Fidel Ernesto Vásquez I.

“Patria es Humanidad”

Amos y esclavos: 2. Obras maestras de la ignominia.

Posted by Fidel Ernesto Vásquez I, en 9 febrero 2013

Amos y esclavos-Fidel Ernesto Vasquez

El estreno de Lincoln, la ambiciosa e importante película de Steven Spielber, ha sido un buen pretexto para darle más vueltas a la historia de la “segunda revolución norteamericana”, y a como Hollywood ha tratado por lo general la esclavitud de los negros.
Aunque el abolicionismo puede parecer como la causa más controvertida y popular de la guerra civil entre el Norte y el sur en los Estados Unidos, estuvo lejos de ser la más importante. El conflicto iniciado en abril de 1861 y que se prolongó durante más de cuatro años, enfrentó a 23 Estados del Norte contra 11 del sur, ha dado toneladas de base argumental ha dado al cine. El conflicto tuvo como trasfondo ideológico el conflicto entre un Norte proteccionista porque quería ante todo sostener su industria, mientras que el Sur quería exportar su algodón e utilizar utillaje de Gran Bretaña y era, por consiguiente, librecambista. Además de la esclavitud, que tenía muy poco peso económico en el Norte, había una querella entre el derecho de «Secesión» que querían los sudistas (querían ser “libres” para mantener sus esclavos), y la Unión proclamada por Lincoln. Este mismo dejó claro al declarar: “Mi objetivo supremo en esta lucha es salvar a la Unión, y no el de salvar o destruir la esclavitud. Si pudiera salvar la Unión sin liberar ningún esclavo, lo haría, y si pudiera salvarla liberando a unos y no a otros, también haría eso»
El esclavismo era ante todo un argumento de los «confederados» contra los «federales». El principal representante intelectual de estos últimos fue John Calhoun (1782-1851), que en Amistad aparecía como un influyente consejero del presidente, y que insistía en comparar la «libertad» norteamericana con la antigua democracia ateniense aunque en esta no existía ni el turbio componente racista ni la sobreexplotación de una mano de obra barata. Calhoun era además de un potentado, un discípulo de Hobbes (tan vigente actualmente gracias al neoliberalismo), y estimaba que la civilización suponía la existencia de esclavos y que la prosperidad del Sur estaba directamente ligada al cultivo del algodón, que la extensión de este cultivo solo era posible mediante el sistema imperante.
En la otra “barricada”, el abolicionismo movilizaba a una amplia base social democrática y religiosa de la que la escritora Harriet Beecher Stowe se erigió en adalid con una novela, La cabaña del tío Tom (Uncle Tom’s Cabinet, 1851-52) de la cual se vendieron trescientos mil ejemplares en medio año para convertirse en poco tiempo en un «best-seller» internacional. Anteriormente, otros escritores como Mark Twain habían denunciado la esclavitud y se habían hecho eco de las ideas abolicionistas, pero fue la novela de Stowe la que creó un estado de solidaridad con una opresión que al acabar la guerra, lejos de finalizar, entraría en una nueva fase de la que se hace eco Beloved cuando un negro liberto pesimista, le dice al más bien optimista Paul (Danny Glover): «Las cadenas están ahí, aunque no se vean. Y así será mientras que el mundo sea blanco». Sin embargo, el mundo blanco estaba dividido, y cuando Lincoln alcanzó la presidencia en 1860, este hecho fue sentido por los abolicionistas como una victoria propia, y por los esclavistas como una derrota


