Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

El último Bertrand Russell

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 18 enero 2013

Bertrand Russell-Fidel Ernesto Vasquez

Aunque no se pueda decir que Bertrand Russell haya sido tan maltratado como Sastre, no por ello deja de estar en las “listas negras” del pensamiento único. La imagen suya que “se vende” en los medias anula su parte airada. Se omite la parte final de su vida, la historia de aquel anciano que a sus noventa años se convirtió en uno de los portavoces más respetados de la izquierda en general, y de la contestataria en particular. La foto de Russell que actualmente llega “al mercado”, tiene al menos una grosera deformación, y una amputación. En el primer caso pasa por hacer de él un anticomunista vulgar, rasgo que se incluye hasta en los bocetos biográficos más breves. Por el contrario, su actuación cuando en 1967 presidió el Tribunal Russell contra los crímenes de guerra perpetrados por el imperialismo norteamericano contra los pueblos, de Vietnam, Laos y Camboya, desaparece por lo general hasta en los bocetos más desarrollados…
En estos tiempos revueltos, Lord Russell pasó a ser uno de los activos más resonantes de la generación de los sesenta, sobre cuyas causas se pronunció con admiración y rotundidad. Y así fue reconocido por los jóvenes. De ahí que en el momento de su fallecimiento, el día 2 de febrero de 1970, fuese un tiempo de luto para todos los que habían hecho suya la cultura de la protesta, sobre todo para los vietnamitas que nuca olvidarían lo que Russell hizo por su causa. Aquel día y los siguientes, se improvisaron numerosos actos de homenaje espontáneos aquí y allá. Personalmente, la memoria me lleva a uno rebosante en la Sorbonne, en París, y según me contaron por entonces, en Barcelona y en plena clandestinidad, se escenificó otro especialmente masivo en la Escuela Profesional del Clot.
Por entonces, buena parte de sus libros, sobre todo los más inconformistas, eran asequibles en las ediciones de bolsillo (1), y quien y quien menos sabía que se trataba de un cierto arquetipo próximo al de Einstein. Alguien cuyas aportaciones obligan a una división amplia en la que habría que incluir, primeramente su producción como filósofo y matemático por lo que ya ocuparía un lugar en la historia de la cultura. Otro aparte abarcaría sus aportes y posicionamiento como crítico social e intelectual libre y comprometido, en tanto que una tercera nos llevaría a su vertiente volteriana…A esto habría que añadirle su faceta de escritor, autor de obras de diversos géneros, fue un muy discutido Nobel de Literatura en 1950, un terreno en el que sus aportaciones no son tan reconocidas.


