Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

La revolución española, de León Trotsky

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 20 mayo 2011

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

La crisis de la dictadura de Primo de Rivera –cuyo poder «se desinfló»– y el advenimiento de la IIª Re­pública ponen en actualidad, para Trotsky, «las tareas democrático-burguesas» específicas que tiene el país por resolver. Estas tareas, que son las que las masas empiezan a exigir en el trabajo y en las calles, no podrán ser resueltas por los burgueses republicanos. “No puede esperarse de ellos, escribe en 1931, ni la expropiación de las grandes propiedades de los hacendados, ni la liquidación de la situación privilegia­da de la Iglesia católica, ni la depuración radical de los establos de Augias de la burocracia civil y mi­litar”.
En su opinión, le correspondía a la clase obrera española arrastrar al campesinado y al conjunto de los oprimidos y llevar a fin la revolución democrática. Esto sólo lo podrá hacer sí instaura una dictadura de clase y comienza al mis­mo tiempo el camino del socialismo. Entiende que el proceso revolucionario español es más profundo que el ruso, ya que en España concurría un nivel de organización y de cultura superior en las masas y porque el ascenso del fascismo y la incapacidad de la burguesía republi­cana está evidenciando aún más radicalmente, sí cabe, los antagonismos de clase. La cuestión de las cuestio­nes radica, a su juicio, en saber sí a este nivel de con­ciencia le va a corresponder una dirección revolucio­naria representativa y capacitada.
Dentro de esta documentación se puede registrar como Trotsky va analizando el desarro­llo de la conciencia revolucionaria del movimiento obrero español, cuya tradición “radical” se remontaba a la Iª Internacional y la crisis social de la Iª República. Cuando conoce que frente a la dictadura, han sido los estudiantes los que más se han molido, ve en ello un fenómeno típico que preludia la irrupción del movi­miento obrero. En las primeras movilizaciones huel­guísticas distingue un primer «período del despertar de las masas, de su movilización, de su entrada en la lu­cha». Después del ascenso de Hitler y de la victoria radical-cedista, este despertar se hace ostensible. Trotsky también criticó duramente a las diferentes formaciones obre­ras existentes. Los socialistas aplazan la revolución pro­letaria para un futuro indeterminado y ahora apoyan a los republicanos en sus medidas contra las masas. El partido comunista estaba arruinado por su ultraizquier­dismo, que le llevó a querer enfrentarse contra la Re­pública, a la que apenas sí distinguió de una mera prolongación de la dictadura: Los mejores elementos del partido estaban fuera de él, entre ellos, Maurín y la misma Oposición en la que Trotsky tenía grandes esperanzas. Sin duda los mejores militantes del proletariado español estaban en la CNT. Para Trotsky, esta confederación había podido seleccionar lo mejor de la clase obrera aunque, des­graciadamente, esto significaba que estaba orientada por el «cretinismo antiparlamentario» de los anarquistas que «niegan la política hasta el momento en que los toma por el cuello; entonces le hacen lugar a la política de la clase enemiga».

Su obsesión era la siguiente: la revolución necesitaba, primero, un nuevo partido, segundo un partido, y tercero un partido. Para lle­varla a buen puerto, los comunistas auténticos tenían que luchar por conquistar a las masas para desplazar la influencia de socialistas y anarquistas, dentro de la perspectiva del frente único. En un principio, de acuer­do con su línea de reformar la Internacional, Trotsky llama a la Oposición española a ganar la mayoría en un partido comunista único. Después del giro efectuado tras la de­rrota del proletariado alemán, surgirán los problemas con Andreu Nin y Juan Andrade en torno a la táctica de la construcción de dicho partido.

