Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

León Trotsky. Una bibliografía

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 9 febrero 2011

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

En diversas ocasiones hemos tenido ocasión de hacer notar la constante presencia de Trotsky en las librerías, como personaje biografiado, como autor marxista clásico, así como protagonista de la historia. Después de la de Jean-Jacques Marie, Trotsky, el revolucionario sin fronteras (Fondo de Cultura Económica), nos ha llegado el ajuste de cuentas de Robert Service, Trotsky. Una biografía (Ed. B, Barcelona), un trabajo sin escrúpulos, en el que, por citar un ejemplo más, se dedica más tiempo a demostrar que Trotsky era un mujeriego que a sus actividades por construir la IV Internacional, una empresa descabellada para alguien que siempre apuesta por el cabalo ganador.
Ampliamente leído y editado durante los primeros años de la República, Trotsky lo volvió a hacer, de una manera mucho más abundante en los años sesenta-setenta, y después de un socavón en la memoria con el “desencanto”, lo está siendo de nuevo, llegando a las nuevas generaciones que podrán redescubrir la poderosa prosa de su autobiografía Mi vida, que reeditó Debate de Madrid sin repasar la traducción clásica del oscuro Wenceslao Roces. Obra clásica exaltada por doquier, una de sus notas más inolvidables es aquella en la que el Trotsky explica que cuando sentía que alguien le decía que había que disfrutar en la vida, respondía que uno de sus recuerdos más gratificantes fueron sus lecturas en la cárcel, lecturas que le llevaron por ejemplo a escribir un corto ensayo sobre Nietzsche, muy poco conocido.
Esta edición tiene su significado porque durante los años de apogeo neoliberal las ediciones de obras de Trotsky fueron consideradas algo así como “veneno para la taquilla, que se dice en el cine. Lo sé por propia experiencia, porque todavía en fechas muy recientes, indicaciones de este tipo provocaban una reacción del editor que venía decir: “No querrás que me arruine”. Quizás esta edición no sea más que una golondrina, pero durante los años ascendentes, en los treinta y en los sesenta-setenta, se editó mucho Trotsky, casi todo él, y lo hicieron editoriales con historia como lo fue Cenit en la República o Ruedo Ibérico en antifranquismo, y más tarde, a lo largo de los años setenta, Fontamara y en menor medida, Akal, que empero, inició una edición de Obras Completas trabajadas por Mariano Fernández Enguita, y en fechas más recientes, las ediciones de Trotsky que han ido reponiendo la Fundación Federico Engels retomando en buena medida el hilo de Fontamara. Por sí alguien recordar, o mejor, comenzar a leer, ofrezco estas notas bibliográficas escritas como ejercicio de memoria y con voluntad de introducción…
Anotemos que actualmente, la mejor manera de encontrar parte del material citado se encuentra en la Red.

 


En un estudio bibliográfico sobre Trotsky resulta casi ineludible mencionare el amplio material fundamentado en su contra producido desde las posiciones estalinistas, que es lo mismo que decir de las ediciones en Lengua Extranjera de URSS que editó toa clase de trabajos denigratorios firmados por oscuros “profesores rojos”, y en que resulta una pieza singular se encuentra la recopilación de diversos fragmentos –todos negativos, por supuesto, los positivos de Lenin, estaban archiprohibidos- Contra el trotskismo (2 tomos, Anteo, Buenos Aires, 1975). La misma tonalidad tiene el folleto atribuido al propio Stalin, ¿Trotskismo o leninismo? (Ed. ETA, Medellín-Colombia, 1971), en los que igualmente está sustraídos los elogios, que los hubo, al menos hasta 1924.
Aparte del opúsculo del funcionario del Partido Comunista francés, Leo Figuéres, Le trotskisme, cet antileninisme (Sociales, París, 1969), destinado a contrarrestar el resurgimiento del “trotskismo” en mayo del 68, cabe señalar igualmente el voluminoso y no menos olvidado compendio del maoísta greco-francés Kosta Mavrakis, Sobre el trotskysmo (La Flor, Buenos Aires, 1974, tr. Graciela Isnardi). Una crítica exhaustiva de ambos fue la desarrollada brillantemente por dos historiadores tan capacitados como Denise Avenas y Alain Brossat, Sur l´ antitrotskysme (Maspero, París, 1973), en la que se pone en evidencia como estos y otros autores similares aceptaron como artículo de fe prácticamente todas las falsificaciones de estalinismo, incluyendo los “procesos de Moscú”, sin detenerse tan siquiera a contrastar los argumentos de la escolástica estaliniana…
Con el apartado soviético se podría escribir un extenso y prolijo tratado de títulos no exentos de un humor involuntariamente surrealista ya que estas aportaciones de los llamados “profesores rojos” se modificaran según las exigencias oficialistas. Los lectores podrán encontrar sus huellas en las notas de las ediciones de Lenin, solamente Nadia Krupskaya pudo escribir en la URSS estalinista con una notable veracidad sobre el papel jugado por Trotsky en relación a Lenin en su Mi vida con Lenin (Mandrágora, Barcelona, 1976), obra publicada cuando la “T” de “trotskista” era el más seguro equivalente de muerte o desaparición, obra a la que le he dedicado una cierta atención en un artículo en Kaos titulado, Nadia Krupskaya, mucho más que la compañera de Lenin.