La bondad sin embargo no garantiza el arte, así mientras que nadie recuerda las múltiples adaptaciones fílmicas de La cabaña… Ningún aficionado al cine puede ignorar la película basada en su más furibunda réplica, El nacimiento de una nación, estuvo justamente basada en la obra del abogado sureño y sacerdote bautista Thomas Dixon que escribió The Clansman (El hombre del clan, 1905) animado por la indignación que le provocaba la bondadosa novela de Stowe. La obra se convirtió en una obra teatral de enorme éxito, y llegó a las manos de David Wark Griffith que realizó un film «constituyente», determinante en la evolución del medio, y uno de los mayores éxitos de taquilla (todavía) del siglo. Aunque resulta extrañamente habitual entre críticos e historiadores priorizar su trascendencia cinematográfica, y subestimar su contenido paleonazi, se puede asegurar que una visión difícilmente soportable, y que no tiene nada que envidiar en al maldad de sus estereotipos al título quintaesencia de cine «ario»: El judío Suss. Dixon era lo que cabría llamar un «nazi prematuro». Creía en la superioridad aria, en la violencia, en la supremacía del blanco sobre el negro, del hombre sobre la mujer. Cuando accedió a vender su novela al cine, se reservó la supervisión sobre los términos que sería adaptada».
Como declaró S.M. Eisenstein que tanto debía técnicamente a Griffith: «La desgraciada propaganda de odio racial contra el negro empapa a ese film no puede quedar redimida por los efectos puramente cinematográficos de su producción». Obviamente, el éxito de El nacimiento… no estuvo exento de movimientos de denuncia y rechazo y Hollywood se guardó mucho de permitir otras vehemencias sudistas. Lo que el viento se llevó nació con la conciencia de que no se podía efectuar ya una apología sudista tan desmesurada y aunque la famosa obra de Margaret Mitchell se prestaba en buena medida para ello, el verdadero «padre» de la película, David O’Selnick, atenuó en lo posible su racismo trazando un cuadro de negros mansos y fieles como la incondicional «Mami» (la soberbia Hattie McDaniel que fue “recompensada” con el primer Oscar a un actor de “color”, más que merecido sin duda, pero que todo el mundo interpretó como una manera de ¡quitar hierro” al argumento, algo que ya habían hecho en buena medida los guionistas) al frente, eliminando del guión las exaltadas referencias al Klu Klux Klan que se puede intuir en un momento en que Red Buttler (Clark Gable) emplea su relación con la comprensiva «madame» de un prostíbulo como coartada a favor del «caballeroso» Ashley Wilkes (Leslie Howard), que es interrogado junto con su grupo por una patrulla mandada por torpe oficial nordista (Ward Bond) por unas actividades que en la novela resultan muchos más claras.
Homero Alsina Thevenet, Guerra de Secesión y cine norteamericano en Joaquín Romaguera&Esteve Riambau, 1983, p. 86. Alsina Thevenet detalla el peso de Dixon en muchos de los comentarios, pero no exonera a Griffith al que «no se le ocurre insinuar siquiera que el cuadro social auténtico pudo ser muy distinto al pintado. Aquí no aparecen terratenientes blancos que explotan a los esclavos negros en los campos de algodón, ni se insinúa los excesos cometidos por norteños y por negros contra el sur derrotado eran la consecuencia inevitable de dos siglos de explotación previa. Todo ocurre como si Griffith contara la Revolución Francesa desde el punto de vista de Louis XVI y de María Antonieta, cuya reposición en el trono le gustaría ver» (Cine e historia, Fontamara, t. p. 88).
A lo más antirracista que llegó Hollywood durante bastante tiempo fueron burdas adaptaciones de La cabaña del tío Tom, de H.B. Stowe (1811-1896). Esta modesta escritora formaba parte de una familia de ministros calvinistas (su padre y cinco hermanos lo eran), que combinaba la religión y la difusión cultural, se estableció en Cincinatti donde adquirió una experiencia de primera mano sobre el drama de la esclavitud, su obra literaria importante se reduce a este título más famoso por su repercusión social que por su (escaso) valor literario. Su trama estaba inspirada directamente en la Ley del Esclavo fugitivo de 1850 y por la visión de la muerte de Tío Tom durante un servicio de comunión en 1851. Mirada con perspectiva, su novela no es un mero alegato sentimental como se le ha atribuido, sino un vigoroso análisis que contribuyó poderosamente a la causa abolicionista incluso en Rusia, Siam (Tailandia), y que en Escocia se creara un «fondo para la emancipación» de un penique. Aunque bebe en las bases del folletón de la época. A pesar de sus limitaciones La cabaña.…sigue siendo una fuente documental insustituible sobre la tragedia de los esclavos negros, y buena parte de su pretendida blandenguería es fruto del menosprecio de sus adversarios, pero también el aprecio de gente como el mismo Lenin, que la tuvo entre sus lecturas favoritas de juventud.