Como ya hemos indicado, el ascenso fascista en Europa influye decisivamente. Las fuerzas de la reacción se preparan. La burguesía apoya con una mano a la CEDA (y a los “radicales”, muy ligados a casos de corrupción como en Francia), que desde el poder hablan de la instauración de una dictadura corporativa coman­dada por su « jefe» Gil Robles. Con la otra empieza a mover los hilos de la conspiración militar fascista de acuerdo con el Duce. El partido azañista demostó su debilidad al no contar con el decidido apoyo socialista. En las nacionalidades, los partidos nacionalistas de masas –ERC y PNV– no se muestran capaces de en­cauzar el movimiento semiinsurreccional de 1934. Los socialistas están divididos entre una derecha socialdemócrata clásica (Prieto) y una izquierda que repite en gran me­dida el léxico de Lenin y Trotsky. La CNT sufre de otra manera su división entre los «trentistas» y los «faístas»… La carta de Trotsky del frente único y la de Stalin del Frente Popular ocuparán durante dos años una gran importancia. Se trata de dos estrategias opues­tas, pero, cada una a su manera, sumamente coherentes.
A pesar de su debilidad –no obstante, contaba en 1932, al menos, con cerca de 2.000 militantes, una cifra aproxi­mada a la del PCE–, la Izquierda Comunista, contaba con una cierta influencia, que se tras­lucía muy vivamente entre los «caballeristas» como Araquistáin y, sobre todo, entre las Juventudes Socia­listas dirigidas por Santiago Carrillo que llamaban a los trotskistas para «bolchevizar» el PSOE.
Para Trotsky, la mejor manera de construir en poco tiempo un partido para la revolución española empe­zaba por el trabajo fraccional en el seno del socialismo, argumentaba a su favor diversas razones. El PSOE su­fría una poderosa radicalización por abajo y se situa­ba, de hecho, a la izquierda del estalinismo. Todavía sobrevivían en su interior ciertas tradiciones democrá­ticas a las que el PCE era ya completamente ajeno. Las mismas Juventudes que cali­ficaba a los “trotskistas” de ser «los mejores revolucionarios y mejores teóricos de España» ), para empujar a la enorme masa de seguidores de Largo Caballero hacia posiciones ne­tamente revolucionarias, la mano izquierda de caballero, Luis Araquistain habla en términos elogiosos de Trotsky y se plantea la creación de una nueva Internacional . De acuerdo con él estaban Nin y pocos más. La mayoría de la Izquierda se orientó ha­cia la unificación con el partido de Maurín sobre la base de un programa que sintetizaba el de ambas orga­nizaciones.

 