Desde otra perspectiva cabe citar la tentativa del notable historiador norteamericano, Stephen F. Cohen, por desarrollar una interpretación “anti-Deutscher”, en su Bujarin y la revolución bolchevique. Biografía política, 1888-1938 (Siglo XXI, Madrid, 1976, tr. Vicente Romano García). Cohen trata de imponer a Bujarín como la alternativa más adecuada al estalinismo, una aportación que resultaría muy criticada pero que tuvo sus partidarios entre sectores de intelectuales heterodoxos del área del PCE-PSUC, y en un terreno que en los años setenta frecuentaron los historiadores del PCI, así como Jean Ellenstein que por entonces, iba un poco de “enfant terrible” del PCF (1)
Un debate más al día fue el promovido por la New Left Review, con aportaciones del eurocomunista Nicolás Krassó, y las respuestas de Ernest Mandel, en El marxismo de Trotski (Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1970, tr. Ofelia Castillo), que comprende otras aportaciones complementarias por parte de Monty Johnstone, el cubano Roberto Yepes y Tamara Deutscher. Desde una óptica socialista de izquierda se encuentran las críticas a Trotsky elaboradas por Geoff Hogson, Socialismo y democracia parlamentaria (Fontamara, Barcelona, 1980, tr. Marta Humprets).
Desde las antípoda, también fueron acerbas las críticas de la actualmente bastante olvidada corriente consejista concentró sus airadas críticas en el opúsculo de Willy Huhn, Trotsky, Le Staline manqué (Spartacus/René Lefeuvre, París, s/f), con un texto añadido de Paul Mattick, Stalinisme et bolchevisme, del que traducimos un significativo párrafo: “Trotsky no podía permitirse ver en el bolchevismo un simple acontecimiento de la tendencia mundial hacia una economía fascista. En 1940, defendía todavía la opinión de que el bolchevismo había, en 1917, evitado la llegada del fascismo en Rusia. Él tendría perfectamente claro en nuestros días –de hecho, debería tenerlo desde hace tiempo– que lo que Lenin y Trotsky no consiguieron evitar, es utilizar una ideología no marxista para enmascarar una reconstrucción fascista de Rusia. Sirviendo los fines del capitalismo de Estado, la ideología marxista del bolchevismo se ha acabado desacreditando. Desde cualquier punto de vista que se quiera sobrepasar el sistema capitalista y la explotación, trotskismo y estalinismo no son más que reliquias del pasado”. Ideas muy similares entre los libertarios como se verá en el apartado de Kronstadt, y en base al cual establecen la ecuación Trotsky=Stalin.
Ampliamente publicado en castellano desde los años setenta (en la editorial de origen cristiano y ligada a la Iglesia, Zero-ZYX), lo último que el lector puede encontrar sobre Castoriadis son sus diálogos con diversos autores reunidos bajo el título La insignificancia y la imaginación (Trotta, Madrid, 2002, tr. J. R. Capella). La corriente socialbárbara estuvo muy emparentada con la “Internacional Situacionista” liderada por Guy Debord, fundada en 1957 por un grupo de artistas revolucionarios, que evolucionaría hacia la constitución de grupos formados por jóvenes teóricos que centran sus búsquedas en el desarrollo del pensamiento histórico salido del método hegeliano y de Marx. Sus integrantes afirman no constituir ningún partido político ni estar interesados en el proselitismo. Su actividad divulgadora dentro del movimiento estudiantil europeo es intensa con textos tan distinguidos como La miseria del medio estudiantil (2). Su preocupación básica consistía en impedir que la futura revolución caiga en la burocracia estatal, y aunque de muy escasa repercusión práctica, su aportación teórica de primer orden.
Quizás por eso Socialismo o barbarie nunca llegaría a penetrar en la resistencia antifranquista, aunque en la mitad de los años setenta algunos de los libros de Castoriadis y Lefort fueron traducidos y tuvieron su peso en diversas corrientes del área libertaria, en abierta contradicción por lo demás con la el cenetismo estricto. Entre las revistas que expresaron dicha influencia cabe señalar Disidencias (nº 1, Octubre, 1976, coeditada por la editorial Ayuso), con un primer artículo (El nuevo capitalismo y la vieja lucha de clases), está firmado por Paul Mattick, y sobre todo por la revista animada por Carlos Semprún en su época más nihilista (su divisa era Ni Dios, ni amo, ni CNT), Nada (Cuadernos Internacionales, coedición con Tusquets, editora de la colección Acracia), en cuyo primer número se incluyen trabajos de Claude Lefort (Los disidentes soviéticos y nosotros), y Castoriadis (El régimen social en Rusia)…
Lefort y Castoriadis acabaron virando hacia la derecha. El primero que fue al decir de Sartre “el Trotsky de Trotsky”, se situó en el ámbito de la socialdemocracia devaluada, y Castoriadis desarrolló unas formulaciones que encajaron como un guante con las algunas de las ideas motrices ante la “cuestión comunista” de la restauración neoconservadora, de hecho fue una de las espadas del Congreso de Intelectuales de Valencia en 1987, organizada por Jorge Semprún, y en la que se le dio literalmente la vuelta al Congreso antifascista de 1937, ahora los adversarios a abatir estaban en la URSS y en Cuba. Otra cuestión diferente es que muchas de las aportaciones de la revista como de Castoriadis o del situacionismo, merezcan una atención especial, por lo demás, no necesariamente reñida, antes al contrario, con un ideario marxista abierto. En cuanto Carlos Semprún Maura, exPCE, exfundador y animador de la revista criptotrotskista Acción Comunista, exanarquista, y actualmente uno de los tribunalistas de nuestra derecha “republicana” (norteamericana, claro) más cínica y refinada. Nada conecta plenamente con la última época de Castoriadis que podía titularse Capitalismo democrático o barbarie, y en la que el régimen soviético deviene el “enemigo principal” e irreformable, mientras que el trotskismo es una mera coartada para salvaguardar una revolución culpable de no haber resuelto lo que únicamente era capaz de “plantear”.