De La cabaña del tío Tom se cuentan al menos siete adaptaciones fílmicas. En la primera (O. Turner, I913), la joven negra es una actriz blanca pintada de negro, con una boca pintada de blanco y lacitos blancos en el pelo. Ninguna de ellas mereció recordada, ni tan siquiera la última, quizás la más curiosa ya que se trata de una coproducción (Geza von Radvanyi, Alemania-Francia-Italia, 1965), y con un elenco muy singular en el que sobresalen el negro John Kitzmiller (descubierto por Rossellini en Paisa), el olvidado O.W. Fischer, Herbert Lom que fue uno de los mejores villanos de su tiempo, y Juliette Greco, ya de vuelta de sus aventuras africanas con Zanuck. La cantante negra Eartha Kirtt canta una preciosa balada que sirve de pórtico en la película.
Muchísimo más interesante resulta The Adventures of Huckleberry Finn (1885), Mark Twain (1835-1910), uno de los escritores más notables de la historia norteamericana, y también de los más “subversivos”. Quinto hijo en una familia que tenía dos esclavos, dejó claro testimonio de su afinidad con la causa abolicionista en la mejor y más celebre de sus obras, de la que existen varias adaptaciones al cine, siendo seguramente sino la mejor si la más conocida es la de Michael Curtiz (1960). Uno de sus detalles más memorables es la presencia del famoso boxeador Archie Moore, que interpreta al esclavo negro que busca con el muchacho la libertad mientras es perseguido por un padre brutal (Neville Brand). Es muy famosa la respuesta que Moore le dio a un periodista cuando ganó el campeonato mundial de los pesos pesados: “Mi raza es la raza humana”. En comentario célebre sobre el antisemitismo, Mark Twain se refirió a “esos malditos judíos que son tan canallas como nosotros”.
Aunque en el ámbito de las artes en general, y de la literatura en particular, las ideas abolicionistas alcanzaron tempranamente un poderoso eco como lo testimonia el éxito de la novela de Stowe, en el cine, los abolicionistas gozaron de poca y en general mala imagen, mientras que los negros tendían a reproducir los estereotipos sudistas. Sin duda una de las muestras de esta predilección ha sido el trato que Hollywood ha dispensado a John Brown (1800-1859), que en 1854 organizó un grupo antiesclavista radical en Osawatomia, Kansas, y declaró la guerra sin cuartel a los esclavistas. También trató de crear un refugio para esclavos en las montañas de Virginia. Se convirtió en una pesadilla para los racistas, y después de haberse apoderado del arsenal de Harper’s Ferry, fue capturado, juzgado sumariamente y ahorcado, pero su muerte acentuó el radicalismo abolicionista en el Norte, y se compuso un canto a su nombre John Brown’s body, que se convertiría en un canto universal por la libertad. Su nombre fue venerado por Henry David Thoreau, y comparó su ejecución con la de Cristo en Llamado al capitán John Brown, de la que se puede encontrar una traducción al castellano en Internet.
La película que concede mayor protagonista a su figura es Camino de Santa Fe (Santa Fe Trail, 1840), un buen ejemplo de como Hollywood trató peor a los abolicionistas que al Klan. Brown está descrito como un personaje absolutamente siniestro en este producto de «primera», curiosamente dirigida por el incansable Michael Curtiz, el autor de Casablanca (1942) y Mission to Moscow (1943). Estamos hablando de dos títulos emblemáticos donde los haya de las izquierdas rooselvetiana (y ocasionalmente proestalinista). Curtiz puso imagen al guión del escritor Robert Brucker que se basaba en su novela The Grenadiers. El enfoque sudista es tan evidente que llega a presentar a los negros liberados por John Brown (Raymond Massey) como víctimas suyas. Así se trasluce en una escena en la que emergen de la zona liberada como de un infierno se tratase y agradecen al ejército su verdadera liberación. El odio de Brucker contra Brown es tal, que llega a justificar la delación (efectuada por Rader -Van Heflin-, un «traidor» al que algo le “quedaba” del “honor” militar de cuando estuvo en West Point), mientras que Jeb Stuart (Errol Flynn) y George Custer (Ronald Reagan) declaran en un momento dado que, sí debe haber abolición esta debe ser cosa del Estado. El primero no pierde la oportunidad que el problema de la esclavitud es algo que debe “resolver el Sur por sí mismo”.
