Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

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Communards: hombres y mujeres de la Comuna de Paris

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 18 marzo 2011

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Hace 140 años ya de la “Commune” de París, cuya importancia histórica sobrepasará con mucho lo que realmente fue.

Lo de la “Commune” era un homenaje al capítulo revolucionario de 1793, el momento álgido de la revolución francesa. El “socialismo” era todavía un ideal que apenas si acababa de encontrarse como término –lo acuñó Pierre Lerroux-, pero era un sentimiento que latía en lo más profundo de las masas “plebeyas”, y ya había surgido como una opción Masaya de los límites burgueses en los grandes dramas revolucionarios…Hasta entonces, se habían desarrollado diversas corrientes como la proudhoniana-mutualista, y la blanquista-insurreccional, pero los contornos eran más bien difusos. Casi todos ellos formaron parte de “la Internacional”, y este era el caso –por citar un ejemplo poco conocido- del singular Charles Beslay (1795-1878) amigo de Proudhon, partidario de la reforma del crédito y un poco chiflado. Era un hombre de regular posición, muy honrado, en no poca medida “un burgués”, que no jugó un papel directivo. Con 75 años tuvo que escapar a Suiza, donde escribió sus recuerdos (Mes souvenirs, 1873, y La vérité sur la Commune, 1877)…
La historia es conocida, o al menos tendría que serlo porque marca un antes y un después en la historia del socialismo, pero sobre todo porque demuestra que lo que quería la gran mayoría del pueblo si no fuese por los aparatos coercitivos que lo obligan a tener que soportar las leyes del más fuerte, la lógica corrupta de la burguesía…
Sucedió que el Comité Central de la Guardia Nacional, que se encontró con París abandonado pro los burgueses y que no había pensado en convertirse en el gobierno del París revolucionario, decidió inmediatamente celebrar elecciones para un gobierno de París que asumiera la responsabilidad y que fuese enteramente representativo, que fuese elegido por los votos de todos los varones, y su resultado fue llamado la “Comuna de París”. Simultáneamente, los alcaldes y delegados de barrio, trataban de mediar entre el presidente Auguste Thiers y los parisienses; pero el jefe republicano los entretuvo con palabras y no los ayudó.
La Comuna fue elegida (28-03-1871) por el voto de 229,000 electores de 485,000 que estaban registrados, una votación numerosa, teniendo en cuenta que muchos de los habitantes habían salido de la ciudad. En modo alguno fue desde el principio un organismo compuesto sólo de revolucionarios. Un buen número de liberales y radicales fueron electos, sobre todo en los distritos de las clases medias; pero éstos, o no tomaron posesión de sus cargos o se retiraron pronto, pero entre ellos había un buen número de conocidos radicales, incluyendo a muchos periodistas, miembros del Comité Central de la Guardia Nacional, blanquistas y jacobinos de los clubes revolucionarios y miembros de la clase obrera y algunos, pocos, relacionados con la Internacional. . La mayoría después de los cambios eran jacobino-blanquistas, con los “internacionalistas” formando una minoría bastante compacta, forjada en la lucha contra Napoleón “le petit”.
La Comuna no fue una revolución proyectada con antelación, tampoco surgió como un pacto entre los diversos grupos socialistas, sí bien la idea de una Comuna revolucionaria permanecía en el imaginario del pueblo llano desde las jornadas de 1793, aunque la cuestión ahora se hizo socialmente más obvia, el pueblo trabajador hacía tiempo que se estaba organizando y el imaginario de otra forma de sociedad en la que las personas y la solidaridad fuesen más importantes que las ganancias y la lucha de todo contra todos, estaba al orden del día, y había sido expresada con fuera desde “la Internacional”. Por otro lado, para los franceses, la “comuna” era la unidad tradicional de la administracj6n local: Francia se componía de comunas locales; y todos los contrarios al poder centralizado del Estado pensaban, como es natural, en la Comuna o municipio como el núcleo principal de un poder rival emanado directamente del pueblo. Este sentimiento era ampliamente compartido entre los representantes de miembros de la clase media modesta de París, que se había sumado a la revolución a través de la Guardia Nacional.