En los bocetos sencillos, se cuenta con mayor o menor detalle que Lord Russell era nieto del primer conde de Russell, sucedió a su hermano en el título en 1931. Se educó privadamente y en Trinity College, Cambridge, donde estudió matemáticas y ciencias morales, y fue nombrado “Fellow” en 1895. Realizó considerables aportaciones a las matemáticas. Alcanzó la celebridad por la forma con que intentó aplicar la claridad y la definición que admiraba en los razonamientos matemáticos a la solución de problemas en otros campos, en especial la ética y la política. A una vida intelectual atareadísima, Russell añadió el fervor y el celo activo de un reformador social, siempre imbuido de humanismo y materialismo filosófico y por principio, opuesto a todo dogmatismo (político, social o religioso). Los movimientos en los que sus actividades tuvieron mayor efecto fueron la educación y el pacifismo. Dirigió una escuela avanzada (“anarquista”, se dijo en la prensa conservadora) en Sussex de 1927 a 1932. Su propósito era impulsar el desarrollar las facultades creadoras del hombre, que Russell consideraba como principios del desarrollo, y exigía la total libertad de pensamiento y de palabra, con los que el ámbito de su reforma educativa comprendía aspectos sociales, éticos y sexuales. También fue miembro airado -“subversivo” según la prensa “torie”- de la Cámara de los Lores, razones por la cual era habitualmente tachado por la prensa reaccionaria de “chalado”, “extravagante”. En 1920, dirigirá con ella una escuela experimental que causó un gran escándalo en la opinión pública conservadora. De todos y todas es reconocido que Russell fue desde siempre un defensor de los derechos de las mujeres, un activista solidario con las “sufragistas”, y un defensor de todas las libertades, lo que se dice un librepensador. Cuando no había cumplido todavía los treinta años, Russell dejó toda su fortuna familiar a la causa que apoyaba.
Antes de la I Guerra Mundial, cuando había complementado su colaboración con Alfred N. Whitehead su obra principal Principia Mathematica. Durante dicha guerra fue expulsado de su puesto en el Trinity College de Cambridge por haber escrito folletos contra la conscripción y fue encarcelado durante seis meses por sus opiniones pacifistas. Así pasó a ser un portavoz del movimiento internacional contra la guerra, viajando por donde le dejaban y denunciando las atrocidades infligidas en nombre de la Patria. Russell mantendrá integra sus posiciones hasta la víspera de la II Guerra Mundial, justificando entonces la lucha armada contra el nazi-fascismo.
Su oposición rotunda a la Primera Guerra Mundial llevó a Russell a evolucionar desde el liberalismo radical al anticapitalismo. Desde entonces, no dudó que había sido este sistema el principal responsable de aquella atroz matanza, así declaró sin tapujo que “el actual sistema capitalista está condenado a muerte”. Russell pensaba que algunos de los poderes del Estado habían de ser incrementados, pero lo consideraba un mal necesario. Baste recordar que Russell no dudó en enfrentarse a la opinión pública y a los poderes establecidos por sus ideas. Así por citar un ejemplo, denunció la situación de la educación de los adultos en los Estados Unidos puede ser medida por el hecho de que en 1940, un hombre de su talla fue hallado como incapacitado para enseñar en el City Colegue de Nueva York por causa de su “actitud inmoral y lúbrica en relación con el sexo”. Un magistrado de la Corte suprema del estado de Nueva York anulará su nominación, calificándola de tentativa de instalación de una “cátedra de indecencia”. El poco respeto que Russell mantenía hacia las autoridades establecidas fue una constante en su trayectoria.
Con su versátil y arrolladora personalidad, siempre actuó como un personaje llamado Lord Russell pero se permitió ser un Lord con un toque ácrata. Alguien empero que declaraba no estaba dispuesto a morir por una idea porque creía que tal idea podía estar equivocada. Sus opciones pues, eran más propias de un idealista escéptico que de alguien que combatía como parte de un movimiento.

