteau. Por aquel entonces quedó prendado de una paseante encantandora de la isla, a la cual pidió volver a ver. Desde ese momento ambos corazones se aproximaron y no se alejarían ya. Dos años después, el 19 de febrero de 1827, contrae matrimonio con aquella joven: Sophie Nanine Henriette Allotte de la Fuÿe, descendiente de una familia de origen bretón y escocés, compuesta por marineros y gente de letras.

Los registros del Ayuntamiento de Nantes y los de la Parroquia de Santa Cruz mencionan que: «Pierre Verne, hijo de Gabriel Verne, juez de Provins, y de la señora Masthie Prévost, se casó con Sophie, hija de Jean Louis Augustin Allotte de la Fuÿe y de la señora Marie-Sophie Adélaïde Guillochet de la Perrière domiciliada, como sus padres, en la calle Olivier-de-Clisson, isla Feydeau». Por los escasos medios económicos del joven abogado, el nuevo matrimonio burgués, debió de instalarse en la casa de los padres de Sophie, en la isla Feydeau. En esta isla urbana, nacería el 8 de febrero de 1828, el primer hijo de esta unión, al cual le dieron el nombre de Jules, Julio, por recomendación de su abuelo paterno Gabriel, quien hizo un largo viaje desde Provins, donde era magistrado, hasta Nantes, para asistir al día del bautizo de su nieto. Aquel día, Pierre Verne anunció que su hijo sería también abogado, y que se haría cargo de su bufete cuando él muriese.

El nacimiento del niño en la casa de la abuela materna, decidió a los padres de Julio, buscar un nuevo hogar, instalándose ahora en el número 2 del muelle Bart, muy cerca del despacho del flamante y ambicioso procurador Pierre Verne. Después del nacimiento de Julio, le seguirán el de Paul en 1829, Anna en 1836, Mathilde en 1839 y Marie en 1842, quedando así conformada la familia Verne, por los padres, dos hermanos y tres hermanas.[1]

El origen de los Verne y de los Allotte

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La tumba de Lenin

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 8 febrero 2011

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

En vida de los grandes revolucionarios, las clases opresoras les someten a constantes persecuciones, acogen sus doctrinas con la rabia más salvaje, con el odio más furioso, con la campaña más desenfrenada de mentiras y calumnias. Después de su muerte, se intenta convertirlos en iconos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así, rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para “consolar” y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola.

Una de las imágenes más patéticas en lo que la izquierda se refiere, es la de lau utilización de una cita de autoridad siguiendo las pautas de la “consagración” que la Iglesia había hecho con sus autoridades. Primero porque no existe tal autoridad, en el mejor de los casos pueden ser unas palabras que tienen una cierta autoridad por lo que dicen, y por quien las dices, pero de ninguna manera pueden sentar cátedra ante una realidad que lo es, no puede ser, la misma…Segundo, porque entonces se confiere a la autoridad un título que, en una cultura crítica, no puede quedar por encima del tiempo y del espacio. Y lo que es más importante, porque en buena parte de los casos, el que emplea la cita trata de apoderarse de dicha autoridad. Quiere hablar en nombre de…
Esto ha ocurrido con muchos grandes personajes, de hecho con todos, pero seguramente con ninguna ha llegado a los extremos que se ha llegado con Vladimir Illich Ulianov alias Lenin que se murió sin saber que había fundado una dogmática llamada “leninismo”.
Lenin, como cualquier otra personalidad, por ejemplo, Marx o Rosa Luxemburgo, conoció una evolución personal creativa en la que se pueden distinguir diversas etapas.

Los que lo citan sin cronología perpetran una distorsión de su pensamiento, y esto se suele hacer muy a menudo. Se evoca al Lenin del ¿Qué hacer?, profundamente influenciado por el Karl Kautsky de la época, como sí se hubiera quedado ahí. Aquel “bolchevique” no había roto definitivamente con los mencheviques, entre otras cosas porque estos también conocerán sus diferencias, y sus “saltos”. Hasta 1914, Lenin se sentirá parte “natural” de la internacional, y no será hasta entonces que descubrirá sus diferencias con Kautsky, incluyendo las metodológicas. Es el Lenin del estudio del imperialismo –apoyándose en obras de Rosa y de Hobson-, el que “redescubre” a Hegel –hay que leer sus “Cuadernos” sobre Hegel-, también es el que cree que su generación “quizás” no vea la revolución, y el que cuando esta estalla el 8 de marzo de 1917, se enfrenta con las “tradiciones” de su propio partido.

Desde 1903 hasta su muerte, Lenin discute con toda la izquierda incluyendo las diversas alas y sensibilidades de su partido, y lo hace como uno más. Es un tipo que se entera que hay unos obreros bolcheviques que discrepan con lo que dice, y va hasta la fábrica y se pone a discutir con ello.
En toda su prolija obra hay el menor asomo de autoridad, cuando cita a Marx o engels (también lo hace con los clásicos de la literatura y con otros pensadores), lo hace tratando de “contrastar” lo que dijeron con la nueva situación, las citas jamás “cuelgan” como argumentos de autoridad, como diciendo mira lo que dijo Marx así es que calla…No hay el menor asomo de vanagloria, antes al contrario, se manifiesta reacio a cualquier tipo de homenaje o de reconocimiento. En una de las sesiones de los soviets –en los que, conviene no olvidarlo-, participaban todas las corrientes y grupos, incluso durante la guerra civil o sea cuando todo pendía de un hilo, se cuenta que cuando uno de los líderes eseristas (socialistas revolucionarios) comenzó a lanzar elogios sobre él, Lenin se acercó malhumorado a los suyos, y les comentó: “! Todavía siguen con las mismas calumnias¡”.

Anotemos que a lo largo de su obra, abundan las autocríticas, sobre todo en los últimos años. De ahí que no fuese hasta mitad de los años sesenta que se publicaran sus obras al completo.
El recurso al “leninismo” provino de los representantes del primero bolchevismo, que comenzaron a hablar en su nombre. Lo hizo Bujarin, que por entonces ya estaba de regreso de sus aventuras como “comunistas de izquierdas” de los primeros años de la revolución, lo hicieron Zinóviev que sería uno de los primeros historiadores del bolchevismo y que había escrito con Lenin la colección de escritos contra la guerra y los socialpatriotas, y lo hizo naturalmente Stalin, cuyo único escrito conocido, el referido a las nacionalidades, había sido redactado en buena parte por bujarin, y al que Lenin no citó nunca en sus escritos sobre la cuestión. Se empezó a publicar sus Obras Completas al igual que con las de Trotsky, se creó el Instituto Lenin con la oposición de Nada Kruspkaya. Cuando Lenin falleció, el pueblo ruso sufrió una conmoción. Cerraron tiendas y teatros durante una semana, se colocaron crespones rojinegros en sus retratos, y comitivas de campesinos se alinearon en su casa de descanso en Gorki para rendirle homenaje y juramentos.

 

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