 

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El marxismo y la emancipación de la mujer

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 18 marzo 2011

Por Alan Woods

“Cambiar de raíz la situación de la mujer no será posible hasta que no cambien todas las condiciones de la vida social y doméstica”

Trotsky, Escritos sobre la cuestión femenina

El capitalismo está en un callejón sin salida. La crisis mundial del capitalismo golpea con mayor dureza a las mujeres y a la juventud. En el siglo XIX Marx ya señaló la tendencia del capitalismo a conseguir grandes beneficios mediante la explotación de mujeres y niños. En el primer volumen de El Capital, Marx escribe lo siguiente:

“Por eso, el trabajo de las mujeres y los niños fue la primera palabra de la aplicación capitalista de la maquinaria. Este poderoso sustituto de trabajo y de obreros se transformó inmediatamente en un medio para aumentar el número de asalariados, colocando a todos los miembros de la familia obrera, sin distinción de sexo ni edad, bajo el dominio inmediato del capital. El trabajo forzado al servicio del capitalista usurpó no sólo el lugar de los juegos infantiles, sino también el trabajo libre dentro de la esfera doméstica, dentro de los límites morales, para la propia familia” (C. Marx, El Capital. Madrid, Akal Editor, 1976, Vol I, Tomo II, pág. 110).
En los países capitalistas desarrollados el cambio de los modos de producción y el constante intento de los capitalistas de aumentar la tasa de beneficios, ha llevado al incremento del empleo de mujeres y jóvenes, que trabajan a cambio de salarios bajos, en malas condiciones laborales y con pocos o ningún derecho. Sólo en Estados Unidos, durante los últimos 50 años se han incorporado al mundo laboral cuarenta millones de mujeres y en Europa treinta millones. En 1950 aproximadamente un tercio de las mujeres estadounidenses en edad laboral tenían un trabajo remunerado; el año pasado esta proporción casi era de tres cuartas partes. Según las estadísticas, hoy en día el 99% de las mujeres estadounidenses ha trabajado en algún momento de su vida. El empleo de mujeres —por sí mismo un acontecimiento progresista—, es la condición previa para liberar a las mujeres de los estrechos límites del hogar y familia burgueses, y también el primer paso para su libre y pleno desarrollo como seres humanos y miembros de la sociedad.
Pero el sistema capitalista considera a las mujeres sólo una fuente conveniente de mano de obra barata y parte del “ejército de reserva de trabajadores”, las incorpora al mundo laboral cuando hay escasez de mano de obra en determinados sectores de la producción, y cuando estas necesidades desaparecen, las expulsa de nuevo del mundo laboral. Presenciamos este proceso durante las dos guerras mundiales, entonces las mujeres entraron en las fábricas para sustituir a los hombres enviados al frente y después cuando terminó la guerra se las obligó a regresar al hogar. La mujer volvió a incorporarse al trabajo en el periodo de auge capitalista de la posguerra, durante los años 50 y 60, su papel fue similar al de los trabajadores inmigrantes —una reserva de mano de obra barata—. En el periodo más reciente, el número de trabajadoras ha aumentado para ocupar los huecos existentes en el proceso productivo. A pesar de todo lo que se dice sobre el “mundo de la mujer” y el “poder femenino”, a pesar de todas las leyes que supuestamente garantizan su igualdad, las trabajadoras todavía son uno de los sectores más explotados y oprimidos del proletariado.
En el pasado, la sociedad de clases condicionaba a las mujeres a que fuesen políticamente indiferentes, a no organizarse, y sobre todo, a ser pasivas y por lo tanto proporcionar una base social para la reacción. La burguesía utilizó los servicios de la Iglesia y la prensa burguesa (revistas femeninas, etc.,) para basarse en esta capa y mantenerse en el poder. Pero esta situación ha cambiado en la medida que se transforma el papel de las mujeres en la sociedad. Cada vez son menos las mujeres —al menos en los países capitalistas desarrollados—, que están dispuestas a mantenerse en la ignorancia y a someterse pasivamente al papel tradicional de kirche, kücher and kinder (iglesia, cocina y niños).
Este cambio es un fenómeno progresista que tendrá consecuencias importantes para el futuro. De la misma forma que la burguesía ha perdido su antigua reserva social de masas para la reacción entre el campesinado, en EEUU, Japón y Europa Occidental, las mujeres ya no constituyen esa reserva atrasada de la reacción como ocurría en el pasado. La crisis del capitalismo, sus constantes ataques a la mujer y a la familia, radicalizará aún más a amplias capas de las mujeres y las llevará en una dirección revolucionaria. Para los marxistas es importante comprender el gran potencial revolucionario que existe entre las mujeres.
Las mujeres potencialmente llegan a ser incluso más revolucionarias que los hombres, porque a menudo están más oprimidas que los hombres, están frescas y libres de la rutina conservadora que con frecuencia caracteriza la vida sindical “normal”. Cualquiera que haya presenciado una huelga de mujeres ha podido ver su tremenda determinación, coraje y empuje. Es un deber para los marxistas, tomar toda las medidas necesarias para animar a las mujeres a que entren y participen en los sindicatos, en igualdad de derechos y condiciones.