Una revolución desconcertante

Afirmar que testimonio de Bertrand Russell sobre la revolución rusa y del régimen soviético, es un dictamen descalificar se ha convertido en un lugar común que se repite en los medios hasta la saciedad (2).
Sin embargo, una lectura detallada demuestra que se trata de una apreciación interesada, en primer lugar porque el suyo es un testimonio muy circunstancial, el propio de un viaje precipitado, en base al cual Russell escribió su testimonio “como todo el mundo”, un testimonio que se situó en una cierta equidistancia entre los socialdemócrata –como fue el caso la señora del diputado Philip Snowden, enfadada por las incomodidades del periplo- que descalificaron el proceso, como de quienes lo justificaron arguyendo que la crítica podía ser utilizada por los “tories”, lo cual, todo hay que decirlo, no era un argumento menor, sobre todo considerando que Gran Bretaña fue la principal instigadora de la recomposición del ejército blanco –en realidad, casi unas “brigadas internacionales” contrarrevolucionarias-, y no cesó en su empeño de derrocar el nuevo régimen hasta 1929. Segundo, porque dicho testimonio no resume –ni mucho menos- toda la evolución de Lord Russell sobre lo que podíamos llamar “la cuestión comunista”, un tema sobre el que se puede hablar de diversas fases que no pueden reducirse al rechazo, ni mucho menos.
La primera estuvo motivada por el entusiasmo, así escribió en 1918: “El mundo es condenable. Los únicos puntos luminosos son Lenin y Trotsky.”; y más adelante: “Cada vez crece más la esperanza en el mundo. Los bolcheviques me encantan, y perdono fácilmente que entrasen a saco en la Asamblea Constituyente, si esta se semejaba a nuestra Cámara de los Comunes… ¡Qué éxito el suyo!… Han suscitado la revuelta en Austria y Alemania, incluso han hecho pensar a algunos ingleses…, pero jamás harán pensar a Norteamérica.”
Su visita se produjo en el verano de 1920, cuando fue invitado como miembro no oficial de una importante delegación laborista. Permanecieron en Rusia desde el 19 de mayo hasta el 16 de junio, y llegaron en tal estado de entusiasmo, que cuando alcanzaron la frontera, los delegados rompieron espontáneamente a cantar la Internacional y Bandera Roja. Viajaron de un lado a otro en trenes especiales, adornados con banderitas rojas, verdes ramas de árboles y profusión de divisas sobre la revolución mundial. Al no tener las obligaciones de la delegación oficial, Bertrand pudo perderse por las calles, y tratar a la gente directamente. “La impresión general —dijo—es la de una actividad virtuosa y bien ordenada.” Desde su punto de vista, los bolcheviques se parecían bastante a los puritanos. La comparación acaso fuese un poco injusta para los últimos, pero debe recordarse que Russell abrigaba contra los puritanos todo el odio que solamente puede abrigar quien también sea puritano. “La forma soviética de Gobierno—dijo—es casi exactamente la misma, hasta el menor detalle, que la forma de Gobierno establecida en Inglaterra por Cromwell en el siglo XVII. Ambas pertenecían a una fase un tanto similar del desarrollo económico, con un sistema feudal en decadencia, una clase media gradualmente emergente y una población analfabeta en su mayoría. Y el Ejército Rojo era el equivalente del Ejército de Santos de Cromwell, mandado por hombres elegidos por la fuerza de su convicción en un credo”.
Russell pudo entrevistarse con Trotsky (“Impresión muy napoleónica. Ojos brillantes, porte militar, inteligencia relampagueante, personalidad magnética. Excelente estampa, que me sorprendió. Debía de ser irresistible con las mujeres, y agradable amante mientras le durase la pasión. Percibí una veta de buen humor en tanto no se le contrariase de algún modo. Implacable, pero no cruel. Admirable cabello ondulado. Vanidad aún más grande que la apetencia de poder; la vanidad de un artista o un actor.”), y con Lenin que desechó como una “sugerencia fantástica” que los laboristas pudieran llegar al socialismo por mayoría parlamentaria. Russell vio a Lenin en agudo contraste con Trotsky: “Nada