Sin duda el alcance que Trotsky alcanzó desde los años sesenta no se puede explicar si hablar de la monumental biografía que le dedicó su (heterodoxo) discípulo Isaac Deutscher. Se compone de tres tomos que tomaban el título de una cita de Maquiavelo: El profeta armado, El profeta desarmado y El profeta desterrado, y las publicó ERA, México (en catalán apareció en Edició de Materials, Barcelona, 1967; y en fechas recientes lo han sido por en la chilena Lom, asociada con ERA y con la editorial de Tafalla, Txalaparta). Su ya célebre título venía justificado con una larga cita El Príncipe, de Maquiavelo (ver Deutscher). De forma más abreviada, Deutscher dedicó otros trabajos suyos a Trotsky, a veces de una manera bastante polémica como es el caso de Trotsky en el nadir, que aparece en su recopilación Ironías de la historia (Península, Barcelona, 1972), o más admirativamente en Trotsky en nuestro tiempo, que sirvió de prólogo a la edición norteamericana de la antología, La era de la revolución permanente, que efectuó George Novack, y aunque no fue recogida por su edición española (de Akal que a cambió insertó un prólogo a todas luces circunstancial de Enrique Tierno Galván), aparece en la recopilación de Deutscher titulada El marxismo de nuestro tiempo (ERA, México, 1975). La última antología trotskiana editada ha sido la de Jaime Pastor, León Trotsky. Defensa de la revolución, aparecido en la colección Clásicos del Pensamiento de Libros de la Catarata.
Discusiones aparte, no hay duda que medio siglo después, se requería una puesta al día facilitada por la ampliación de toda clase de investigaciones y de reconocimientos llevadas a cabo desde los años sesenta. En los años ochenta tuvo lugar la creación del Instituto León Trotsky en Grenoble, bajo la dirección del historiador francés Pierre Broué. La culminación de esta empresa, a la que éste dedicó casi toda una vida como profesional, dio lugar a un trabajo no menos ambicioso y sin duda mucho más minucioso en los datos: Trotsky (Fayard, Paris (1988), con 1105 apretadas páginas, y en las que cada paso, cada argumento, resultan escrupulosamente verificados. Tal como he escrito en un artículo anterior dedicado a Robert Service, éste no solamente trata de anular la biografía de Broué como un manifestación de mera idolatría, sin oque se excusa de considerar el inmenso material que Pierre aportó como investigador, por citar un solo ejemplo, sobre Trotsky y la crisis española de los años treinta.
La mayor aproximación hasta el momento sobre las ediciones de obras de Trotsky es el monumental trabajo de Louis Sinclair, Leon Trotsky, A Bibliography, Universidad de Stanford, 1972), que por lo que sé, conoció varias reediciones y puestas al día. Una extensa recopilación de “retratos” se encuentra en El verdadero Trotsky (Extemporáneos, México, 1975), que reúne, entre otros, textos de André Malraux, Víctor Raúl Haya de la Torre, Julio Álvarez del Vayo, Carlos Rosselli, José Carlos Mariátegui, Curzio Malaparte, Fernando de los Ríos, Ernesto Montenegro, Ciro Alegría, Dwight MacDonald, Manuel Rojas, Wiston Churchill, Max Eastman y François Mauriac. Algunos de estos trabajos están recogidos en mi edición de El asesinato de Trotsky: antes y después (Fundació Andreu Nin, Barcelona, 1990) También resulta muy útil el trabajo de Heinz Abosh, Crónica de Trotski. Datos sobre su vida y su obra (Anagrama, Barcelona, 1974, tr. Luis Carroggio)… y por supuesto, El pensamiento de Trotsky, de Ernest Mandel (Fontamara, 1981), un material de análisis muy elaborado que se puede encontrar en los “archivos” de la Web de Revolta Global.