La cuestión de la mujer, teoría y práctica del marxismo

La cuestión de la mujer siempre ocupó un lugar central en la teoría y en la práctica del marxismo. En 1845 Engels había escrito La situación de la clase obrera en Inglaterra. Engels describe detalladamente las condiciones de vida y laborales completa La cuestión de la mujer siempre ocupó un lugar central en la teoría y en la práctica del marxismo. En 1845 Engels había escrito La situación de la clase obrera en Inglaterra. Engels describe detalladamente las condiciones de vida y laborales completamente insoportables de los trabajadores británicos en aquella época. Según las fuentes citadas por Engels, muchos de los trabajadores industriales eran mujeres. En las hilanderías las mujeres constituían aproximadamente el 70% de la fuerza laboral total (F. Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra. Panther Books, 1974, pág. 171, en la edición inglesa).
Engels cita un discurso de Lord Ashley en la Cámara de los Comunes en 1844: “De los 419.560 trabajadores industriales que en 1839 había en el imperio británico, 192.887 —casi la mitad—, tenían menos de dieciocho años de edad, y 242.296 eran mujeres…”.
Engels documenta sus vidas como trabajadoras, madres y esposas. “El trabajo fabril deja su huella en el físico femenino. Las deformidades creadas por ocho horas largas de trabajo son bastante más serias entre las mujeres. Las largas horas de trabajo a menudo originan deformidades en la pelvis, en parte debido al desarrollo anormal de los huesos de la cadera, y en parte también por deformaciones en la parte inferior de la columna vertebral” (Op. Cit., pág. 188).
“Esas trabajadoras tienen un parto más difícil que otras mujeres, y esto está confirmado por varias comadronas y obstetricias, también tienen más predisposición al aborto. Además, sufren el debilitamiento general que es común a todos los trabajadores, y cuando están embarazadas continúan trabajando en la fábrica hasta el momento del parto, de otra forma, perderían sus salarios y temen que se las sustituya si dejan de trabajar demasiado pronto. Con frecuenta ocurre que las mujeres están trabajando una noche y a la mañana siguiente, dan a luz en la fábrica entre la maquinaria… Si no se obliga a estas mujeres a regresar al trabajo en dos semanas, están agradecidas y se sienten afortunadas. Muchas regresan a la fábrica después de ocho e incluso después de tres o cuatro días… Naturalmente, el temor a ser despedidas, el miedo al hambre las lleva a la fábrica a pesar de su debilidad y desafiando al dolor” (Op. Cit., pág. 189).
“El empleo de mujeres con frecuencia rompe la familia, porque si la esposa trabaja doce o trece horas diarias en la fábrica y el marido trabaja el mismo tiempo aquí o en otra parte, ¿qué ocurre con los niños?”.
Engels también responde esta pregunta: “Crecen como la maleza salvaje; son puestos al cuidado de una niñera a cambio de un chelín o dieciocho peniques semanales, cómo les tratan no es difícil de imaginar. Por eso es tan elevado el número de accidentes que sufren los niños pequeños en los barrios obreros” (Op. Cit., pág. 171).
Según el informe que cita Engels, más del 57% de los niños de Manchester morían antes de cumplir los cinco años de edad. Engels escribía sobre la vida familiar del trabajador, casi imposible bajo el sistema social existente, con problemas domésticos interminables y riñas familiares. Y culpaba de esta situación a las “condiciones sociales existentes”.
Engels también demuestra que los propietarios de las fábricas solían seducir a las trabajadoras bajo amenaza de despido y algunos convertían su fábrica en un harén privado. De este modo se extendía la prostitución.