en sus maneras o su porte sugiere al hombre que tiene el poder en sus manos. Mira escrutadoramente a su visitante, y tuerce un ojo.” En su largo reato, percibe que se trata de alguien “demasiado dogmático y estrechamente ortodoxo. Su fuerza procede, imagino, de su honradez de su valor y de su resuelta fe —fe religiosa en el evangelio marxista, que ocupa el lugar de la esperanza puesta en el paraíso por los mártires cristianos, excepto que es menos egoísta”, también aprecia en él “tan poco amor a la libertad como los cristianos que padecieron bajo Diocleciano y se vengaron cuando adquirieron el poder. Quizás el amor a la libertad sea incompatible con la absoluta creencia en una panacea para todos los males humanos…”
Después del viaje, lord Russell procedió a escribir un análisis crítico con Practice and Theory of Bolshevism, una obra no especialmente considerada por los estudiosos que pudo reimprimir virtualmente sin ninguna alteración, en 1949 (3). Su lectura deja claro que Russell no era tan antibolchevique, Russell comienza diciendo: “La Revolución Rusa es uno de los grandes acontecimientos heroicos de la historia universal. Resulta natural compararla con la Revolución Francesa, pero es en realidad algo de importancia aún mayor. Ha hecho más por cambiar la vida cotidiana y la estructura de la sociedad; y ha hecho también más por cambiar las creencias de los hombres. La diferencia entre ambas revoluciones puede ser ejemplificada con la diferencia entre Marx y Rousseau; este último, sentimental y blando, apelaba a la emoción y difuminaba los contornos demasiado agudos; el primero, sistemático como Hegel, lleno de recio contenido intelectual, apelaba a la necesidad histórica y al desarrollo técnico de la industria, y sugería una concepción de los seres humanos como muñecos en las garras de fuerzas materiales omnipotentes. El bolchevismo combina las características de la Revolución Francesa con las de la aparición del Islam; y el resultado es algo radicalmente nuevo, que solamente puede ser comprendido mediante un esfuerzo de imaginación paciente y apasionado”.
Cierto es que, su conclusión es la propia de alguien que defiende apasionadamente unos criterios que le alejan de lo que aprecia en aquella Rusia a la que la guerra civil dejaría al borde del abismo. Piensa que la “la dictadura del proletariado” no era una nueva forma de gobierno repre-sentativo. Insistía en que “dictadura” significaba “dictadura”, mientras que la palabra “proletariado” se utilizaba “en un sentido pickwickiano”, y significaba partido comunista”. Russell solamente vio tendencias negativas por más que Lenin y los demás líderes, en su opinión, tuvieran las mejores intenciones. Pensaba que la dirección que tomaba el joven estado soviético era la equivocada. Obviamente, esos momentos el estalinismo no existió, si bien se podía percibir su desarrollo Empeñado en una lucha a vida o muerte, los bolcheviques no perciben lo que se está cociendo en un país atrasado, destrozado por dos guerras sucesivas, atado a unas tradiciones que persistían bajo nuevas formas (como la del comunista capaz de morir por sus ideas pero que maltrata a su compañera), con una sociedad desarticulada ante la cual está creciendo un partido que se está convirtiendo en Estado.
En realidad, su testimonio no se diferencia del de otros viajeros, sobre todo los de inclinación anarquista. El problema radica en interpretar una situación que no tenía nada que ver con la que antecedió a la guerra civil (internacional), cuando –al decir de Isaac Deutscher, en ese tiempo, los bolcheviques tuvieron que quemar lo que antes adoraban, y adorar lo que antes quemaban. Russell carece de la perspectiva de éste o de la un E.H. Carr, en principio, un conservador que trata de comprender, Russell entendía sin más que “la oposición es aplastada sin piedad, y sin retroceder ante los métodos de la policía zarista, muchos de cuyos miembros son todavía empleados para realizar su antiguo trabajo”. Después de lo que viera en la guerra, dejó de admitir la posibilidad—como admitiera en sus conferencias sobre Alemania en 1946—de que pudiera haber ventajas compensadoras en el fervor que acompaña a una situación propia de una ciudad sitiada. Su conclusión sería que: “Todo el que crea, como yo, que el intelecto libre es el motor principal del progreso humano, no puede por menos de oponerse fundamentalmente al bolchevismo tanto como a la Iglesia de Roma… Las esperanzas que inspira el comunismo son, en lo fundamental, tan admirables como las instiladas por el Sermón de la Montaña; pero se sustentan con el mismo fanatismo y son tan susceptibles como ellas de producir el mismo mal.”