Cuando el abismo social que situaba a ka burguesía y al proletariado en lugares opuestos, la desprestigiada coali­ción republicano-socialista fue revitalizada con la fór­mula del Frente Popular auspiciada por Stalin. Sobre los cimientos programáticos del azañismo (principio de autoridad, no a la entrega de la tierra a los campesinos, interés nacional, no al control obrero ni a la nacionali­zación de la Banca, una república democrática y «no dirigida por motivos sociales», Sociedad de Naciones, o sea legalidad democrática liberal, y no propuestas de transformación social como se podía esperar), se firma en enero de 1936 un pacto que com­prende a la «sombra democrática de la burguesía» ya los partidos obreros, entre ellos el POUM. Para Trotsky se trata de algo imperdonable: ¿cómo podía el POUM conciliar sus críticas al Frente Popular hechas en la víspera, con su firma vergonzante de este pacto?.. La respuesta del firmante del acuerdo, Juan Andrade, había que encontrarla en el fracaso de la huelga general de 1934 que había llenado las cárceles de militantes presos, y por cuya amnistía la clase obrera estaba dispuesta a dejar en segundo término sus reivindicaciones, incluso en esta ocasión, la élite anarquista de la CNT no llamó esta vez a la abstención. En este punto, Trotsky padecía de una notable falta de información.
En febrero de 1936, el pueblo que habían votado la coalición se sintió victorioso, e imprimió una orientación ra­dical a esta victoria. La burguesía y los terratenientes ya tenían en avanzado estado de gestación el pronunciamiento contrarrevolucionario. Pero, a pesar de que esto era un secreto a voces, los dirigentes frentistas no movieron un solo dedo para impedirlo: los gober­nantes republicanos confiaban en poder encauzar al ejército contra la revolución. La insurrección militar-fascista del 18 de julio tuvo su contrapunto en una revolución de obreros y campe­sinos, quienes –traicionados por los gobernantes repu­blicanos que se negaron a facilitarle armamento, a ve­ces confiados en la «palabra de honor» de republicanos de algunos mandos militares facciosos, sin más armas que las improvisadas y arrebatadas al enemigo– em­pezaron la guerra con una resonante victoria. La mayo­ría de las principales capitales quedaron en manos de los comités antifascistas. Comenzó, como en la Comuna de París o en Octubre –incluso más profundamente–, el derrocamiento del poder político, social e institucional anterior…
El poder republicano-liberal quedó en el aire. Pero nadie culminó esta revolución. Los anarquistas se dedicaron a apoyarlo ya hacer la revolución en las co­lectividades, los estalinistas y los prietistas se dedicaron con todo su empeño a devolver el poder al Frente Popular. Trotsky escribió entonces: “Renunciar a la conquista del poder es dejárselo voluntariamente a quienes ya lo tienen, a los explotadores. El fondo de toda revolución ha consistido y consiste en llevar a una nueva clase .al poder y darle así las posibilidades de realizar su programa (…). Rechazar la conquista del poder, lanza inevitablemente a toda organización obrera en el pantano del reformismo y la convierte en juguete de la burguesía; no puede ocu­rrir de otro modo, dada la estructura de la sociedad.
La alternativa para Trotsky –con la que básicamente el POUM estaba de acuerdo– no era entre fascismo y democracia burguesa (que en realidad, sólo una minoría, una “sombra” de burgueses liberales defienden), sino entre fascismo y socialismo (que em­pieza abordando y resolviendo las tareas democráticas). El grueso burguesía, en su principal componente, ya había optado por el fas­cismo; el capital financiero ya se había comprometido con Franco y el ejército, lo tenían claro desde el principio. Sin embargo, el movimiento obrero por sí mismo no se planteaba en toda su conciencia que para defenderse necesitaba culminar con la con­quista del poder la opción que instintivamente le llevaba hacia el socialismo, un ideal por el que millares de personas habían estado trabajando desde los tiempos del socialismo utópico, y sobre todo desde la Primera República. Sin embargo, a pesar de que la representación burguesa quedó limitada al máximo, el afán de comunistas y socialistas era la reconstrucción del poder republicano burgués con el pretexto de fa­cilitar la colaboración de las democracias occidentales, las primeras que ni siquiera cumplirán sus obligaciones como Estado en acciones tan obvias como la venta de armas adquiridas legalmente por el gobierno de la República (y ya pagadas religiosamente, como en el caso de la Francia presidida por León Blum).
En Cataluña, la Ezquerra de Luís Companys fue el elemento clave de esta reconstrucción. Y, sin embargo, para Nin, conseller de Justicia, muy ingenuamente, en Cataluña ya estaba de hecho viviéndose la dictadura del proletariado. Para Trotsky, por el contrario: “Nin ha transformado la fórmula leninista, práctica­mente, en su negación; ha entrado en un gobierno burgués que tenía por objetivo expoliar y ahogar todas las adquisiciones, todos los puntos de apoyo de la naciente revolución socialista. El fondo de su pensa­miento es más o menos éste: como ésta es una revo­lución socialista «por esencia», nuestra entrada en el gobierno no puede menos que ayudarla (…). ¿Nin ha reconocido que la revolución es socialista «por esen­cia»? Sí, lo ha proclamado, pero sólo para justificar una política que minaba las bases mismas de la revolución”.