Este libro —La situación de la clase obrera en Inglaterra— demuestra que Marx y Engels conocían perfectamente la situación en la que se encontraban las mujeres de la clase obrera, y por supuesto estaban preocupados por la difícil situación de estas mujeres, como también se preocupaban por la difícil situación de la clase obrera su conjunto. Engels, en el libro acusa a la clase dominante de Inglaterra de ser la responsable de esta situación. En el mismo año —1845— Marx publicó La sagrada familia. Aquí parafrasea generosamente a Fourier y escribe: “Los progresos sociales y los cambios de periodos se operan en razón directa del progreso de las mujeres hacia la libertad y las decadencias de orden social se operan en razón del decrecimiento de la libertad de las mujeres… porque aquí, en la relación de hombres y mujeres, del débil y el fuerte, la victoria de la naturaleza humana sobre la brutalidad, es más evidente. El grado de emancipación de la mujer es la medida natural de la emancipación general”(C. Marx y F. Engels, La sagrada familia. Madrid, Akal Editor, 1981, pág. 215).
Marx no estaba en contra de la participación de mujeres y niños en la producción. Pero sí se oponía a las terribles condiciones en las que tenían que trabajar y vivir. En la reunión del Consejo General de la Internacional dijo lo siguiente: “No digo que sea un error que mujeres y niños participen en nuestra producción social”, sino “la forma en que tienen que trabajar” (Actas del Consejo General de la Internacional. Vol. II, pág. 232, en la edición inglesa).
Por esta razón la clase obrera tenía el deber de luchar por la protección de mujeres y niños, a través de la legislación, contra la peor clase de explotación. Y por supuesto para reducir la jornada laboral semanal.
Marx escribe en El Capital: “Los obreros tienen que juntar sus cabezas y, como clase, forzar una ley estatal, una barrera social prepotente, que les impida a ellos mismos venderse y vender a su descendencia para la muerte y la esclavitud mediante un contrato voluntario con el capital” (C. Marx, El Capital. Madrid, Akal Editor, 1976. Tomo I, Vol. II, pág. 400).
Marx consideraba que por un lado, sacar a las mujeres y niños del aislamiento social y de la opresión patriarcal de la familia campesina para que “cooperasen en la producción social, es una tendencia legítima, correcta y progresista”. Pero por otro lado “bajo el capital este proceso se convertía en una abominación” (C. Marx, La Primera Internacional, pág. 88, en la edición inglesa).
“La mujer se ha convertido en parte activa de nuestra producción social. Alguien que sepa algo de historia sabe que son imposibles las transformaciones sociales importantes sin la agitación entre las mujeres”, (C. Marx, Cartas al Dr. Kugelmann, en la edición inglesa).
Marx estaba a favor de la incorporación de las mujeres, como agentes activos, a la actividad política y en 1871 promovió una norma, y la Internacional la aprobó, en la que se recomendaba la creación de secciones de mujeres, sin excluir la posibilidad de que en ellas participasen ambos sexos. En esa época prevalecían unas condiciones de atraso donde se miraba con desprecio a las mujeres que participaban activamente en política o que asistían a las reuniones.
Después del colapso de la Primera Internacional, Marx y Engels participaron como consejeros en los partidos de la clase obrera recién creados y que más tarde conformarían la Segunda Internacional. Por ejemplo ayudaron a escribir el programa del Partido Francés de los Trabajadores para las elecciones de 1880. Marx escribió la introducción y en ella deja bien claro que “la emancipación de las clases productoras implica a todos los seres humanos sin distinción de sexo o raza” (C. Marx, La Primera Internacional, pág. 376, en la edición inglesa).
Además tenemos el libro de Engels El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado publicado en 1884. El libro en conjunto es un trabajo pionero, incluso los antropólogos, arqueólogos e historiadores de hoy en día se ven obligados a mencionarlo.
Desde su publicación se han realizado muchos descubrimientos, pero Engels en el libro aborda la cuestión de la mujer desde el punto de vista del materialismo histórico. Y demuestra que el patriarcado no es algo eterno, sino todo lo contrario.