Tales concepciones estaban en línea con las que ya había expresado sobre el marxismo, al que percibió como una forma de religión, y una religión que, como el cristianismo, podía utilizarse para justificar la persecución. A su parecer, el marxismo hacía demasiado hincapié en las motivaciones económicas, y no lo suficiente en la fuerza del nacionalismo, la religión, el orgullo y la apetencia de poder. Y reiteró que la clase de socialismo adecuado para Gran Bretaña no era el comunismo, sino el socialismo gremial o autonomía en la industria.
Sus aireaciones de 1920 tienen un tono digamos “constructivo” (“Rusia no está presta para ninguna forma de democracia, y necesita un Gobierno fuerte… En Rusia los métodos de los bolcheviques son probablemente más o menos inevitables”. Este punto de vista se endurecerá en los años treinta y cuarenta, pero cambiará con Jruschev. Son conocidos sus escritos en los que establece una equidistancia entre fascismo y comunismo como el Escila y Caribdis de la época, o las notas redactadas a raíz de un nuevo viaje a la URSS, en 1943, en plena guerra mundial, si bien se suelen amalgamar siguiendo la pauta de el todo vale. Estos puntos de vistas se vieron reforzado por lo más tarde significaría el estalinismo. Russell padeció que lo que algunos definen como “estalinofobia”, y que lo que explica que en un discurso de 1948 en el salón de actos de Westminster Scholl todavía dañado por los bombardeos nazis, sugirió amenazar a Stalin con la bomba atómica. (4)
Aunque no se la suele citar, creo que no está de más anotar Dora Russell, que realizó el mismo viaje, y que escribió una notable Autobiografía, subtitulada “Mi búsqueda de la libertad y del amor” (5), ofrece un a visión más detallada y menos pretensiosa que el de Bertrand. Situada en la sombra del marido, Dora Russell, que era por entonces una de las animadoras de la Liga Mundial para la Reforma Sexual y una de las portavoces del movimiento feminista inglés, de manera que su interés se centró especialmente en estos temas por lo que tuvo diversos encuentros con Alejandra Kollontaï. Dora da cuentas de sus calurosos encuentros con John Reed, así como con Emma Goldman (con la que discrepó abiertamente sobre el destino de la revolución) y Alexander Berkman, a los que volvió a encontrar en Londres cuando estos hacían campaña contra los bolcheviques, punto en que Dora manifiesta sus desacuerdos. Evoca unas breves líneas a un acto en el que “resonaban aplausos y gritos de `Lenin, tovarich Lenin´, se enlazaban los brazos a su alrededor y se le hacía avanzar con seguridades y con afecto hasta llegar al teatro. Allí, en cada pupitre había lo que acabaría siendo una característica de los congresos internacionales de este tipo: una gran carpeta imitación de piel (en aquel caso con una bandera roja grabada en la cubierta) llena de documentos e informes, un cuaderno y un lápiz…Luego habló Lenin. No sé qué dijo porque, en aquella ocasión, no podía esperar que alguien me susurrara la traducción; pero contemplé sus gestos comedidos, la manera de levantar la cabeza, con lo que su barba se dirigía directamente al público. Un hombre respetado y querido y totalmente en contacto y en pleno dominio de aquella gran masa de gente”, un acto en el que Lenin se pasea entre le gente con toda confianza, como uno más, sin policías ni escolta”.
Una imagen que no tiene nada que ver con la que del “hombre de acero” de Stalin que desde el orden establecido, hay tanto empeño en imponer.