Sobre el “primer Trotski” resulta clásica la obra de Alain Brossat, En los orígenes de la revolución permanente. El pensamiento político del joven Trotski (Siglo XXI, Madrid, 1976, tr. Dolores Sacristán y José Manuel Muñoz), que incluye tres textos, La Duma y la revolución, La tercera Duma, y Los consejos de diputados obreros y la revolución). Brossat domina una documentación muy superior a la de Deutscher, y cuenta con una mayor perspectiva para seguir las complejas y frecuentemente contradictorias sinuosidades del joven Trotsky en todos sus tramos: desde el antimarxismo populista al marxismo de la Iskra, del antibolchevismo virulento de 1904 al bolchevismo crítico de 1917. Según Brossat, en esta primera fase, el “trotskismo” camina con una extremidad coja: “es la época del primer desarrollo de la teoría de la revolución permanente, apoyada sobre la genial intuición del perfil de la revolución rusa, y también la época de la política “desgraciada” de Trotsky, metido en los atolladeros del conciliacionismo y del equilibrio, en medio de las dos fracciones de la socialdemocracia rusa”.
Para Brossat: “La revolución de Octubre no significa solamente el ascenso de Trotsky a la dimensión histórica. En el plano teórico representa (…) la segunda mutación fundamental, la que le conduce a fundir la teoría de la revolución permanente en el crisol político y organizativo del bolchevismo”. Que yo sepa, sus dos obras más “antileninistas” no han sido traducidas al castellano, aunque sí en francés, se trata de: Nos tâches politiques (Belfond, París, 1970), con un “avant-propos” de Marguerite Bonnet, en el que ésta detalla el distanciamiento crítico de Trotsky de esta obra escrita en 1904; también comprende textos de Rosa Luxemburgo y del propio Lenin así como dos artículos de Trotsky de los años treinta sobre la primera; y Rapport de la délégation sibérienne (Spartacus, París, 1969), con prefacio, traducción y notas de Denis Authier, que ha tenido una edición castellana de Espartakus Internacional. En sus proyectos de Obras de Trotsky en la mítica editorial Ruedo Ibérico que unió Balance y perspectivas (que Mandel define como “una obra maestra”) con 1905 (que igualmente fue editada por Planeta con un prólogo de Santiago Nadal).
En cuanto a las biografías “locales”, está la del que escribe, Conocer a Trotsky y su obra (Dopesa, Barcelona, 1979), de la que existe una versión revisada y ampliada, Trotsky y los trotskismos, editada virtualmente en Els Arbres de Fahrenheit. Unas buen síntesis y de novedosa es la más reciente, la de Antonio Liz, Trotsky y su tiempo (1879-1940), editada en Sepha (Málaga, 2008), y de la que exista una edición gallega, Trotski e o seu tempo… (Ed. Entinema, Madrid, 2005).
Al parecer de Marc Ferro, Trotsky en su Historia de la revolución rusa (hay varias ediciones siguiendo la traducción de Andreu Nin en ZYX-Zero, Ruedo Ibérico y Orbis, en este caso con correcciones de Jaime Pastor, la última muy cuidada de Veintisiete Letra en su sólo volumen) falsea en cierta medida su papel diluyéndolo. No resalta con las dimensiones debidas su papel en el Soviet de Petrogrado, ni su protagonismo en la preparación y ejecución de la insurrección. Sin embargo, el historiador menchevique Nikolai N. Sujanov, (cuya Historia de la revolución rusa fue editada en una versión abreviada de Joel Carmichael por Caralt, Barcelona, 1970, tr. Julio Gómez de la Serna) lo consideró “peor que Lenin”.
Resulta curioso que otras dos obras mayores sobre la historia de la revolución fuesen las de dos escritores norteamericanos, la primera es la celebérrima Diez días que conmovieron el mundo, de John Reed de la que existen numerosas ediciones –la última en Público que tomó la edición original–, aunque conviene diferenciar entre la traducción soviética “corregida” por funcionarios estalinistas, y la auténtica, y que es considerada como el mejor testimonio escrito no solamente sobre la revolución rusa sino también sobre cualquier otra revolución (sobre Reed se puede consultar mi antología Rojos y Rojas (El Viejo topo, Barcelona, 2003). Lenin recomendó la obra de Reed como ejemplar de cabecera para todos los trabajadores del mundo, y Nadia Kruspkaya prologó su primera edición rusa que sirvió, junto con la importante historia citada del cronista martoviano arriba citado, Nikolai Sujanov como manuales para las escuelas, nada pues que ver con las falsificaciones y santificaciones estalinistas. Una edición complementaria fue la recopilación efectuada por Fontamara, La revolución de octubre (1977), que comprendía El triunfo del bolchevismo (tr. N. Tasin), La revolución de Octubre (Ed. del Siglo; fue reeditada en colección 70 de Grijalbo con el título Como hicimos la revolución de Octubre), Quince años (tr. de Nin para la revista Comunismo), ¿Qué es la revolución de Octubre? (idem), y Tres concepciones de la revolución rusa (Emili Olcina).