Lenin siguió los pasos Marx y Engels y también consideraba muy importante el trabajo de los socialistas entre la mujer (y los hombres). En el apéndice del libro de Lenin La emancipación de la mujer, podemos encontrar Mis recuerdos de Lenin de Clara Zetkin. Y leemos lo siguiente:
“El camarada Lenin habló conmigo repetidas veces acerca de la cuestión femenina. Evidentemente, atribuía al movimiento femenino una gran importancia, como parte esencial del movimiento de masas, del que, en determinadas condiciones, puede ser una parte decisiva. De suyo se comprende que concebía la plena igualdad social de la mujer como un principio completamente indiscutible para un comunista” (Lenin, La emancipación de la mujer. Moscú, Editorial Progreso, 1979, pág. 105). Lenin no consideraba un tema secundario el trabajo de los comunistas entre las mujeres. Incluso expresó su descontento con aquellas secciones de la Internacional Comunista que no hacían lo suficiente en ese terreno y era muy sincero. “Saber movilizarlas [las masas femeninas] con una clara comprensión de los principios y sobre una firme base organizativa, es cuestión de la que dependen la vida y victoria del Partido Comunista. Pero no debemos engañarnos. En nuestras secciones nacionales no existe todavía una comprensión cabal de este problema” (Ibíd. pág. 125).
“Nuestras secciones nacionales conciben la labor de agitación y propaganda entre las masas femeninas, su despertar y su radicalización, como algo secundario, como una tarea que afecta exclusivamente a las mujeres comunistas (…) ¿En qué se basa esta posición errónea de nuestras secciones nacionales? (No hablo de la Rusia soviética). En definitiva, esto no es otra cosa que una subestimación de la mujer y de su trabajo” (Ibíd., págs. 125-126).
No es muy conocido que la hija de Marx —Eleanor—, jugó un papel activo en el trabajo entre las mujeres obreras en la industria del East End londinense. Eleanor publicó un artículo en la prensa en el que defendía la formación de un sindicato de mecanógrafas, formado por todas las trabajadoras, tanto las que trabajaban en casa como las que escribían en las oficinas de las empresas: “si quieres vivir de tu trabajo, tienes que trabajar con una presión enorme, durante ocho horas diarias o más” (Ivonne Kapp, Eleanor Marx, The Crowded Years, 1884-98, pág. 364, en la edición inglesa). ¡Qué relevantes suenan estas palabras cien años después!
Un importante punto de inflexión en la lucha de las mujeres en Gran Bretaña, fue la huelga de las cerilleras londinenses en 1888, éste era uno de los sectores más explotados y oprimidos de los trabajadores, y se rebelaron contra sus opresores. En la fábrica Bow en el pobre East End, todos los trabajadores eran mujeres, desde chicas de trece años a madres de familia. Las bárbaras condiciones laborales eran muy similares a las que hoy sufren los trabajadores del Tercer Mundo. El fósforo blanco utilizado para fabricar las cerillas producía una espantosa enfermedad que desgastaba los huesos de la mandíbula; éste era el resultado de comer en el centro de trabajo en una atmósfera contaminada por el fósforo. Los malos salarios empeoraban por el sistema de multas, con frecuencia se imponían por errores triviales que eran fruto de la fatiga. Gracias a este sistema los accionistas conseguían un dividendo del 22%.
En julio de 1888, las cerilleras dejaron a un lado sus temores y 672 mujeres iniciaron una huelga. A los quince días, gracias al apoyo de los sindicatos y a una campaña pública de recogida de dinero que consiguió la considerable suma de 400 libras, las mujeres consiguieron concesiones importantes. Estas trabajadoras no cualificadas organizaron el Sindicato de Manchester, el sindicato femenino más grande de Inglaterra. Esto fue un paso de gigante hacia adelante en la explosión del “Nuevo Sindicalismo” en Gran Bretaña, por primera vez el proletariado no cualificado se organizaba en sindicatos. De esta lucha se pueden extraer lecciones importantes y útiles para la situación actual; hoy, como hace cien años, muchos trabajadores no cualificados y semicualificados están desorganizados, y una parte importante son mujeres.