Un Tribunal Moral contra los crímenes de guerra

Después del holocausto de Hiroshima, Russell se preocupó por el problema de la bomba atómica, aunque en un momento –efímero– de irracionalidad anticomunista -obviamente alimentada por la suma de barbaridades estalinianas- le llevará a tomar parte en el Congreso por la Libertad de la Cultura celebrado en Berlín en 1950, sin embargo, tomó partido a favor del matrimonio Rosenberg y acusó públicamente al FBI de haberlos torturado para desesperación del Estado Mayor del Servicio de Inteligencia. No fue el único que después de una primera colaboración, acabaron denunciando la guerra de correa, al macarthismo, y todo lo demás, que no era poco.
De nuevo volverá a animar el movimiento pacifista en todos los terrenos, comprendidas las manifestaciones callejeras, las sentadas y las cárceles, evolucionando gradualmente hacia un izquierdismo que se cuestiona que haya democracia en Norteamérica. En 1952, se casó con su cuarta mujer, Edith Finch. Estoe nuevo matrimonio coincide con una etapa animada por una rotunda nitidez política, sobre todo en la segunda mitad de los años sesenta. Tariq Ali, que entonces lo conoció muy de cerca, lo retrata así: “Su cuerpo parecía frágil, porque para entonces ya tenía noventa y tres años; pero hablaba con lucidez y la claridad de sus pensamientos era las más firme refutación de los oprobios lanzados contra su cabeza por los escribas mercenarios que lo calumniaban sin piedad. Su posición en la sociedad británica era prácticamente única. Al contrario que en Francia, el país natal de Russell se había esforzado por evitar el nacimiento de una clase intelectual que no dependiera, de un modo u otro, del Estado. Escritores y filósofos han recibido por lo general un trato menos respetuoso en estas islas que en Europa. Russell destacaba entre todos los demás, tanto por la fuerza de su intelecto como, desde luego, por el hecho de haber sobrevivido a la mayoría de sus iguales. Sus escritos le habían dado un público internacional y era respetado en todos los continentes (aunque no por todos) como una persona profundamente humana y racional. Yo me había acercado a sus ensayos después de leer el libro sobre los peligros del conflicto nuclear y su intercambio de cartas con Kennedy, Jruschev y Nehru durante la crisis de los misiles de Cuba. Está claro que en muchas partes del Tercer Mundo donde se tachaba a Wilson de adulador de la Casa Blanca, los tonos inflexibles de Russell le permitían a uno explicar que en Reino Unido había otras voces…”(6)
En 1962, Russel intervino en la crisis de Cuba intercediendo entre rusos y norteamericanos para que llegaran a un acuerdo. También se manifestó como defensor de la revolución cubana contra el intervencionismo yankee. Luego fue uno de los principales animadores de la lucha contra la agresión norteamericana al Vietnam, lanzando en 1967 la propuesta de un Tribunal Internacional contra los crímenes de guerra presidido por él mismo, y que cuenta con el apoyo de la crema intelectual de la época de la mano, entre otros y otras, de Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir el biógrafo de Trotsky, Isaac Deutscher, el luxemburguista italiano Lelio Basso, el dramaturgo judío sueco-húngaro Peter Weiss, el expresidente mexicano Lázaro Cárdenas que tanto había ayudado a la República y un largo etcétera que llega hasta colaboradores más de base como los muy juveniles e izquierdistas.
Este Tribunal se encargó de investigar y evaluar la política exterior estadounidense y la intervención militar que este país llevó a cabo en Vietnam tras la derrota de las fuerzas francesas durante la Batalla de Dien Bien Phu en 1954 y la instauración de Vietnam del Norte y del Sur. Bertrand Russell justificó la creación de este organismo, argumentando: “Si ciertos actos de violación de tratados son crímenes, se trata de crímenes, sin importar que los cometan Estados Unidos o Alemania. No estamos preparados para estipular una norma de conducta criminal contra otros que no estemos dispuestos a invocar contra nosotros. No hay que decir que, al carecer de un poder coercitivo real, el Tribunal Russell fue objeto de chanzas, y servidor recuerda haber sentido unas pocas, por ejemplo en TVE. Pero moralmente se convirtió en un referente de primera magnitud para millares que jóvenes que en todas partes, pero sobre todo en los Estados Unidos y Gran Bretaña, desafiaban las autoridades con toda clase manifestaciones.
Una ayuda notable llegó gracias a la difusión fue la publicación del informa Crímenes de guerra en Vietnam en 1966 (7), que cuando el Tribunal se constituyó en noviembre de 1966 en dos sesiones; una en Estocolmo (Suecia) y otra en Copenhague (Dinamarca), con una repercusión internacional muy fuerte. A pesar de que en los Estados Unidos, fue ignorado y tachado de juicio previsible, de inútil y sesgado por parte de los medios adictos, de hecho, su edición fue el inicio de una escalada de publicaciones de todo tipo. Se puede decir que, solamente con la verdad y con la conciencia, el Tribunal Russell marcó una inflexión en la historia de la dignidad humana. Dignidad que Russell encontró depositada principalmente en la resistencia del pueblo vietnamita, y así lo expresó el propio Lord Russell en las palabras finales de su prólogo: “No esconderé cuanta admiración, cuanta pasión me inspira el pueblo del Vietnam. Tenemos como misión descubrirlo todo, revelarlo todo. Tengo el convencimiento que existe mayor homenaje a este pueblo que decir la verdad, fruto de una investigación profunda y rigurosa. Mientras pueda, este Tribunal, ha de impedir que se cumpla el crimen del silencio”.
Durante la sesión de clausura del Tribunal Russell II se anunció la creación de tres nuevas instituciones: International Foundation for the Rights and Liberations of Peoples (Fundación internacional por los derechos y libertades de los pueblos), International League for the Rights and Liberations of Peoples (Liga internacional por los derechos y libertades de los pueblos) y el Tribunal Permanente de los Pueblos.