Otra aportación reconocida (y controvertida) es el voluminoso ensayo de 1940 escrito por el célebre escritor y crítico literario norteamericano Edmund Wilson, Hacia la Estación de Finlandia. Ensayo sobre la forma de escribir y hacer la historia (Alianza, Madrid, 1972, tr. R. Tomero, F. Zalán y J. P. Gortázar), y en la que la llegada de Lenin a Petrogrado en abril de 1917 es el punto de partida para “simboliza el final del accidental camino que fue necesario recorrer para llegar a la conclusión de que la historia no está escrita de antemano y es posible la transformación del orden social. Esa larga corriente comienza con el primer teórico (Gianbattista Vico) que intuyó que las instituciones sociales son obra del hombre; prosigue su curso con el gran defensor de la tradición revolucionaria francesa (Michelet), de la que se bifurca la escuela que consagra la decadencia de los viejos ideales (Renán, Taine, Anatole France); se hace caudalosa al recibir los afluentes del primer igualitarismo comunista (Babeuf) y del socialismo utópico (Saint-Simon, Owen, Fourier); se ensancha con la síntesis realizada por Marx y Engels (en encarnizada polémica con Lasalle y Bakunin); y corre torrencialmente hacia su destino final con la teoría y la práctica de Lenin y Trotsky” (contraportada). Edmund Wilson (1895-1972), fue uno de los “compañeros de ruta” del “trotskismo” norteamericano, y en esta reedición anota algunas importantes diferencias con su edición inicial. Otra historia de primera magnitud es la de E.H. Carr (Historia de la Rusia soviética, en Alianza Universidad), cuyo breviario La Revolución rusa (1917-1927) fue editado por Alianza (1981, tr. Ludolfo Paramio) y ha contado con sucesivas reediciones (la última en el 2002), y puede considerarse algo así como la culminación de una aproximación rigurosa a un acontecimiento sobre la cual el neoliberalismo trata de arrojar todos los perros muertos del siglo XX.
La primera editorial española que trató de “resucitar” a Trotsky fue Ruedo Ibérico la que comenzó a publicar algunas de sus obras más conocidas, y la única que lo haría de los dos gruesos volúmenes de los Escritos militares (París, 1976), en traducción de la edición rusa de 1923-1924 por parte de Fernando Claudín, y en una edición a cargo de Juan Andrade y José Martínez. La edición francesa cuenta con un detallado estudio de Pierre Naville sobre las concepciones “militares” de Trotsky (Naville también es el autor de un ensayo biográfico Trotsky vivant…). El lector interesado sobre este aspecto también encontrará una amplia reflexión en la obra de Maurín, Revolución y contrarrevolución en España (Ruedo ibérico, 1966)
En sus trabajos ulteriores, escritos ya al calor de la guerra civil y de los primeros congresos del Komintern, Trotsky polemizó agriamente con el Kautsky autor del alegato antibolchevique Terrorismo y comunismo con un árido texto de titulo semejante: Comunismo y terrorismo (existe una edición conjunta en Biblioteca Júcar, Madrid, 1977; el traductor del texto de Trotsky fue Gabriel León Trilla, uno de los dirigentes del PCE desde su fundación, y muerto en extrañas circunstancias como “traidor” por haber desobedecido las órdenes de Carrillo trasladándose al Sur de España para ayudar a los “maquis”, y del libro existe una edición reciente en Akal prologado por “le enfant terrible” del último marxismo, Slavoj Zizek, sobre el que resulta recomendable el trabajo de Ángel Ferrero para SinPermiso (también incluido en El Viejo Topo, y en Rebelión), Ocaso de un “filósofo”, retorno de un “militante”: un nuevo episodio en la saga de imposturas intelectuales, así como las reflexiones insertas en el libro de Enzo Traverso, La guerra civil europea…
Dentro de la misma línea de crítica (expuesta en términos casi militares) a la socialdemocracia después de 1914 se sitúan La guerra y la revolución, pero sobre todo Entre el imperialismo y la revolución (Roca, México, 1972, tr. Juan Laya), que aborda un episodio relacionado con la guerra civil, la incorporación de Georgia como República federada a la URSS, hecho que fue violentamente criticado por la socialdemocracia, y cuya realidad concreta resultaba mucho más compleja de lo que Trotsky era capaz de ver en aquel momento, inmerso como estaba en la defensa “integral” del curso del partido y de la revolución. El “trotskismo”, al menos desde los años sesenta, se ha mostrado generalmente muy crítico con esta fase de la trayectoria más “partidista” de Trotsky. De esta época data uno de sus libros menos conocido pero más singulares, Notas sobre la vida cotidiana (Icaria, Barcelona, 1981), y en que Trotsky percibe intensamente las diferencias entre los grandes ideales y sus concreciones diarias, el peso de la burocracia, del analfabetismo, del machismo, etc. Entre los textos incluidos en la recopilación ya citada El verdadero Trotsky se encuentra el artículo de Karl Rádeck, Trotsky, creador de la estrategia militar de la revolución, que apareció en el nº 37 de la edición castellana de La Correspondencia Internacional (Mayo, 1923)
Trotsky pensaba en términos universales, y en la medida que Stalin consolidaba su poder, la Internacional Comunista cambiaba totalmente, Trotsky escribió una de sus obras más penetrantes, La internacional comunista después de Lenin (Akal, 1977, traducción, prólogo y notas de Mariano Fernández Enguita, una edición que supera la más precipitada efectuada por Julián Gorkin (todavía comunista del PCE) que con el título de El gran organizador de derrotas, conoció una de sus primeras ediciones mundiales en 1930, en base a la edición francesa del mismo año).