Otras películas mucho menos conocidas (y menos valoradas) sobre esta cuestión serán; Seven Angry Men es un titulo desconocido entre nosotros que también evoca la historia de John Brown (igualmente interpretado por Raymond Massey, que fue casi un «especialista» en encarnar a Lincoln). Fue dirigida por el reaccionario Charles Marquis Warren y suscitó el siguiente comentario en Tavernier-Coursodon: «…resulta pasmoso que un tema tal inspirara a Daniel B. Ulman, un guión tan banal (que el menor texto de Brown, o el menor documento histórico deja en ridículo)» (1995).
Aunque ya en 1937 se puede registrar un primer intento de denunciar las actividades criminales del Klan en Black Legion. Este filme era un insuficiente melodrama social de la Warner Bros. Estuvo dirigido por el artesanal Archie Mayo, y contó con Humphrey Bogart en uno de sus primero papeles, no será hasta después de la Segunda Guerra Mundial que, se comienza a abordar abiertamente la temática antirracista, y los negros aparecen como seres humanos con una personalidad propia, no estereotipada. Rene Jeanne y Charles Ford ofrecen los datos de: Home of the brave (1949), una producción del inconformista Stanley Kramer que dirige el primer Mark Robson en la realización, muestra cómo un soldado negro, herido en una batalla del Pacífico y que se cree responsable de la muerte de uno de sus camaradas blancos, es curado y liberado de sus complejos por el médico blanco que le atiende: No menos valiente es Lost boundaries (1949), de Alfred L. Wesker, donde se trata de un joven médico negro, pero de piel blanca, a quien todo el mundo, en su ciudad, cree de pura raza blanca, y que mantiene cuidadosamente este error, de importancia vital para é, hasta el día que al estallar la guerra la marina que no admite negros, rehusa su enrolamiento. El tema negro está tratado aquí con todo lo que en la vida cotidiana tienen de hipocresía e inconsciente crueldad. Muy bien interpretado por Mel Ferrer y por Canada Lee, este filme ingenioso muestra con qué seriedad Hollywood deseaba jugar un papel en la vida social” (1974). A continuación, entre finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta vendrán obras liberales mucho más avanzadas, normalmente interpretadas por Sidney Poitier, y en menor grado por Canada Lee o Harry Belafonte, con títulos, entre otros de, Joseph L. Mankiewicz (Un rayo de luz), Richard Brooks (Semilla de maldad), o Stanley Kramer (Fugitivos), lejanos antecedentes liberales de izquierdas del cine “negro” más consciente y avanzado (aunque no necesariamente mejor) de los primeros cineastas afronorteamericanos importantes como Spike Lee
Entre los alegatos antiesclavistas más rotundos se encuentra la minserie Freedom the road titulada en castellano En busca de la libertad (Janos Kadar, 1975), una versión televisiva de una de las novelas más militantes del comunista (en la época) Howard Fast, célebre autor de la novela Espartaco. Interpretada por Kris Kristofferson y Muhammad Ali más conocido en el mundo del boxeo como Cassius Clay, cuenta la larga historia de como el esclavo Gideon Jackson, un ex-esclavo que es elegido miembro del Senado, constituyéndose en el líder natural de su pueblo al que demuestra que la libertad no solo es necesaria sino posible si se está dispuesto a superar toda clase dificultades.
Anotemos también que no será hasta muy recientemente que el cine abordará sin tapujos los crímenes cometidos por el KKK, el cine ha producido en los últimos tiempos alegatos basados en terribles casos concretos como en: (Mississipi Burning-Arde Mississipi , Alan Parker, 1988) Sendero de la traición (Betrayed, Costa Gravas, 1988), Fantasmas del pasado (Ghost from the past, Rob Reiner, 1997), etc. Películas que, al margen de su dudosa calidad, resultan cuanto menos novedosas desde este punto de vista.
El debate que se ha producido por la diatriba de Spike Lee contra la manera que Tarantino trata la esclavitud, es de hecho, una demostración de que el conflicto sigue abierto.

Pepe Gutiérrez-Álvarez

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