Un cierto anarquismo

En el curso de su combate contra la I Guerra Mundial, Russell confesó “un temperamento inclinado al anarquismo”. Mostró su rechazo “el excesivo poder del Estado”, donde creyó ver “una de las principales causas de dolor en el mundo moderno”. Predijo igualmente que la nacionalización, o sustitución del empresario privado por el Estado, dejaría al trabajador individual con “casi tan poco control sobre su trabajo como tiene al presente”. El poder del funcionario diría, “es un peligro grande y creciente en el Estado moderno… La apetencia de poder… es una motivación extremadamente peligrosa, porque la única prueba segura de poder consiste en impedir a los demás que hagan lo que desean hacer”.
En uno de sus libros más conocidos, Los caminos de la libertad. Anarquismo y sindicalismo (www.antorcha.net/biblioteca_virtual/politica/caminos/prefacio.html), terminado por Russell en abril de 1918, unos días antes de ser encarcelado, se dice en el capítulo V: “Llegamos ahora a tratar del poder económico del Estado y de la influencia que éste puede ejercer por medio de la burocracia. Los socialistas de Estado discuten como si no hubiese peligro alguno para la libertad dentro de un Estado que no estuviese basado en el capitalismo. Eso me parece un perfecto error. Dado que habrá una clase social de oficiales, sea cual sea el sistema de escogerlos, es inevitable que haya un grupo de hombres cuyos instintos les impulsen hacia la tiranía”. Más tarde, en el prefacio a la tercera edición inglesa (junio de 1948), añadía: “…Pero existen otros aspectos en que no estoy ya de acuerdo con la visión que tenia hace treinta años. …Los sistemas totalitarios de Alemania y de Rusia, con sus enormes crueldades deliberadas, me han llevado a adoptar un punto de vista mas oscuro que el que tenia cuando era mas joven, acerca de este problema:¿ donde irían a parar los hombres si no existiese un fuerte control sobre sus impulsos tiránicos?”.
No obstante, sí Russell conoció alguna forma de militancia, fue en el laborista, eso sí, siempre situado en el sector más de izquierda. Trató con todos los dirigentes de este partido desde los tiempos de su fundador, el combativo Keir Hardie, con el que se sintió muy identificado. Pero en la mitad de los años sesenta, en un gesto simbólico que dio la vuelta al mundo, rompió su viejo carné del partido en protesta por su complicidad con la guerra del Vietnam. Había habido otras muchas complicidades por parte del laborismo, sobre todo en la gestión del totalitarismo imperialista (conceptos que no se utiliza por más que Hannah Arendt considera el imperialismo como la madre de todos los totalitarismo), pero consideró que lo de la guerra del Vietnam (con la que la socialdemocracia gobernante fue cómplice), era la gota que desbordaba el vaso. En aquel momento, Russell conocía una radicalidad que seguramente le había faltado antes.
Tariq Ali evoca que por esta ocasión preguntó a Russell sobre sí el “leader” laborista Harold Wilson era el peor que había conocido, y su respuesta fue: “Wilson es un hombre pequeño e insignificante, pero no el peor. Supongo que si tuviera que escoger, diría que Ramsay MacDonald fue espantoso, todavía oigo su horrible voz diciéndonos que el socialismo se construiría «ladrillo a ladrillo». Un hombre espantoso. Hay quien dice que un partido tiene el líder que se merece, no pienso que el Partido Laborista mereciera a MacDonald ni a Wilson” Parece evidente que de de haber llegado a conocer a Tony Blair, habría comprobado que todo resulta empeorable.
Esta actitud de Russell nos permite abordar anécdota de estos últimos tiempos protagonizada por Alfonso Guerra, cuando el 12 de enero de 1991 presentó su dimisión como vicepresidente del Gobierno. Se presume de que algo tan indigerible en estos pagos como una dimisión, era en el fondo una imposición del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía que al año siguiente le eximió de responsabilidad penal en un famoso caso corrupción del que quedaría para la posteridad unas palabras de su hermano inculpado que son todo un manifiesto: “Estos -la derecha) se piensan que solamente ellos tienen derecho a enriquecerse”. Pues bien, en semejante tesitura, y después de haber comulgado con todas las piedras de molino de la Transición, a don Alfonso no se le ocurrió otra cosa que despedirse de su ministerio con una carta en la que se reproducía íntegramente el prólogo de su Autobiografía, obra en tres volúmenes que concluyó poco antes de morir:
“Para lo que he vivido. Tres pasiones simples pero abrumadoramente intensas han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá por una ruta cambiante sobre un profundo océano de angustias hasta el borde mismo de la desesperación. He buscado el amor, primero éxtasis, porque comporta un éxtasis tan grande que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin- he hallado. Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de aprehender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho. El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el suelo. Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, víctimas torturada por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, yo también sufro. Ésta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad”.
El hecho da para todo un ensayo sobre el valor de las palabras, y sobre todo lo que la gente de orden está dispuesta a decir aunque sea en sentido totalmente contrario con su hacer. No hay que decir lo que hubiera pensado Bertrand Russell sobre la instrumentalización descarada. Quizás le habría bastado pronunciar una sola palabra: pateras.