Antes de morir, el famoso bolchevique Yoffé escribió una larga carta a Trotsky, en cuyos párrafos finales se puede leer: ” Querido León Davidovich, estamos unidos por diez años de trabajo en común, y creo también que de amistad personal, y esto me da derecho a decirle en este momento de despedida lo que juzgo en usted una debilidad… Jamás he dudado del acierto de su opinión, y bien sabe que desde hace más de veinte años, incluso desde la cuestión de la «revolución permanente», he estado siempre a su lado. Pero siempre me ha parecido que le faltaba a usted la inflexibilidad, la intransigencia de Lenin, su resolución de continuar la tarea sólo a ser preciso por el camino que él indicaba, seguro de una mayoría futura, seguro del futuro reconocimiento unánime de la justeza de ese camino. Siempre ha tenido usted razón políticamente, empezando desde 1905, y frecuentemente le he dicho que yo mismo le he oído reconocer a Lenin que en 1905 no era él quien estaba en lo cierto, sino usted.
En presencia de la muerte no se miente, y ahora le repito lo dicho…Pero frecuentemente usted ha renunciado a su certera posición en favor de un acuerdo, de un compromiso cuyo valor ha sobrestimado. Eso era un error. Vuelvo a repetirle que políticamente ha estado siempre en lo cierto, y que ahora lo está más que nunca. Algún día lo comprenderá el partido y la historia se verá obligada a reconocerlo. Por lo demás, no se descorazone sí alguno le abandona hoy y sobre todo sí la mayoría no se pone de su parte tan pronto como todos quisiéramos. Usted está en lo cierto; pero la seguridad del triunfo de su opinión estriba precisamente en una intransigencia estricta, en la más severa rigidez, en la denegación de todo compromiso, cosas que constituían siempre el secreto de los triunfos de Illich. Más de una vez he querido decirle esto; pero no me he decidido a hacerlo hasta ahora, en el momento de decirle adiós”. El lector encontrará una brillante aproximación al caso de Yoffé en la obra de Paco Ignacio Taibo II, Arcángeles. Doce historias de revolucionarios herejes del siglo XX (Planeta, Barcelona, 1998), que incluye además retratos de Diego Rivera, Larissa Reisner y Durruti, entre otro/as.
La traducción de Andreu Nin de La revolución permanente fue reeditada Fontamara, que realizó un trabajo bastante cuidadoso de notas. De la misma época es La revolución desfigurada, aparecida en una editorial tan inquieta como Júcar (Madrid, 1979, también traducida por Julián Gorkin, y por lo tanto editada en los años treinta). La edición más completa sobre la crisis que siguió a la muerte de Lenin es la recopilación llamada El gran debate (1924-1926), efectuada por el italiano Giuliano Procacci en dos volúmenes, 1. La revolución permanente, con textos de Trotsky (Lecciones de Octubre), Procacci (El debate sobre el “trotskismo”), Nicolai Bujarin (Sobre la teoría de la revolución permanente) y Grigori Zinóviev (El leninismo), que se podía encontrar en Cuadernos de Pasado y Presente (Córdoba, Argentina, 1972) 2. El socialismo en un solo país, con prólogo del propio Procacci, y textos de Zinóviev y Stalin (La revolución de Octubre, Cuestiones del leninismo), Siglo XXI (Madrid, 1975).
Décadas después, el historiador y teórico marxista británico Perry Anderson (Consideraciones sobre el marxismo occidental, Siglo XXI, Madrid, 1979, p.143-44)., efectuó un apretado balance crítico de la teoría en los siguientes términos. “La noción de “revolución permanente” fue expuesta por Trotsky para explicar y predecir el curso de la revolución rusa. Demostró ser exacta. No hubo ni una revolución burguesa en Rusia; no se produjo ninguna estatalización capitalista intermedia; una insurrección estableció un Estado proletario a los pocos meses del fin del zarismo y este Estado no logró construir el socialismo cuando se halló aislado en un solo país. Sin embargo, después de 1924, Trotsky generalizó su esquema de la revolución rusa a todo el mundo colonial y excolonial afirmando que en adelante no podría triunfar una revolución estabilizada de desarrollo anterior a una revolución proletaria. Los dos logros siempre citados como imposibles para una burguesía colonial eran la consecución de la independencia nacional y la solución de la cuestión agraria. La experiencia histórica de posguerra iba a ser más ambigua. El ejemplo de la revolución argelina parece contradecir la primera afirmación. El caso de la revolución boliviana, la segunda. Un tercer criterio no mencionado tan a menudo, era el establecimiento de la democracia representativa (parlamentaria treinta años en Unión India sugieren que esto también es posible. Se podrían utilizar argumentos secundarios para sostener que ninguno de los antiguos países coloniales ha satisfecho nunca los tres criterios, o que la verdadera independencia, la solución de la cuestión agraria las democracias nunca han sido conquistada en ningún país a causa del imperialismo, la usura y la corrupción en ellos. Pero toda generalización indebida de los criterios que definen una revolución burguesa de este tipo tiende a convertir la teoría de la revolución permanente en una tautología (sólo el socialismo puede por definición rescatar completamente a un país del mercado mundial o resolver todos los problemas del campesino), o exige pruebas de que ella que nunca han dado ni siquiera los mismos países capitalistas avanzados (que tardaron siglos en llegar a la democracia burguesa, por ejemplo, con muchas regresiones similares a las de la India contemporánea). Por lo tanto, en axioma de la “revolución permanente” debe considerarse indemostrado hasta ahora como teoría general. Tal vez podían conjeturarse sus dificultades por su derivación litera de un texto de Marx de 1850. La fidelidad canónica a Marx de este género no puede ser una garantía de exactitud científica…”