Los bolcheviques y la mujer

Los bolcheviques siempre dieron mucha seriedad al trabajo revolucionario entre las mujeres obreras. En concreto Lenin daba una enorme importancia esta cuestión, especialmente durante el periodo de insurrección revolucionaria de 1912-14, y en la Prime Los bolcheviques siempre dieron mucha seriedad al trabajo revolucionario entre las mujeres obreras. En concreto Lenin daba una enorme importancia esta cuestión, especialmente durante el periodo de insurrección revolucionaria de 1912-14, y en la Primera Guerra Mundial. Fue en esta época en la que comenzó a celebrarse el Día Internacional de la Mujer (el 8 de marzo) con manifestaciones masivas de trabajadores. No es casualidad que la Revolución de Febrero (marzo según el nuevo calendario) comenzara el Día de la Mujer, en que las mujeres se manifestaban contra la guerra y por el elevado coste de la vida.
Los socialdemócratas comenzaron a realizar un trabajo constante entre las mujeres obreras en el periodo de 1912-14. Los bolcheviques organizaron en 1913 el primer mitin para conmemorar el día internacional de la mujer trabajadora en Rusia. Ese mismo año, Pravda comenzó a publicar una página regular dedicada a los problemas que afectaban a las mujeres. En 1914 los bolcheviques lanzaron un nuevo periódico —Rabotnitsa (Mujer Obrera)—, el primer número apareció el día internacional de la mujer trabajadora, para distribuirlo en las manifestaciones convocadas por el partido. El periódico fue prohibido en julio junto con el resto de la prensa obrera. El periódico bolchevique se financiaba con el dinero que recogían las trabajadoras en las fábricas y ellas lo distribuían en los centros de trabajo. En él se informaba de las condiciones y las luchas de las trabajadoras, tanto en Rusia como en el extranjero, y desde sus páginas se animaba a las mujeres a que participaran junto con sus compañeros en la lucha. También se insistía en que rechazaran el movimiento femenino iniciado por las mujeres burguesas después de la revolución de 1905.
El trabajo revolucionario de los socialdemócratas rusos durante la Primera Guerra Mundial se enfrentó a enormes dificultades. El partido y los sindicatos estaban ilegalizados. En 1915 el movimiento empezó a recuperarse de los golpes recibidos en los primeros meses de la guerra. Un sector donde empezaron rápidamente a conseguir importantes avances fue entre las mujeres trabajadoras, muchas de ellas expulsadas del trabajo industrial. Cuando estalló la guerra, las mujeres eran un tercio de los trabajadores industriales, y esta proporción era aún mayor en la industria textil. Durante la guerra aumentó esta proporción en la medida que los hombres eran movilizados para ir al frente. La situación de las mujeres empeoró durante la guerra, muchas mujeres tenían que hacer frente solas al mantenimiento de sus familias, a las escaseces y al encarecimiento del coste de la vida. Las mujeres obreras participaron en muchas huelgas y manifestaciones para protestar contra los penurias derivadas de la participación de Rusia en la guerra.
El partido bolchevique estaba formado fundamentalmente por hombres (en el Sexto Congreso bolchevique celebrado en agosto de 1917, las mujeres eran el 6% de los delegados). El siguiente extracto es del panfleto titulado A las obreras de Kiev, distribuido por los bolcheviques en Kiev (Ucrania) el 8 de marzo en 1915. El panfleto nos da una idea de la forma en que los bolcheviques abordaban la cuestión de la mujer en su agitación pública. En él hacen un llamamiento para vincular la opresión de la mujer con el sufrimiento de los trabajadores, y la defensa de un programa para la liberación de la clase obrera en su conjunto:
“Es lamentable la suerte del trabajador, la situación de la mujer es incluso peor. En la fábrica, en el taller, ella trabaja para un empresario capitalista, en casa lo hace para la familia.

 

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Terminemos con la energía nuclear antes de que termine con nosotros

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 18 marzo 2011

Por Harvey Wasserman
 El pueblo japonés está pagando un precio horrible por el sueño imposible del “Átomo Pacífico”. Durante medio siglo le han dicho que lo que está pasando ahora en Fukushima no pasaría nunca.
Ante todo debemos solidarizarnos con ellos con nuestros corazones y nuestras almas. Como seres humanos, debemos hacer todo lo que podamos por aliviar sus heridas, sus terribles pérdidas y su inimaginable dolor. También estamos obligados –por el bien de todos– a asegurar que esto no vuelva a ocurrir.