Al igual que el POUM (y parte de la CNT) también arremete contra la tesis de «primero la guerra, lue­go la revolución», una división que resultaba absolutamente extraña en la tradición revolucionaria: “En la guerra civil, escribe, incomparablemente más que en una guerra común, la política domina la es­trategia (…). Durante los tres años de nuestra guerra civil, la superioridad del arte y de la técnica militar estaba, a menudo, del lado enemigo, pero, al fin, lo que triunfó fue el programa bolchevique. El obrero sabía perfectamente por qué luchaba. El campesino dudó largamente, pero cuando comparó, por experien­cia, los dos regímenes, sostuvo finalmente el campo bolchevique. En España, los estalinistas que han diri­gido desde arriba el coro, han danzado la fórmula a la que se ha adherido Largo Caballero: primero la victoria militar, y luego las reformas sociales. Al no ver en la realidad diferencias radicales entre los dos programas, las masas trabajadoras, sobre todo los campesinos, caen en la indiferencia. En estas condi­ciones, vencerá inevitablemente el fascismo, porque la ventaja puramente militar está a su lado. Las reformas sociales audaces constituyen el arma más eficaz en la guerra civil y Ia condición fundamental de la victoria sobre eI fascismo”.
Trotsky hizo recaer sobre el estalinismo la principal responsabilidad de la derrota, ya que fue el más con­secuente adversario de la revolución en la «zona roja»: “Stalin, ciertamente, ha intentado transportar al suelo español los procedimientos externos del bolchevismo político comisarios, células, GPU, etc. Pero había ya vaciado estas formas de su contenido socialista. Había rechazado el programa bolchevique y, con él, los so­viets, en tanto que formas necesarias para la iniciativa de las masas. Puso la técnica deI bolchevismo al ser­vicio de la propiedad burguesa. En su estrechez buro­crática, imaginó que los comisarios, por sí mismos, podían asegurar la victoria. Pero los comisarios de la propiedad privada no han podido ser capaces más que de asegurar la derrota (…). No faltaron ni el he­roísmo de las masas ni el coraje de los revolucionarios aislados. Pero Ias masas fueron abandonadas a sí mis­mas y los revolucionarios al garete, sin programa, sin plan de acción. Los jefes militares se preocuparon más por el aplastamiento de la revolución social que por las victorias militares. Los soldados perdieron confianza en sus comandantes, las masas en los go­biernos; los campesinos quedaron descartados, los obreros se cansaron, Ias derrotas se sucedieron, la des­moralización creció. No era difícil prever todo esto al comienzo de la guerra civil. Proponiéndose como tarea la salvación del régimen capitalista, el Frente Popu­lar estaba destinado a la derrota militar. Poniendo cabeza abajo el bolchevismo, Stalin ha cumplido exito­samente el principal papel de sepulturero de la revo­lución”.
Posteriormente, Trotsky se refirió constantemente a «las lec­ciones de la guerra y la revolución española» que, en resumen, venían a ser las siguientes: la burguesía in­ternacional ha hecho en España frente único contra la revolución, los Hitler, Mussolini y Salazar ayudaron directamente a Franco, las «democracias occidentales» lo hicieron indirectamente. La burguesía española jugó, con todas las consecuencias, la opción contrarrevolu­cionaria. Sólo una pequeña representación de la bur­guesía liberal (su «sombra» compuesta por intelectua­les y políticos) optó por la «zona roja»; pero la burguesía, por sí misma, jamás hubiera podido jugar un papel hegemónico. Fueron el estalinismo y el ala socialdemócrata del PSOE, quienes recompusieron el poder burgués (el gobierno, la policía, la Iglesia, el orden, etc.) en zona roja, ahogando para ello la revolución. Los caba­lleristas sirvieron, como representantes del gobierno, de puente entre la revolución inconclusa y la restaura­ción republicana. Los anarquistas se dedicaron de un lado a constituir colectividades que, al tiempo que resultaban creaciones proletarias, no se oponían al poder “legítimo”. Cuando el gobierno de Negrín se sintió seguro, mandó las tropas contra las colectivizaciones como evoca el filme Tierra y Libertad, en una escena especialmente dramática y memorable.
Para Trotsky: “La revolución española muestra, una vez más, que es imposible defender la democracia contra las masas populares de otra manera que no sea con los métodos de la reacción fascista. E inversamente, que es im­posible librar una batalla verdadera contra el fascis­mo, de otro modo que no sea con los métodos de la revolución proletaria. Stalin ha luchado contra el trotsquismo (la revolución proletaria) destruyendo la democracia con medidas bonapartistas y con la GPU. Esto refuta una vez más, y definitivamente, la vieja teoría menchevique de la que se ha apropiado el Komintern, teoría que divide la revolución en dos ca­pítulos históricos independientes, separados uno del otro en el tiempo. La obra de los verdugos de Moscú confirma a su manera, la justeza de la teoría de la revolución permanente”. Y la victoria militar-fascista demostró, por si hacía falta, que el dilema entre el socialismo o la barbarie no pudo mostrar mayor vigencia. Lastimosamente, la historia que siguió fue la más triste de todas las historias posibles, y después del desastre se requirió muchos años y esfuerzo para lograr las libertades y muchos derechos sociales, los mismos que ahora están pisoteando con buenas palabras.

Por lo demás, resulta evidente que la historia pasó muy lejos del horizonte previsto por Trotsky que estaba muy lejos y se equivocó en muchas apreciaciones (sobre todo con el POUM que no superar una situación tan adversa como la que sufrió Trotsky en la URSS contra Stalin), y no sería hasta la segunda mitad de los años sesenta que estos escritos comenzarían a tener sentido para los sectores más radicales de una nueva generación. La del 68 que tomó buena nota de este libro que ahora debemos de ver con todas luces y también con todas sus sombras

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