Sobre este capítulo de la historia del comunismo, la corriente “trotskista” realizó numerosas aportaciones, algunas de ellas están recogidas en la extensa recopilación presentada por Pierre Broué, La question chinoise dans l´International Communiste (EDI, París, 1976( con textos tanto de la línea oficial, representada por Stalin, Bujarin y Martinov, y por la oposición representada por Trotsky y Zinóviev, así como Alfred Rosmer, Kurt Landau y León Sedov, y comprende también una famosa carta que el fundador del PC chino, Chen Du-shiu, envió a Trotsky; Pluma de Buenos Aires-Bogotá editó la recopilación de los trabajos de Trotsky con el título de La revolución china, también existe una edición en Crisis (Buenos Aires, 1973), que comprende textos de Nicolai Bujarin así como un ensayo preliminar de Richard C. Thornton, de la Universidad de Washington; igualmente se volvió a editar el ensayo de Víctor Serge, La revolution chinoise (1927-1929), con prólogo de Pierre Naville (Savelli, Paris, 1977)…
Un análisis de conjunto sobre la corriente fue el que realizó Denise Avenas en Maoïsme et communisme (Galilée, París, 1976), que comprende un amplio análisis de la historia de la revolución china, y una valoración crítica sobre el significado real del maoísmo. También resulta muy interesante el trabajo de K.S. Karol, China: el otro comunismo (Siglo XX, México, 1967), sin olvidar la controversia entre Trotsky y Malraux sobre la base de las dos novelas de éste sobre los acontecimientos, Los conquistadores y La condición humana (ambas editadas en Argos-Vergara), y sobre las cuales cabe registrar los artículos de Trotsky incluidos en Literatura y Revolución. Otra elaborada aportación “trotskiana” sobre el maoísmo es la Livio Maitan, El ejército, el partido y las masas en la revolución china (Akal, Madrid, 1978, tr. Julio Rodríguez Aramberri), y desde una perspectiva más reciente el de Roland Lew, China, de Mao a la desmaoización (Ed. Revolución, Madrid, 1988, tr. Alberto Fernández). En la recopilación de textos de Ernest Mandel, La longue marche de la Révolution (Galilée, Paris, 11976), hay un amplio ensayo sobre Mao. Por su parte la Serie Popular de ERA lo hizo con el opúsculo de Deutscher, El maoísmo y la revolución cultural china.
Al citar el 4 de agosto, Trotsky se refiere al día en que la socialdemocracia votó a favor de los créditos de guerra en 1914. El proletariado alemán, nunca más se volvió a levantar para desafiar el sistema, aunque el precio pagado por la patronal fue el llamado Estado del Bienestar, mientras que el estalinismo lo volvió a hacer gracias a la victoria militar de la Segunda Guerra Mundial que comenzó con una desastrosa “caza de brujas” en el Ejército Rojo y con una muestra de la asombrosa “ingenuidad” de Stalin que creyó que el pacto nazi-soviético resultaba una garantía. Cuando reaccionó, Hitler ya caminaba hacia Moscú, y el precio de la guerra fue incalculable.
Sobre todo este aspecto existe un importante estudio, el de Leonardo Rapone, Trotskij e il fascismo (Laterza, Roma-Bari, 1978); sin olvidar el ensayo de Ernest Mandel, El fascismo, (Akal, Madrid, 197, tr. Patricia Meneses Orozco); y los propios textos de Trotsky, recopilados en Fontamara con el título de La lucha contra el fascismo. El proletariado y su organización…
No hay que decir que Trotsky dedicó una gran atención a Stalin y el estalinismo. Aparte de la biografía de Stalin inconclusa y que fue compilada y traducida del ruso por Charles Malamud y editada por la editorial norteamericana Harper a pesar de las protestas de Natalia Sedova, pero en estas condiciones fue publicada por Plaza&Janés (Barcelona, 1950, tr. del inglés de I. R. García), lo que no impidió que muchos de sus apartados fueran utilizados con entusiasmo, y que uno de ellos, Las tres concepciones de la revolución rusa fuera incluido en la recopilación efectuado por Fontamara titulada La revolución rusa).
Existen otros trabajos de prestigios como el controvertido Stalin. Una biografía política, de Isaac Deutscher (ERA, tr. José Luis González; también existe otra en catalán por Edició de Materials, Barcelona. 1967), sin olvidar la más “ortodoxa” de Jean-Jacques Marie, Stalin (1879-1953) (Ed. Plabra, Madrid, 2003). Marie es junto con Gerardt Haupt, de la edición crítica de Los bolcheviques (ERA, México, 1972, tr. de Manuel de Escalera), que comprende el mayor cuadro biográfico de la “vieja guardia” bolchevique, de los protagonistas de la revolución de Octubre, combinando los retratos extraídos de le célebre Enciclopedia Granat, con una notas añadidas complementarias. También está la extensa obra de Pierre Broué, El partido bolchevique (Ayuso, Madrid, 1973, tr. Ramón García Fernández), que abarca la historia del PCUS desde sus orígenes hasta los años sesenta.
