Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

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La revolución alemana de 1918-19

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 14 enero 2012

Por Rob Sewell

El 15 de enero de 1919 fueron asesinados Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, máximos dirigentes del Partido Comunista Alemán. En el aniversario de su asesinato, publicamos un capítulo que forma parte del libro From Revolution to Counter-Revolution de Rob Sewell, analizando los orígenes y el desarrollo de la revolución alemana de 1918-19.
(…) El viejo régimen sintió que el suelo se movía bajo sus pies. El creciente fermento revolucionario en el frente combinado con las oleadas de huelgas en las ciudades engendró un sentimiento de pánico en la clase dirigente. Según palabras del Secretario de Estado, Hintze, ‘ hay que prevenir una agitación desde abajo por medio de una revolución desde arriba.’
Como resultado, se estableció un gobierno “parlamentario” con el primo del Kaiser, el Príncipe Max von Baden, a su cabeza. Incluido entre sus miembros, como medio para apaciguar a las masas, estaba el socialdemócrata Philipp Scheidemann.
En octubre se aprobó una amnistía para los prisioneros politicos, resultando la liberación de Karl Liebknecht, quien fue saludado por 20.000 trabajadores en Berlin. Pero la amnistía no se aplicó para Rosa Luxemburgo que continuó estando en ‘detención preventiva’.
Pero las reformas llegaban demasiado tarde. Los frentes militares comenzaban a colapsarse y hubo más de 4.000 deserciones en 1918. Los generales del Estado Mayor, Ludendorff y Hindenburg, habían escrito al nuevo gobierno proponiendo un armisticio a los Aliados pero fue rechazado. El 28 de octubre de 1918, el Alto Mando alemán, en una jugada desesperada, decidió una batalla naval en el Mar del Norte para conservar el honor de la marina alemana, arriesgando las vidas de 80.000 hombres. Esto probó ser la gota que colmaba el vaso.
Jan Valtin, miembro de la Liga Espartaquista de la Juventud, relata lo que ocurrió en su autobiografía La noche quedó atrás: [1]
“Hacia finales de octubre de 1918 nos escribió nuestro padre, informándonos de que la Flota de Alta Mar recibió la orden de hacer un ataque final contra Inglaterra. No había ningún secreto en ello. Nos dijo, en su manera brusca, que los oficiales lo revelaban noche por noche. Hablaban del ‘paseo de la muerte’ de la flota. El rumor decía que la flota recibiría orden de entablar batalla para salvar el honor de la generación que la construyó.
‘Su honor no es nuestro honor’, comentó mi padre secamente.
“Días después la flota se hacía a la mar. El pueblo de Bremen estaba más furioso que nunca.
“Después llegaron noticias asombrosas. ¡Motín en la flota del Kaiser! A los jóvenes de la burguesía, que se alistaban como marineros por deporte, los dejaron regresar entonces a casa. Vi a mujeres que se burlaron y se lamentaron porque tenían a sus hombres en la flota. Desde las ventanas y puertas, y frente a los almacenes, se oían las angustiadas preguntas: ‘¿Ordenarán salir a la flota?… No, la flota no debe salir. Eso sería un asesinato ¡Terminemos con la guerra!’. Los más jóvenes gritaban,” ¡Hurra!'”
Los amotinados en Kiel habían tomado el barco Thueringen. Echaron las anclas y desarmaron a los oficiales. El barco de guerra Helgoland le siguió entonces. La flota comenzó a regresar a puerto. Como resultado del motín, 580 hombres de ambos barcos fueron arrestados y encarcelados. Valtin continúa:
“Esa noche vi a los marineros amotinados entrar en Bremen en largas caravanas. Las banderas rojas ondeaban, y las ametralladoras estaban montadas sobre los camiones. Por millares la gente llenaba las calles. A menudo los camiones se detenían y los marineros cantaban y rugían para que les dejaran paso libre…
“Me dirigí hacia Brill, una plaza en el centro occidental de la ciudad. Desde allí tuve que llevar muy lentamente mi bicicleta a través de la multitud. La población entera estaba en las calles. Desde todos los lados, las masas, un mar de gentes que se movían y empujaban, con sus rostros desfigurados, se dirigían hacia el centro de la ciudad. Muchos de los obreros estaban armados con pistolas, con bayonetas, con martillos. Entonces, y más tarde, sentí que el aspecto de los obreros armados inflama la sangre de aquellos que simpatizaban con los manifestantes. Cantando roncamente, se encontraba allí un grupo bastante numeroso de presidiarios que habían sido liberados de la prisión de Oslebshausen, cuando pasaba por allí un camión de marineros. Muchos de ellos traían puestos capotes verdes de militares sobre su atuendo de la prisión. Pero el verdadero símbolo de esta revolución, que realmente no era sino una rebelión, no eran los obreros armados ni los convictos que cantaban, sino los amotinados de la flota, con las cintas de sus gorras al revés y sus carabinas colgando sobre sus hombros, las culatas arriba y los cañones hacia abajo…
“Al pie de la estatua de Rolando se quejaba una vieja mujer asustada. ‘Ach du liebe Gott’ [Oh, Dios mío], gritaba con voz penetrante ‘¿Qué significa todo esto? ¿Hasta dónde se llega en este mundo?’ Un joven obrero, alto y enérgico, que daba de vez en cuando estruendosos vivas al triunfo y a quién yo había seguido desde Brill, asió por los hombros a la vieja. Se reía a carcajadas. ‘La revolución ‘, él retumbó. ‘ Sí, esto es la revolución, señora’.”
El 3 de noviembre la revolución había comenzado con el motín naval en Kiel. 40.000 marineros y estibadores surgieron a través de las calles y un consejo de trabajadores y marineros asumió el control de la ciudad. El 4 de noviembre la revolución se extendía: las banderas rojas ondeaban en cada barco. El 6 de noviembre, consejos de marineros, soldados y trabajadores tenían ahora el poder en Hamburgo, Bremen y Lübeck. El 7 y 8 de noviembre Dresde, Leipzig, Chemnitz, Magdeburgo, Brunswick, Frankfurt, Colonia, Stuttgart, Nuremberg y Munich les siguieron. No fue hasta el 9 de noviembre cuando se estableció el Consejo de soldados y obreros en la capital, Berlín, anterior centro de la revolución ¡En el Cuartel General del Ejército!
Sobre la última década, poco más o menos, una nueva raza de aprovechados consiguió llegar a la cima del SPD, gente como Friedrich Ebert, Gustav Noske y Philipp Scheidemann. Es irónico que individuos como Eduard Bernstein se hubieran acercado a la izquierda durante la guerra y hubieran terminado en el centrista USPD. [2]
Los nuevos líderes socialdemócratas miraban con desprecio a los trabajadores ordinarios. Scheidemann por ejemplo, exclamaba con absoluto horror que él ‘¡Fue llevado a hombros por soldados condecorados con la Cruz de Hierro!’ Él rápidamente advirtió al Palacio del Emperador que: ‘Hemos hecho todo lo que está dentro en nuestra mano para tener a raya a las masas, ‘ y urgió al Kaiser a que abdicara para reprimir la cólera de los trabajadores.

‘Odio la revolución como al pecado’

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