Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

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La profesión bendita

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 12 febrero 2011

Daniel Chavarría, Premio Nacional de Literatura 2010, dialoga con Jaisy Izquierdo sobre el oficio de escritor

Daniel Chavarría nace en Uruguay y llega a esta Isla rondando casi los 40 años de edad, sin haber realizado con la pluma mucho más que traducciones literarias en diferentes países. Nueve años después escribe Joy, y lo envía con modestas aspiraciones a un concurso de aficionados. Pero resultó una «bomba», y se convirtió en un best seller de Cuba y de varios países socialistas, arrastrando además el elogio por parte de la crítica. Desde ese momento Chavarría decide ser un escritor de novelas.
No ha parado desde aquel entonces de imaginar historias, concebir personajes, y cosechar lauros. Títulos como Allá ellos (Premio Dashiell Hammett 1992), El rojo en la pluma del loro (Premio Casa de las Américas 2000), y Viudas de sangre (Premio Alejo Carpentier 2004), son una prueba de ello. Más aún lo son las colas apabullantes en las presentaciones de sus libros, o la contundente respuesta de «agotado», que sale de la boca de la dependiente en cualquier librería cuando se indaga por ellos.
Le pregunto el porqué, cómo es que logra convertir sus libros en el objeto del deseo del lector cubano. Me amparo, como excusa para el asedio en la noticia, de que este año se le ha otorgado el Premio Nacional de Literatura 2010. Presto atención a sus respuestas.
«Una fórmula, de las que permiten obtener un compuesto químico; o una receta, como para una delicia culinaria, te juro que no la tengo. La génesis de la literatura, y del arte en general, es un proceso complejo, raro, inexplicable a veces. De ahí que no sea fácil lograr siempre buenos resultados. En ocasiones me he propuesto escribir un divertimento descafeinado, de unas 120 páginas, y me ha salido una novela ambiciosa de 400, con buena factura estilística y un mensaje claro que la dignifica. Ese es, a mi juicio, el caso de Una pica en Flandes. Y eso ocurre porque un personaje previsto en mi guión inicial para un papel muy secundario, de pronto, sobre la marcha, hace o dice algo que yo no había concebido. Surge en un momento de inspiración, como si fuera por voluntad del personaje que busca abrirse un espacio y se entromete en la acción sin pedir permiso.
«Lo mismo me ocurrió con el Mendigo de la Diosa, protagonista de El ojo de Cibeles. Al inicio estaba destinado a una única escena en que debía arbitrar una bronca callejera. Pero de pronto empieza a hablar como el bárbaro que es y me sorprende. Resulta graciosísimo. Se me crece tanto que sería un desperdicio no volver a utilizarlo; y para darle nuevas escenas le invento una subtrama en la que sigue creciendo y pidiendo más y más espacio, hasta convertirse en el gran protagonista y quizá el mejor personaje de toda mi obra novelística».
—¿Cuál fue el camino que siguió para llegar a ser escritor?
—Mi formación de escritor es también un fenómeno raro que no siguió el curso regular de mis colegas en su mayoría. No intentaré explicar lo que necesitan los poetas, dramaturgos o ensayistas; pero los narradores, en el 90 por ciento, escriben sus primeros pininos en forma de cuentos sobre los 15 años, y luego necesitan mucho valor y una fe y energía sostenida para disponerse a convivir con muchos fracasos iniciales hasta lograr los medios expresivos, cierta madurez y algo que decir.
«En mi caso fue muy diferente. Tuve el instinto de escuchar con pasión los relatos orales referidos por otros. Cuando yo pasaba mis vacaciones infantiles en el campo de mi abuelo, conocí gauchos viejos, trashumantes, de chiripá y melena, como el que describe un célebre poeta compatriota cuando dice: “Era memoria linda la memoria del viejo/ pa’contar sucedidos de quién sabe qué tiempos,/ mientras corría el cimarrón la rueda/ y se enriedaba en el ombú el pampero”. Y yo creo también que el buen narrador debe tener una memoria como la de aquel viejo, y haber recibido de las Musas el don de captar y archivar todo apunte oral o libresco de poesía, ingenio agudo, humor, fantasía; es decir, todo lo que Salamanca non prestat.

 

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