Los escritos de Trotsky contra la burocracia y el estalinismo aparecieron pronto en castellano, Aguilar publicó en 1928, La situación real en Rusia (tr. Manuel Pumarega): el mismo año, Oriente publicó Nuevo rumbo. ¿A dónde va Rusia? ¿Hacia el capitalismo o hacia el socialismo?. De 1931 data, De Octubre rojo a mi destierro, con prólogo de Gorkin (Baire, Buenos Aires, 1973), y del mismo año, La situación en Rusia después de la revolución (tr. Manuel Pumarega), que explica las críticas y propuestas de la Oposición. El esquema básico de esta crítica La revolución traicionada (Fontamara, reeditada por la Fundación Federico Engels en una traducción castellana de la que se asegura que fue revisada por el propio Trotsky, aunque lo cierto es que Juan Andrade tradujo la versión francesa de Victor Serge, pero el POUM no la pudo publicar pro coincidir con el tiempo que siguió a Mayor del 37, y es más que posible que edición “revisada” fuese esta).
Esta obra será ampliada por numerosos textos más, el más conocido quizás sea En defensa del marxismo (Fontamara, 1977, tr. J. R. Fraguas y J. Pérez), que incide plenamente en la controversia sobre el carácter de la URSS suscitada en el SWP a raíz de la invasión soviética de Finlandia. También resulta muy apreciada la aportación de Rakovsky (Los peligros profesionales del poder), incluida en la recopilación La Oposición de Izquierdas en la URSS, que inserta también textos de Trotsky, Preobrazhenski, Radek, Yoffé, Kamenev, y Zinóviev (Fontamara, 1978).
En una línea muy próxima a la de la Oposición se sitúan los testimonios de Antón Ciliga (En el país de la gran mentira) André Gide (Regreso de la URSS, y Retoques), de Bruno Rizzi (La burocratización del mundo), y luego los testimonios y trabajos de David Rousset (El universo concentrionario), Ernest Mandel (De la burocracia, La naturaleza de la URSS, debate con Denis Berger), Pierre Frank (El estalinismo), Jan Valtín (La noche queda atrás) Tony Clift (El capitalismo de Estado), etcétera. Hay dos trabajos recientes sumamente importantes, el primero es Comunistas contra Stalin, de Pierre Broué, que editó Sepha con el apoyo de la Fundación Andrés Nin, y el otro es el de José Cardona, Stalin. El sepulturero de la revolución, una trilogía de la que ha aparecido el primer volumen…
Tan conocido como Mi vida es quizás Literatura y revolución, de la que existen varias ediciones aunque la más completa es la de Ruedo Ibérico en dos volúmenes (existe una edición abreviada preparada por José Álvarez Junco, para alianza: Sobre el arte y la cultura; igualmente son numerosos los debates y ensayos sobre sus textos, pero el más completo quizás sea el de Norman Geras. Masas, partido y revolución. Expresión literaria y teoría marxista (Fontamara, Barcelona, 1980, tr. F. Cuscó Torella)
El Manifiesto que aparece en dicha obra, está editado con el título Por un arte revolucionario e independiente en El Viejo Topo, Barcelona, 1999), en el que se incluye una extensa selección de textos, así como un amplio trabajo sobre la relación de Trotsky con Diego Rivera, Frida Kahlo, y con el obcecado estalinista David Alfaro Siqueiros, y un artículo de Michael Lequenne sobre las relaciones entre el “trotskismo” y el surrealismo. En los años setenta, Tusquets dio a conocer la controversia entre Breton y Louis Aragón con el título de Surrealismo contra realismo socialista. Según testimonio de Manuel Sacristán, ya en un seminario del PCE y al PSUC en los años 60, él mismo y Carlos Blanco Aguinaga habían hecho una exposición y una defensa de los argumentos de Trotsky en este punto, y cabría añadir que, por entonces, ya el PC Italiano de la época del último Togliatti había “permitido” una edición afín al partido.
Un ensayo más que notable que abarca primordialmente esta controversia “entre coyoacanes y aragoneses” es el de Ángel García Pintado, El cadáver del padre. Artes de vanguardia y revolución (Akal, Madrid, 1981; tiene prevista su reedición en Libros de la Frontera). Otras aportaciones a considerar son las de Peter Collier, Sueños de una cultura revolucionaria: Gramsci, Trotsky y Breton, en Culturas de vanguardia y política radical en la Europa de principios del siglo XX (Debats, nº 26, Diciembre 1988, Edicions Alfons el Magnánim), y la de Ronald Paulson, La revolución y las artes plásticas, que aborda la relación entre Octubre y el muralismo mexicano (visto a través de la relación entre Trotsky y Rivera) en la obra colectiva La revolución en la historia (Ed. Roy Porter y Mikulas Tiech, Crítica, Barcelona, 1990).
El mejor retrato de los últimos años de Trotsky lo ha escrito Jean Van Heijenoort, Con Trotsky. Desde Prinkipo a Coyoacán. Testimonio de siete años de exilio (Nueva Imagen, México, 1979, tr. Tununa Mercado). Son las memorias de quien fue su secretario.

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