En 1980, informé desde el centro de Pensilvania sobre lo que le pasó a la gente allí después del accidente en Three Mile Island un año antes. Entrevisté a numerosos estadounidenses conservadores de clase media que estaban enfermos y muriendo debido a una amplia gama de enfermedades relacionadas con la radiación. Vidas y familias quedaron destruidas en una horrenda plaga de inimaginable crueldad. La frase “nadie murió en Three Mile Island” es una de las peores mentiras expresadas por seres humanos.
En 1996, diez años después de Chernóbil, asistí a una conferencia en Kiev en conmemoración del décimo aniversario del desastre. Ahora, quince años después, se ha publicado un estudio definitivo que indica una cantidad de muertos que llega a 985.000… hasta ahora.
Hoy estamos en medio de un desastre sin fin a la vista. Por lo menos cuatro reactores se han incendiado. La empresa ha sacado a todos los trabajadores del lugar, pero ahora pueden estar enviando a algunos de vuelta.

 

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La experiencia de la Comuna de París

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 18 marzo 2011

Por Noel Manzanares Blanco

Aciertos, insuficiencias y objetivas limitaciones se inscriben en el acontecimiento que vio la luz el 18 de marzo de 1871, justamente cuando por vez primera en la Historia escrita el proletariado se hizo del Poder Político e intentó instaurar una sociedad equitativa y solidaria, pasaje conocido como la Comuna de París.
En los apenas 72 días que continuaron al trascendental suceso —se malogró el 28 de mayo del mismo año—, un verdadero ensayo de asalto al cielo escenificaron los comuneros, apreciable en las leyes que dictaron: decreto sobre el traspaso a los obreros de las empresas que quedaron abandonadas por la burguesía; licenciamiento oficial del Ejército permanente y la Policía, sustituidos por gente de pueblo; eliminación de la burocracia y ubicación en la gestión administrativa de funcionarios públicos electos y revocables, de acuerdo con la voluntad popular; y separación de la Iglesia del Estado.
No obstante, insuficiente resultó el complemento que necesitaba tales leyes, a saber: los comuneros paralizaron la ofensiva que debía garantizar la desarticulación de las tropas contrarrevolucionarias; al tiempo que fueron contemplativos ante la Banca —dinero que a la postre sirvió a las fuerzas enemigas.
Simultáneamente, se convirtió en obstáculo la ausencia de una vanguardia ideo-política organizada, capaz de conducir por el camino correcto la lucha revolucionaria, lo que en alguna medida redundó en el hecho de que no se lograra la indispensable alianza obrero-campesina. A ello se sumó otra limitación, desde el punto de vista objetivo: la posibilidad que tenían las fuerzas productivas de continuar su desarrollo en el marco de las relaciones de producción capitalistas, tal como certificó la misma práctica posteriormente.
Sin embargo, el revés de la Comuna de París se tradujo en experiencias que potenciaron ulteriores procesos revolucionarios. Así, ante el Movimiento Obrero Internacional se hizo evidente que no se debía aspirar al derrocamiento de la burguesía, si previamente no estaban creadas las condiciones objetivas y subjetivas. Al hacerse eco de la idea anterior, hacia mediados de 1915 Lenin arribó a la siguiente conclusión:
Para un marxista es indudable que la revolución es imposible sin una situación revolucionaria; además, no toda situación revolucionaria desemboca en una revolución. ¿Cuáles son, en términos generales, los signos distintivos de una situación revolucionaria? […] 1) La imposibilidad para las clases dominantes de mantener inmutable su dominación; tal o cual crisis de las “alturas”, una crisis en la política de la clase dominante, que origina una grieta por la que irrumpe el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución no suele bastar con que “los de abajo no quieran”, sino que hace falta además que “los de arriba no puedan” seguir viviendo como hasta entonces. 2) Una agravación, superior a la habitual, de la miseria y de los sufrimientos de las clases oprimidas. 3) Una intensificación considerable, por estas causas, de la actividad de las masas, que en tiempo de “paz” se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por toda la situación de crisis, como por los mismos “de arriba”, a una acción histórica independiente.
Sin estos cambios objetivos, no sólo independiente de la voluntad de los distintos grupos y partidos, sino también de la voluntad de las diferentes clases, la revolución es, por regla general, imposible. El conjunto de estos cambios objetivos es precisamente lo que se denomina situación revolucionaria. [… pero] no toda situación revolucionaria origina una revolución, sino tan solo la situación en la que a los cambios objetivos arriba enumerados se agrega un cambio subjetivo, a saber: la capacidad de la clase revolucionaria para llevar a cabo acciones revolucionarias de masas suficientemente fuertes para romper (o quebrantar) el viejo gobierno, que nunca, ni siquiera en épocas de crisis, “caerá” si no se le “hace caer”.

 

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