Notas

–1) Sus Obras Completas de Russell fueron editadas por Aguilar, y la mayor parte de su obra está editada en castellano, incluso durante la época franquista durante la cual Russell conoció una casi total permisividad, quizás porque se le consideraba suficientemente elitista. Existen también numerosos ensayos biográficos, tales como: el Russell de A.J. Ayer, que cuenta con un epílogo privilegiado de Manuel. Sacristán (Grijalbo, Barcelona, 1969); Russell: Filósofo y Humanista (Ayuso, Madrid 1972); Homenaje a Bertrand Russell, compendio de Robert Schoenman que fue su secretario en los años sesenta (Oikos-Tau, BCN, 1968); Revista de 0ccidente le dedicó un monográfico en agosto-septiembre de 1971; Russell. El escéptico apasionado, de A. Wood (Aguilar, Madrid 1961); Conocer Bertrand Russell y su obra, José Francisco Ivars (Dopesa, Barcelona, 1977). Anotemos también Lo mejor de Bertrand Russell (Edhasa, selección e introducción de Robert E. Egner, Barcelona, 1889), y el más reciente es Bertrand Russell. Retrato intelectual, de Alberto Castillo Vicci, que recibió el Premio Retratos del Viejo Topo del 2009. Editado al año siguiente. El autor incide especialmente en el ideario de Russell y en sus componentes socialistas anticapitalistas y democráticos.
–2) Este enfoque queda patente, por citar un ejemplo, en la página completa que le dedicó El País (viernes 19-septiembre-2003), con ocasión de publicación por parte del mismo diario de La conquista de la felicidad donde se asegura que su en el libro sobre Rusia se “subraya la naturaleza totalitaria del régimen”, y no se cita el Tribunal Russell. No menos representativa resulta la aseveración del estalinista arrepentido François Furet quien en su obra “canóniga” en el firmamento neoliberal, El pasado de una ilusión (1995), afirma que el libro de Bertrand Russell, es “uno de los mejores libros del bolchevismo”. El elogio forma parte de la tentativa de Furet por apropiarse todas las denuncias del estalinismo, de ahí que se atreva a citar a autores como Panait Istrati, Victor Serge, George Orwell, e incluso a Trotsky, sin considerar en lo fundamental que su punto de mira era el de una oposición revolucionaria.
–3) En la nota preliminar escrita en octubre de 1948, Russell precisa: “Sí escribiera ahora el libro, diría de otra manera algunas cosas, pero, en todos los aspectos de mayor importancia, conservo del comunismo la idea que me formé en 1920, y su desarrollo subsiguiente no ha diferido mucho a lo que yo esperaba”, lo que indica que no le importaba mucho todo lo que había sucedido desde 1920. En el texto de la contraportada, se podía leer: “Las críticas de Russell a los bolcheviques, hechas desde una perspectiva anticapitalista, resultan ahora tan reveladoras como sorprendentemente actuales, a la luz sobre todo de la invasión de Checoslovaquia y de otros desarrollos recientes de la política oficial soviética”. El libro apareció en castellano en la muy combativa colección de Ariel Quincenal (Barcelona, 1969).
–4) En La guerra fría cultural (Ed. Debate, Madrid, 2001) Frances Stonor Sanders escribe que el filósofo británico había conocido a Lenin, y que éste no le había causado mala impresión, pero luego añade la siguiente cita: “Su carcajada al pensar en los que habían sido masacrados me heló la sangre…” (2001; 136). En realidad, estas líneas no coinciden con lo que escribe sobre Lenin en el libro de 1920, y si lo hace con lo que escribió sobre otro viaje, realizado en 1943.
–5) Editado por Grijalbo Barcelona-Buenos Aires-México, 1979, en traducción y prólogo de Marta Pessarrodona. El fragmento citado corresponde a la página 174.
–6) En algunas partes se atribuye a Robert Schoenman este “deriva radical”, y se llega a decir que “se cree” que finalmente, lo despidió. No he encontrado el menor vestigio de esta presunción en ninguna parte, y pienso sí Russell hubiera expulsado a un “izquierdista” infiltrado, la noticia habría aparecido hasta en las hojas parroquiales. Lo que si he encontrado es un vigoroso retrato en las memorias de Tariq Ali, Años de lucha en calle (Ed. Foca, Madrid, 2007, p. 219), que describe con vigor sus inagotables actividades en nombre de la Fundación Russell, y se vocación solidaria, algo que difícilmente pueden asimilar los plumíferos que tratan estas historias a través de los ficheros.
–7) La edición de Crímenes de guerra en el Vietnam (1967) fue realizada aquí por Aguilar. También apareció una versión catalana titulada Judici a Estocolm. Tribunal Russell (Edició de Materials, Barcelona, 1968, tr. José Verde Aldea). En la portada se reseñan los siguientes autores: Jean Paul Sartre, simone de Beauvoir, Lázaro cárdenas, Vladimir Dedijer, Stockey Carmichael, Peter Weiss, Wolgang Abendroth, Leonidas Schwartz, X. Sakata…El juicio también tuvo una extensa cobertura en revistas como “Triunfo” y “Cuadernos para el diálogo2, y en parte de la prensa diaria “desafecta”.

Este trabajo fue publicado en el número 296 de la revista El Viejo Topo, septiembre 2012 con el título de Bertrand Russell, El abuelo que saltó por una ventana y se largó a hacer la revolución

Pepe Gutiérrez-Álvarez

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